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Nadie Lloró Por Ella.

Nadie Lloró Por Ella.

Status: Terminada
Genre:Policial / Escena del crimen / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.

Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.

En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.

Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.

Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.

Novela 100% mía, acepto correcciones🤞

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

10. La que volvió del río.

—Soy Mara, Abril. Y tenés que escucharme antes de que vuelva ella.

Durante unos segundos, olvidé cómo respirar.

El nombre quedó suspendido en el aire húmedo del sótano, mezclándose con el zumbido de la vieja instalación eléctrica y el sonido lejano del viento que se colaba por alguna ventana rota de la mansión.

Mara.

Diez años.

Diez años desde que Santa Aurelia decidió que una chica de quince años había desaparecido para siempre. Diez años de rumores, de fotografías amarillentas y de adultos que bajaban la voz cuando alguien pronunciaba su nombre. Diez años durante los cuales mi madre me había repetido que algunas cosas era mejor dejarlas en el pasado.

Y ahora alguien afirmaba estar detrás de una puerta metálica, llamándome por mi nombre.

—¿Quién? —había preguntado.

La respuesta todavía me retumbaba en la cabeza.

La mujer que te enseñó a mentir.

Sentí que la llave número diecisiete me raspaba la palma. La había apretado tanto que los bordes se me habían marcado en la piel.

Detrás de mí, Gael no se movía.

—No abras —repitió.

Esta vez no sonó como una advertencia arrogante ni como una orden. Sonó a miedo.

Me volví hacia él.

La luz de mi teléfono iluminaba apenas una parte de su rostro. Tenía los labios apretados y los ojos fijos en la puerta, como si esperara que algo terrible sucediera en cualquier momento.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque no sabemos quién está ahí.

—Dice que es Mara.

—Y hace diez años nos dijeron que Mara había muerto.

—También nos dijeron que había un cuerpo, pero nunca encontraron ninguno.

Gael apartó la mirada durante un instante.

Ese gesto, pequeño y casi imperceptible, me confirmó que todavía estaba ocultándome algo.

—¿Qué sabés? —insistí.

—No lo suficiente.

—Entonces dejá de decidir por mí.

Me volví hacia la puerta.

—Mara, si realmente sos vos, decime algo que nadie más sepa.

El silencio fue tan repentino que pude escuchar el latido de mi corazón.

Esperé.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

Entonces, desde el otro lado, llegó un sonido suave. No fue un golpe ni una palabra. Parecía una respiración temblorosa, como si la persona detrás de la puerta estuviera intentando contener el llanto.

—El columpio rojo —susurró la voz.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

El columpio rojo.

No era un recuerdo completo. Era una imagen aislada, una de esas escenas que aparecían en mis sueños y desaparecían en cuanto intentaba comprenderlas: un jardín cubierto de hojas, una cadena oxidada y una mano que me empujaba suavemente mientras alguien se reía.

Una voz femenina.

Un vestido azul.

Y Mara.

—Vos odiabas ese columpio —continuó la voz—. Decías que estaba embrujado porque siempre se movía, incluso cuando no había viento.

Me llevé una mano a la boca.

No le había contado eso a nadie. Ni siquiera a Mateo. Apenas recordaba haberlo soñado.

—¿Quién te contó eso? —pregunté, aunque la voz me salió mucho más débil de lo que pretendía.

—Nadie, Abril. Estabas ahí.

Gael se acercó y me sujetó del brazo.

—Basta.

Me solté de un tirón.

—¡No me toques!

Él retrocedió, sorprendido. Durante un instante, algo parecido al dolor cruzó su expresión, pero lo ignoré.

Tenía demasiadas preguntas y demasiado poco tiempo.

—¿Por qué estás encerrada? —pregunté hacia la puerta.

La respuesta tardó en llegar.

—Porque si salgo, ella va a saber que todavía estoy viva.

Se me heló la sangre.

—¿Quién es ella?

—No puedo decírtelo.

—¡Acabás de decirme que mi madre me enseñó a mentir!

