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El Pecado De Los Inmortales

El Pecado De Los Inmortales

Status: En proceso
Genre:Demonios / Ángeles / Reencarnación / Romance oscuro
Popularitas:398
Nilai: 5
nombre de autor: Lumina Bazan Enamorado

«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».

Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.

Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.

El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.

Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.

Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.

Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.

Porque ella no fue creada para salvar el mundo.

Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.

Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.

NovelToon tiene autorización de Lumina Bazan Enamorado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La séptima llama

Seraphine lo leyó una vez.

Después, volvió a leerlo, esperando encontrar alguna información que no hubiera visto en la primera lectura.

No la había.

La consulta del expediente complementario continúa pendiente. No se ha localizado el registro original al que hace referencia la documentación disponible.

—Voy a terminar odiando los archivos —murmuró.

Eveline, sentada al otro lado de la mesa, levantó la mirada de su taza.

—¿Más que a las personas?

—Las personas, al menos, tienen la decencia de mentir mirándote a los ojos.

—Qué bonito. Deberías escribirlo en una tarjeta y venderlo.

Seraphine dejó el teléfono sobre la mesa.

—No es gracioso.

—No, pero si no nos reímos, acabarás intentando incendiar la universidad.

—Solo el archivo.

—Eso no mejora la situación.

Seraphine no respondió. Abrió el documento donde había reunido cada dato comprobable y repasó las anotaciones.

La referencia al cuarto volumen seguía allí. También la solicitud denegada de diecisiete años atrás, la nota sobre la procedencia de una copia y las distintas anotaciones que mencionaban a un testigo.

Sin embargo, ninguna de aquellas piezas demostraba que todos los registros pertenecieran a una misma investigación.

Esa era la parte más frustrante.

Tenían indicios de que ciertos documentos habían sido retirados, retenidos o sometidos a verificaciones. Pero desconocían quién había tomado esas decisiones, por qué lo había hecho y si existía una relación entre los distintos casos.

—Voy a llamar a Lucien —decidió Seraphine—. Quiero saber si hay alguna forma de consultar los inventarios secundarios mientras esperamos la autorización.

—Hazlo. Yo volveré a revisar la correspondencia antigua. Tal vez encontramos una referencia que haya pasado inadvertida.

Seraphine asintió.

No quería admitirlo, pero comenzaba a sentir que el tiempo se les escapaba entre los dedos.

Y, en algún lugar, alguien ya les había advertido que dejaran de buscar.

En Nocthar, el cielo permanecía cubierto por una penumbra violeta, atravesada por corrientes de luz carmesí.

Kaelith estaba de pie frente a una mesa cubierta de documentos. Darius aguardaba al otro lado, con varios registros abiertos ante él.

—Él revisó los traslados que me ordenó investigar —informó el general—. Hay referencias a documentos recibidos desde otros territorios, pero ninguna permite identificar el expediente que buscamos.

—¿Y el nombre parcialmente borrado?

—No, él pudo reconstruirlo. Cualquier intento sería una conjetura.

Kaelith apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces no escribas una conjetura como si fuera un nombre.

—No lo he hecho, mi señor.

Darius deslizó una hoja hacia él.

—Encontré otra anotación. Pertenece a un inventario distinto y no hay pruebas de que esté relacionado con los traslados anteriores.

Kaelith examina la escritura.

El nombre no debe incorporarse al registro hasta confirmar la identidad del testigo.

La tinta estaba desvaída. No había firma y la fecha era incompleta.

—Sabemos... ¿Quién escribió esto?

-No. Tampoco sabemos a qué registro se refiere exactamente la anotación. La encontré en un inventario que describe materiales de procedencias distintas.

Kaelith dejó la hoja sobre la mesa, separada de los otros documentos.

—Investiga su procedencia. Quiero saber cuándo se incorporó al inventario y si existe una versión anterior.

—Crees que tiene relación con el juramento?

