"Dicen que el amor a los veinte años es una promesa y a los cincuenta es una certeza. Pero ¿qué pasa cuando la certeza se rompe en mil pedazos? Después de treinta años de matrimonio, una traición pública y una depresión que amenazó con apagar su luz, Norielys Bustamante entendió que el fin de una historia no era el final de su vida, sino el despertar de su verdadera fuerza. Entre empresas familiares, hijos leales, amigas incondicionales y el implacable desprecio de la alta sociedad hacia el hombre que la traicionó, Norielys demostró que una reina nunca se queda sin corona, especialmente cuando la vida le regala un nuevo baile con el hombre menos esperado."
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19: El peso de la palabra y el eco de la llamada
El almuerzo en el exclusivo restaurante de la zona financiera había terminado entre risas cómplices y bromas sobre los celos de Norielys. Sin embargo, apenas unas horas después de aquel encuentro, la sombra de la incomodidad comenzó a cernirse sobre ella. Aunque intentaba concentrarse en los informes de su despacho presidencial, la imagen de Natasha Contreras aferrada al brazo de Julio Maldonado seguía clavada en su mente como una espina molesta.
Esa misma tarde, mientras Norielys repasaba unos documentos pendientes, el tono de llamada de su teléfono celular rompió el silencio de la oficina. Al deslizar la pantalla y ver el nombre de Julio, sintió un vuelvo en el estómago. Aún arrastraba la molesta molestia de haberlo visto flanqueado por Natasha. Con el orgullo intacto y la voz calculada para sonar distante, deslizó el botón verde y respondió con sequedad:
—Diga.
Al otro lado de la línea, la respiración de Julio se escuchó tensa y apresurada.
—Norielys, por favor... no me cuelgues. Necesito que me escuches y me dejes explicarte lo que pasó hoy adentro del restaurante —comenzó Julio con urgencia, intentando disipar la tensión palpable—. Cuando entramos y nos cruzamos, te juro que yo ni siquiera vi venir la jugada de Natasha. Ella se acopló al almuerzo familiar con mi hermana a última hora, y luego intentó hacerse la graciosa agarrándome del brazo. Sabes perfectamente que mi atención no estaba en ella, sino en ti. Y cuando intenté acercarme a hablar contigo, tu actitud distante y fría me descolocó por completo.
Norielys se quedó completamente callada. No emitió ni un solo sonido, permitiendo que la voz de Julio resonara en el auricular mientras intentaba justificarse. Mantuvo los labios sellados, con los ojos fijos en el ventanal de su oficina, dejando que el peso de su silencio hablara por ella misma. Sentía una mezcla de frustración y cansancio; la simple idea de volver a lidiar con enredos femeninos, celos malinterpretados y juegos de la alta sociedad le provocaba un profundo rechazo.
Al notar que ella no decía absolutamente nada, la voz de Julio se atenuó, volviéndose más suplicante:
—Norielys... ¿sigues ahí? Dime algo, por favor. No te quedes callada.
Norielys exhaló un suspiro pausado, cerró los ojos por un instante y, con una voz gélida, calmada y tajante que dejó helado al magnate, interrumpió su monólogo:
—Julio... escúchame bien. Ya tengo cincuenta años de edad como para estar montando escenas de celos propias de una colegiada —respondió Norielys con absoluta firmeza, marcando cada palabra con frialdad—. Pero que te quede algo muy claro: si tú me respeta, espera de mí el mismo respeto absoluto. Pero si no es así, si vas a permitir ese tipo de juegos y situaciones, es mejor que cada quien tome su camino desde ya. Yo no voy a rogarle a nadie ni me voy a pelear por ningún hombre, y mucho menos voy a permitir que me pongan en un espectáculo público.
Julio abrió los ojos de par en par al otro lado de la línea, sintiendo que el corazón se le encogía ante la severidad y la madurez implacable con la que ella ponía los límites.
—Norielys, te lo juro por mi hijo que jamás permitiría que nadie te falte al respeto, y menos Natasha... —intentó replicar él con desesperación.
—Lo hablaremos en otra ocasión cuando tenga la cabeza fría. Adiós, Julio —sentenció ella, cortando la llamada de inmediato.
Norielys dejó el teléfono sobre el escritorio, sintiendo que el pecho le ardía. Ignoraba por completo que, mientras ella intentaba poner orden a sus emociones tras la llamada, los engranajes de la prensa sensacionalista ya se estaban moviendo en las sombras para asestarles un golpe mediático mucho peor al día siguiente.