—No dije que fuera tu madre.

Me quedé inmóvil.

Era cierto.

La voz había dicho la mujer que te enseñó a mentir. Yo había pensado inmediatamente en Elena, porque mi madre era la persona que más razones tenía para haberme ocultado la verdad.

Pero ¿y si no hablaba de ella?

¿Y si durante todos esos años había estado buscando respuestas en la persona equivocada?

—Abril —dijo Gael, más bajo—. Tenemos que irnos.

—No.

—Escuchame. No sabemos cuánto tiempo llevamos acá. Si alguien nos siguió…

—¿Y si es verdad? —lo interrumpí—. ¿Y si Mara estuvo viva todo este tiempo? ¿Qué querés que haga? ¿Que me vaya y la deje acá abajo?

Gael abrió la boca, pero no respondió.

Su silencio me enfureció más que cualquier mentira.

—Vos la conocías —continué—. Eras su amigo. Si existe aunque sea una posibilidad de que sea ella, deberías ser el primero en querer abrir esta puerta.

—¿Y si no es Mara?

La pregunta me golpeó con una fuerza inesperada.

Miré la cerradura.

La llave número diecisiete encajaba perfectamente. Alguien había querido que yo llegara hasta allí. Alguien sabía que encontraría la caja, que escucharía la grabación y que terminaría regresando a la mansión.

Nada de aquello había sido casualidad.

Y, sin embargo, no podía dejar de pensar en la voz.

—Entonces voy a averiguarlo —respondí.

Introduje la llave.

Gael me sujetó la muñeca antes de que pudiera girarla.

—Si abrís esa puerta, no hay forma de saber qué va a pasar.

Lo miré directamente a los ojos.

—Hace diez años alguien decidió por mí. Mi madre decidió qué debía recordar. Alguien decidió qué debía olvidar. Y todos ustedes se quedaron callados.

Bajé la mirada hacia su mano.

—No voy a dejar que vuelvan a hacerlo.

Gael me soltó.

Giré la llave.

El mecanismo se resistió al principio. Tuve que hacer fuerza hasta que un chasquido metálico recorrió la cerradura. Después, algo se desplazó al otro lado de la puerta.

Un cerrojo.

Luego otro.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Un olor a humedad y madera vieja escapó desde el interior. Mi teléfono iluminó una franja de oscuridad, suficiente para distinguir un suelo de cemento, una pared cubierta de manchas y una silla volcada.

No había nadie en el espacio visible.

—¿Mara? —susurré.

—No entres —respondió la voz.

Me detuve.

—¿Qué?

—No entres, Abril. No todavía.

—¿Por qué?

—Porque él está con vos.

Miré a Gael.

Él había palidecido.

—¿A quién te referís? —pregunté.

La voz bajó hasta convertirse en un murmullo.

—Al chico que siempre estuvo demasiado cerca de vos.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Gael?

Él dio un paso hacia la puerta.

—¿Qué querés decir con eso?

No hubo respuesta.

—¡Contestame! —exigió.

El silencio se extendió durante varios segundos.

Después escuchamos tres golpes desde el interior.

Uno.

Dos.

Tres.

No eran golpes desesperados. Tenían un ritmo deliberado, casi tranquilo.

Como una señal.

Gael retrocedió.

—Tenemos que salir de acá. Ahora.

—¿Por qué?

—Porque conozco esos golpes.

Se me secó la boca.

—¿De dónde?

Él me miró, y por primera vez desde que lo conocía tuve la sensación de estar viendo a alguien completamente distinto.

—La noche que Mara desapareció, alguien golpeó así desde el sótano.

Sentí un frío insoportable en las manos.

—¿Y qué hiciste?

Gael bajó los ojos.

—Nada.

—¿Nada?

—Tenía quince años, Abril. Había una mujer diciéndome que no abriera la puerta y que, si lo hacía, todos íbamos a terminar muertos. Yo… yo le creí.

—¿Y nunca volviste a comprobar qué había detrás?