—Creo que alguien demostró importante verificar la identidad de un testigo antes de registrar un nombre. Eso es lo único que podemos afirmar.

Darius reavivó la cabeza.

—Entendido.

Cuando el general se disponía a retirarse, una corriente de aire helado atravesó la sala.

Las llamas de los candelabros se inclinaron al mismo tiempo.

Kaelith alzó la mirada.

Siete llamas doradas aparecieron suspendidas sobre la mesa.

Darius se detuvo de inmediato.

Ambos conocieron aquel símbolo.

El ultimátum de Aurelian Soltheris.

Las llamas se alinearon formando un arco. Seis ardieron con intensidad constante; la séptima, más tenue, comenzó a consumirse lentamente.

La voz del juez celestial resonó en la sala.

—Kaelith Nocthar. El tiempo que te concedí está llegando a su fin.

Kaelith no se mueve.

—Pensé que ya habías expresado tu descontento con suficiente claridad.

—Mi paciencia no es infinita.

—Qué coincidencia. La mía tampoco.

La séptima llama se estremeció.

—La mujer ha comenzado a despertar. Las señales antiguas reaparecen y los registros que debían permanecer sellados vuelven a ser buscados. ¿Cuánto más necesitas para comprender el peligro?

Kaelith sostuvo la mirada de la figura que comenzaba a formarse entre las llamas.

—¿Qué peligro, Aureliano? ¿El que representa ella o el que representa lo que podría recordar?

Por un instante, el juez celestial guardó silencio.

Fue una pausa breve, pero Kaelith la advirtió.

—No confundas tu ignorancia con una ventaja —respondió Aurelian—. Hay verdades que no deben regresar.

—Entonces tendrás que explicar por qué.

—No te corresponde exigir explicaciones.

—Mientras amenazan mi reino, me corresponde exigir todas las que considere necesarias.

La luz dorada se intensifica.

—Si permite que la búsqueda continúe sin control, las consecuencias no recaerán únicamente sobre ti.

Kaelith sintió una presión detrás de las costillas.

Una reacción antigua, desagradablemente familiar.

No apareció ninguna imagen. No escuche ninguna voz olvidada. Solo tuvo la impresión de que aquellas palabras ya habían sido pronunciadas en otra ocasión, bajo circunstancias que no podía recordar.

No sabía si aquello era un recuerdo o una respuesta provocada por la amenaza.

Y no estaba dispuesto a confundir ambas cosas.

—No volverás a utilizarla para obligarme a obedecer —dijo.

La expresión de Aureliano permaneció imperturbable.

—Cuando la séptima llama se extinga, no podrás alegar que no fuiste advertido.

Las siete llamas desaparecieron.

El silencio que quedó atrás pareció extenderse por toda la sala.

Darius fue el primero en hablar.

— ¿Debemos aumentar la vigilancia?

Kaelith tardó unos segundos en responder.

-Si. Pero no quiero que nadie se acerque a Seraphine sin una razón concreta. No enviarás soldados a la universidad, no interceptarás sus comunicaciones y no decidirás por ella qué información debe conocer.

—¿Y si el peligro se acerca a ella?

—La advertiremos. No la convertiremos en una prisionera para mantenerla a salvo.

Darius aceptó la orden.

Kaelith volvió a mirar el espacio vacío sobre la mesa.

La amenaza de Aurelian ya no podía seguir relegada al fondo de sus preocupaciones. El plazo estaba por concluir y el juez celestial esperaba una respuesta.

Pero todavía no sabía qué respuesta podía ofrecer sin entregar algo que no le pertenecía.

Ni siquiera estaba seguro de comprender qué era lo que Aurelian quería evitar.

Seraphine encontró a Kaelith aquella tarde en el jardín de su residencia.

No lo había llamado.

Él tampoco había anunciado su llegada.

Estaba junto a la fuente, con las manos apoyadas sobre el borde de piedra y la mirada perdida en el agua.