—No.

—¿Ni una sola vez?

—La puerta estaba cerrada cuando regresé al día siguiente.

Lo observé, buscando una señal de mentira.

—¿Quién la cerró?

—No lo sé.

Detrás de la puerta se escuchó un roce, como si alguien hubiera arrastrado una silla por el suelo.

Después, la voz volvió a hablar.

—Abril, escuchame. No tenemos mucho tiempo.

Me acerqué un poco más.

—Estoy escuchando.

—Buscá la marca en la pared. A la izquierda de la puerta.

Giré el teléfono hacia el lugar indicado.

Al principio solo vi humedad y pintura descascarada. Después distinguí algo que parecía una raya hecha con un objeto afilado. Me agaché para iluminarla mejor.

Era una estrella.

Cinco puntas torcidas, dibujadas sobre el cemento.

Debajo había dos letras.

A. M.

Abril Montenegro.

Mi nombre.

Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

—¿Qué significa esto?

—Es donde te escondiste —respondió la voz.

Me quedé mirando la marca.

Una niña escondida en un sótano. Una puerta cerrada. Una mujer prometiendo que nunca tendría que volver a entrar.

Y una frase que no dejaba de repetirse en mi cabeza:

La puerta tenía que quedarse cerrada.

—Yo estuve acá adentro —murmuré.

Gael no respondió.

Me volví hacia él.

—Vos sabías que yo había estado en esta casa. Sabías lo del sótano. ¿Nunca te preguntaste por qué?

—Sí.

—¿Y?

—Me lo pregunté durante diez años.

Su voz se quebró ligeramente.

—Pero cada vez que intentaba recordar aquella noche, terminaba escuchando tus gritos.

Sentí que algo dentro de mí se encogía.

—¿Mis gritos?

Gael asintió lentamente.

—No recuerdo qué decías. Solo sé que estabas asustada. Y que cuando la mujer te sacó de la casa, te tapó los oídos para que no escucharas lo que estaba pasando adentro.

Miré la puerta entreabierta.

—¿Qué estaba pasando?

—No lo sé.

—¡Siempre decís lo mismo!

—¡Porque es la verdad!

Su voz rebotó contra las paredes. Ambos nos quedamos inmóviles, sorprendidos por el estallido.

Gael se pasó una mano por el pelo.

—Pensás que no quiero saberlo. Pensás que soy como los demás, que prefiero vivir con una mentira antes que enfrentarme a lo que pasó. Pero yo también tengo recuerdos que no encajan. También recibí mensajes. También encontré cosas que alguien dejó para que las encontrara.

—Entonces ayudame a entender.

Él levantó la mirada.

—Tengo miedo de que, cuando lo hagamos, descubras que yo fui parte de esto.

No supe qué responder.

Porque, por primera vez, Gael no parecía estar intentando convencerme de su inocencia.

Parecía estar preparándose para que dejara de creer en ella.

El teléfono vibró en mi mano.

Casi lo dejé caer.

Había llegado un mensaje de un número desconocido.

NO LE CREAS A LA VOZ.

Leí las palabras dos veces.

Después apareció otro.

NO ESTÁ SOLA.

Levanté la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó Gael.

Le mostré la pantalla.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Tenés señal acá abajo?

Miré el indicador de mi teléfono.

Una sola barra.

—Sí.

—Yo no tengo.

Sacó su celular y lo revisó. La pantalla estaba apagada, sin conexión.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

—Que quien te manda los mensajes sabe dónde estás.

Un tercer mensaje apareció.

Esta vez contenía una fotografía.

Era una imagen del sótano, tomada desde algún punto cercano a nosotros. Se veía la puerta metálica entreabierta, mi silueta de espaldas y Gael a unos pasos de distancia.

La fotografía había sido tomada hacía apenas unos segundos.

Giré sobre mis talones, apuntando la luz hacia las escaleras.

No vi a nadie.

Solo la oscuridad, los escalones de piedra y la puerta abierta en lo alto.