—Si sigues apareciendo sin avisar, voy a empezar a cobrarte alquiler —dijo ella al acercarse.

Kaelith volvió la cabeza.

—Puedo pagarlo.

—No he dicho que aceptaría tu moneda.

—¿Qué aceptarías?

—Que tocaras el timbre como una persona normal.

—No tengo claro que alguna vez hayas conocido a una persona normal.

—Conozco a Eveline.

—Retiro lo dicho.

Seraphine sonó apenas, pero su expresión cambió cuando observó su rostro con más atención.

—¿Qué pasó?

Kaelith no terminó de entender la pregunta.

—Aurelian se comunicó conmigo.

—¿El juez celestial?

—El mismo.

—¿Y qué quería?

—Recordarme que su ultimátum sigue en pie. La séptima llama está a punto de extinguirse.

Seraphine se quedó quieta.

—¿Y qué ocurrirá cuando lo haga?

—No lo ha explicado con suficiente claridad para que pueda asegurarte algo.

—Por supuesto que no. Sería demasiado sencillo que alguien amenazara con consecuencias y después tuviera la decencia de especificarlas.

—Parece una costumbre bastante extendida entre los seres antiguos.

—Qué alivio saber que no son los únicos insoportables.

Kaelith soltó una risa breve.

Seraphine, sin embargo, no suena.

—¿Te pidió que dejaras de investigar?

—Quiere que controle lo que está ocurriendo. Pero no pienso aceptar que utilice tu seguridad como una excusa para exigirme obediencia.

Ella bajó la mirada hacia la fuente.

—No quiero que se convierta esto en una guerra entre ustedes dos y después me informes cuando ya hayan decidido qué hacer conmigo.

—No lo haré.

—No me basta con que lo digas porque es lo que quiero escuchar.

—Entonces no me creas todavía. Observa lo que hago.

La respuesta la tomó por sorpresa.

Kaelith no intentó acercarse ni buscó una caricia para suavizar sus palabras. Simplemente permaneció a su lado, dispuesto a dejar que ella decidiera qué hacer con aquella promesa.

Seraphine soltó el aire lentamente.

—Eso ha sido irritantemente razonable.

—Puedo ser menos razonable si te tranquiliza.

—Ni se te ocurra.

El silencio que siguió fue distinto.

No porque hubieran resuelto algo, sino porque ninguno intentó fingir que lo habían hecho.

—El archivo sigue sin localizar el expediente complementario —dijo Seraphine—. Lucien va a preguntar si podemos consultar los inventarios secundarios mientras esperamos la autorización.

—Darius tampoco ha encontrado un original que pueda vincularse con los registros que revisa.

—¿Crees que alguien retiró los documentos deliberadamente?

—Creo que hay documentos cuya procedencia no podemos establecer. Afirmar algo más sería adelantarnos.

Seraphine lo miró con una ceja alzada.

—Estás empezando a hablar como Lucien.

—Espero que sea una condición reversible.

Ella soltó una carcajada.

Kaelith la observó, y por un instante su expresión perdió toda la dureza.

No era la mujer de sus recuerdos. No exactamente.

Era Seraphine, allí, frente a él, riéndose de una broma absurda mientras el destino de dos reinos amenazaba con desmoronarse a su alrededor.

Y aquella realidad le importaba más que cualquier imagen incompleta del pasado.

—¿Qué? —preguntó ella al notar que la miraba.

—Nada.

—Esa respuesta suele significar que estás pensando algo que no quieres decirme.

—Estoy pensando que me gusta escucharte reír.

Seraphine parpadeado.

Por una vez, no encontró una réplica inmediata.

—Eso ha sido injusto —murmuró.

—¿Por qué?

—Porque no puedo discutir contigo cuando dices cosas así.

Kaelith extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarla.

Seraphine observó el gesto. Después, fue ella quien acortó la distancia y entrelazó sus dedos con los de él.

—No te acostumbras a ganar —advirtió.

—Jamás me atrevería.

—Mentiroso.

—Solo cuando resulte conveniente.

Ella negó con la cabeza, aunque no soltó su mano.

Sobre ellos, el cielo comenzó a oscurecerse.

Ninguno de los dos sabía que, en los archivos de la universidad, Eveline acababa de encontrar una referencia que no figuraba en el inventario digital consultado por Lucien.

No estaba en la ficha del cuarto volumen ni en el expediente complementario que habían solicitado.

Era una anotación en un índice secundario de correspondencia antigua, archivado bajo una clasificación distinta. La referencia era incompleta y no incluía el nombre de la persona a la que aludía.

Eveline leyó la frase dos veces.

Después, tomó una fotografía de la página y se la envió a Seraphine.

Eveline: Encontré algo. No sé si tiene relación con lo que buscamos, pero creo que deberías verlo.

Seraphine recibió el mensaje mientras seguía junto a Kaelith.

Abrió la imagen.

En el centro de la página, escrita con una caligrafía distinta del resto del índice, apareció una anotación breve:

El testigo sí regresó.

Debajo había una referencia a otro registro, pero el número estaba incompleto.

Seraphine sintió que el estómago se le contraía.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kaelith.

Ella le mostró la pantalla.

Él leyó la frase sin tocar el teléfono.

—¿Sabes a quién se refiere?

-No.

—¿Y Eveline?

—Tampoco. Solo encontré la anotación.

Kaelith volvió a leerla.

El testigo sí regresó.

La frase parecía responder a una pregunta que ninguno de ellos recordaba haber formulado.

Pero una anotación no era una explicación. Ni siquiera sabían si se había escrito en la misma época que el resto del índice.

—Necesitamos el registro original —dijo Seraphine.

—Y la procedencia de esta anotación —añadió Kaelith—. Antes de decidir qué significa.

Ella avanzó y comenzó a escribirle a Eveline, pidiéndole que conservara la referencia exacta y solicitara permiso para consultar el documento al que remitía.

No iban a atribuirle una identidad al testigo.

No iban a suponer que había regresado de la muerte, del olvido o de algún lugar que todavía desconocían.

Primero averiguarían qué decía realmente el registro.

Seraphine bloqueó el teléfono y volvió a mirar a Kaelith.

—Sabes qué es lo que más me molesta?

—Sospecho que no tardaré en descubrirlo.

—Que alguien escribió esa frase como si supiera que, algún día, otra persona necesitaría leerla.

Kaelith no respondió de inmediato.

La séptima llama seguía consumiéndose en algún lugar del reino celestial. El expediente complementario continuaba sin aparecer. Y ahora tenían una referencia que podía conducirlos a otro documento, aunque todavía ignoraban si guardaba alguna relación con el juramento.

Tres caminos distintos.

Quizás convergerán algún día.

Quizás no.

—Entonces encontraremos el registro —dijo Kaelith al fin—. Y descubriremos quién escribió esas palabras.

Seraphine sostiene su mirada.

—Juntos.

Él entrelazó de nuevo sus dedos con los de ella.

—Juntos.

Pero ninguno de los dos pronunció la pregunta que quedó suspendida entre ellos.

Si el testigo había regresado…

¿De dónde había tenido que regresar?

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Orlov ♛ ★J² de mafia♾️ 🚬
Wooow, tenias razón quiero maaaas
Elizabeth Bazan Enamorado: espero y el nuevo capítulo te guste tanto como a mi lamento no haber estado publicando continuamente, me enferme pero regresamos con todo.
total 1 replies
Erislandy Quevedo Horta
siguiente capítulo por favor
Elizabeth Bazan Enamorado: Hola el día de mañana publicaré otros 6 capítulos 🤭 me sorprende la velocidad de tu lectura gracias por apoyar mi trabajo ☺️.
total 1 replies
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