—Hay alguien más en la casa —susurré.

Gael se colocó delante de mí.

—No te separes.

—No necesito que me protejas.

—No estoy intentando protegerte. Estoy intentando que no terminemos encerrados acá abajo.

Antes de que pudiera contestarle, la voz volvió a surgir del otro lado de la puerta.

—Abril, el teléfono.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Mirá la fotografía que te mandaron. Fijate en el fondo.

Abrí de nuevo la imagen.

Al principio no encontré nada diferente. La puerta, las paredes, nosotros dos.

Después amplié la zona que quedaba a nuestra derecha.

Una sombra.

Alguien estaba detrás de una columna, apenas visible en el reflejo de una superficie metálica. La figura llevaba algo oscuro sobre los hombros y tenía una mano apoyada contra la pared.

En uno de sus dedos brillaba un pequeño círculo plateado.

Un anillo.

El mismo tipo de anillo que había llevado el hombre que visitó mi casa y le preguntó a mi madre si yo había encontrado la fotografía.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Es él —dije.

Gael miró la imagen.

—¿Quién?

—El hombre que vino a mi casa.

Levantó la vista hacia las escaleras.

—Tenemos que salir.

Entonces algo golpeó la puerta principal, muy arriba.

El ruido viajó por la mansión y descendió hasta nosotros, multiplicado por el eco.

Después se escucharon pasos.

Lentos.

Pesados.

Alguien estaba bajando las escaleras de la entrada.

Gael apagó la linterna de su teléfono.

La oscuridad nos envolvió de golpe.

—¿Quién viene? —susurré.

Él negó con la cabeza.

Los pasos se detuvieron en algún lugar del piso superior.

Una puerta chirrió.

Después, una voz masculina pronunció una sola palabra.

—Abril.

Se me heló la sangre.

No era la voz de Gael.

Tampoco era la del hombre que había visitado mi casa. O, al menos, no podía asegurarlo.

Era una voz que me resultaba familiar de una forma desagradable, como una canción que hubiera escuchado muchas veces en la infancia y que mi memoria se negara a devolverme por completo.

La voz volvió a hablar.

—Sé que estás acá.

Me aferré al brazo de Gael sin darme cuenta.

Él no intentó apartarme.

—No respondas —murmuró.

Desde el otro lado de la puerta metálica, Mara susurró:

—No dejes que te encuentre.

Los pasos comenzaron a bajar.

Uno.

Dos.

Tres.

Cada sonido parecía acercarse directamente a nosotros.

Busqué a tientas la llave en mi mano, pero mis dedos estaban tan tensos que casi se me escapó.

—¿Hay otra salida? —pregunté.

Gael señaló una puerta estrecha al fondo del sótano.

—No sé adónde lleva.

—¿Y si está cerrada?

—Entonces vamos a tener un problema.

Nos movimos despacio, procurando no hacer ruido. La puerta metálica quedó entreabierta a nuestras espaldas. No podía dejar de pensar en la persona que afirmaba ser Mara, encerrada en la oscuridad, y en el hecho de que estaba a punto de abandonarla por segunda vez sin siquiera saber si era real.

Cuando llegamos a la puerta del fondo, probé el picaporte.

No cedió.

—Mierda —murmuré.

Gael examinó la cerradura.

—Está trabada desde el otro lado.

Los pasos se detuvieron al pie de la escalera.

Una luz apareció en la pared.

Alguien estaba iluminando el sótano con una linterna.

—Abril —llamó la voz masculina—. No tenés por qué tener miedo.

Sentí una risa nerviosa subir por mi garganta, pero no dejé que saliera.

Era una frase demasiado absurda para responderla.

El hombre dio un paso más.

—Tu madre también tuvo miedo la primera vez.

Me quedé helada.

Gael me miró.

—¿Qué dijo?

No respondí. No podía.

El hombre continuó:

—Pero después entendió que algunas verdades tienen que quedarse enterradas.

La luz de la linterna se deslizó por la pared, acercándose a nosotros.

Entonces, desde el otro lado de la puerta metálica, Mara golpeó con fuerza.

—¡Abril, no lo escuches!

El hombre se detuvo.

Por primera vez, su voz perdió la calma.

—Callate.

Un silencio terrible llenó el sótano.

Después se escuchó un golpe seco contra la puerta metálica.

Mara gritó.

Di un paso hacia ella por instinto.

Gael me sujetó por los hombros.

—¡No!

—¡La está lastimando!

—¡No sabemos qué está pasando ahí dentro!

—¡Soltame!

Forcejeé para liberarme, pero él no me dejó avanzar.

—¡Abril, mirame!

No quería hacerlo. Quería correr hacia la puerta, girar la llave y sacar de allí a quien fuera que estaba pidiendo ayuda.

Pero Gael me obligó a mirarlo.

—Si vas hacia él, no vas a poder ayudar a nadie.

Su respiración era agitada. Tenía miedo, sí, pero sus ojos estaban fijos en los míos, intentando que comprendiera algo que no podía explicarme.

Entonces recordé la grabación.

La voz de aquella mujer.

No tenés que quererlo, Abril. Solo tenés que hacerlo.

Y la frase escrita en la nota de la caja.

SI ABRIL RECUERDA, NO DEJES QUE LLEGUE AL SÓTANO.

Alguien había hecho todo lo posible para mantenerme lejos de aquel lugar.

Alguien sabía que, si regresaba, podría recordar algo.

Y quizá el verdadero peligro no era lo que había detrás de la puerta.

Quizá era lo que yo llevaba diez años intentando olvidar.

La linterna se apagó.

Escuchamos un ruido metálico cerca de la escalera.

Después, la voz masculina habló desde la oscuridad.

—Abril, necesito que me contestes una pregunta.

No me moví.

—¿Te acordás de lo que hiciste con Mara?

El corazón me dio un vuelco.

—Yo no le hice nada —susurré.

—Eso es lo que te hicieron creer.

Gael me apretó el hombro.

—No le respondas.

El hombre soltó una risa breve, sin alegría.

—Siempre tan dispuesto a hablar por ella, Gael. Igual que aquella noche.

Gael dejó de respirar durante un segundo.

—¿Quién sos? —preguntó.

—Alguien que lleva diez años intentando arreglar el desastre que ustedes dejaron.

—¡Decime tu nombre!

—No hace falta. Abril ya me conoce.

La luz volvió a encenderse.

Esta vez apuntaba directamente a nosotros.

Tuve que cubrirme los ojos. Cuando pude volver a mirar, distinguí una figura al pie de la escalera. Llevaba un abrigo oscuro y guantes negros. Su rostro permanecía oculto detrás de una sombra.

Pero una mano sobresalía de la manga.

En el dedo índice brillaba un anillo plateado.

Era él.

El hombre que había estado en mi casa.

El que sabía de la fotografía.

El que le había dicho a mi madre que era mejor que yo siguiera sin recordar.

—¿Qué querés de mí? —pregunté.

La figura inclinó ligeramente la cabeza.

—Que dejes de buscar a una muerta.

Desde detrás de la puerta metálica llegó un susurro.

—Abril…

El hombre levantó una mano.

—Te dije que te callaras.

Entonces comprendí algo.

No sabía quién era aquel hombre, ni qué había ocurrido realmente diez años atrás. Tampoco sabía si la voz detrás de la puerta pertenecía a Mara.

Pero el hombre tenía miedo de que yo la escuchara.

Y eso significaba que, fuera quien fuera la persona encerrada allí, sabía algo que él no quería que descubriera.

—Si Mara está muerta —dije lentamente—, ¿por qué te importa tanto que la encuentre?

La figura permaneció inmóvil.

Por un instante, pensé que no iba a responder.

Después dio un paso hacia nosotros.

—Porque algunas personas deberían seguir muertas, Abril.

No gritó. No levantó la voz. Ni siquiera pareció enfadado.

Y, de alguna manera, eso fue lo que más miedo me dio.

Gael se colocó delante de mí.

—No te acerques.

El hombre soltó una risa suave.

—Todavía no aprendiste, ¿verdad? Siempre intentando salvar a alguien.

Sacó algo del bolsillo de su abrigo.

Un objeto pequeño, rectangular.

Lo levantó para que pudiéramos verlo.

Era una fotografía.

La misma que yo había encontrado entre las cosas de Mateo, aquella en la que aparecía una niña pelirroja frente a la mansión, junto a una figura más pequeña.

Pero esta vez la imagen no estaba doblada ni dañada.

Se veía con claridad.

La niña pelirroja era yo.

Y la otra figura era Mateo.

El hombre giró la fotografía y nos mostró el reverso.

Había una frase escrita con tinta negra, en una letra que reconocí inmediatamente.

La letra de mi madre.

SI ALGO LE PASA A MARA, ABRIL TIENE QUE OLVIDAR QUE FUE ELLA QUIEN ABRIÓ LA PUERTA.

Dejé de escuchar los sonidos de la mansión.

Dejé de sentir el frío.

Solo podía mirar aquella frase.

Que fue ella quien abrió la puerta.

—No… —murmuré.

El hombre bajó la fotografía.

—Ahora entendés por qué tu madre no quería que volvieras.

Negué con la cabeza, una y otra vez.

—No puede ser.

—Tu madre te protegió durante diez años.

—¡Mentira!

Mi voz salió tan fuerte que el hombre retrocedió apenas un paso.

Sentí que los ojos me ardían, pero me negué a llorar. No iba a permitir que aquel desconocido me utilizara para desarmar todo lo que todavía creía saber sobre mí misma.

—Mi madre jamás me dejaría hacerle daño a nadie.

El hombre guardó la fotografía.

—No dije que le hicieras daño a Mara.

Se acercó un poco más.

—Dije que vos abriste la puerta.

Miré la puerta metálica.

La estrella grabada en la pared.

Las iniciales de mi nombre.

La llave número diecisiete.

Y entonces, desde el otro lado, Mara dijo algo que me hizo olvidar todo lo demás.

—No le creas, Abril.

Su voz sonaba débil, pero firme.

—Vos no abriste la puerta.

El hombre se quedó inmóvil.

Mara continuó:

—La abrí yo.

El silencio que siguió fue absoluto.

Hasta que la figura del abrigo oscuro dejó escapar una palabra.

Una sola.

Pero bastó para que Gael me sujetara con más fuerza y para que yo comprendiera que aquella noche estaba a punto de cambiarlo todo.

—Imposible.

Desde el otro lado de la puerta, Mara respondió:

—Eso mismo dijiste cuando me viste salir del río.

Y entonces, por primera vez en diez años, el hombre del anillo retrocedió como si acabara de ver un fantasma.

_____________🌸

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Anonimus✨
Una obra de arte, me llaman más la atención los policiales desde el libro, quiero más novelas tuyas autor porfa termina de completar las demás novelas que tienes☺️☺️☺️☺️
Fénix.
Bravo🙌
Fénix.
No puede ser!! hubo algunos capitulos en los que me perdí pero me atrapó completamente 👏👏 bravo quiero más novelas tuyas🤭👏
Anonimus✨
Ostraaas! pero que pasada ella tiene algo que ver con la muerte de la chica??/Shame//Shame//Shame//Shame/
Anonimus✨
Se conocían? no puede ser!!!!/Shy/
Anonimus✨
Uuuuh no mames wey!!
Anonimus✨
Que genial el prólogo! la me imagino el resto de la historia
Fénix.
uffff que intrigante quiero más /Whimper//Whimper//Whimper/
Fénix.
Interesante historia, es mi primera vez leyendo una novela policial jaja le veo potencial, espero más caps😊😊😊
🌸SugarBloom🌸: Entonces espero que te guste mucho esta novela ☺️☺️
total 1 replies
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