Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
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capitulo 22: La madre que creyó perdida
📖 Capítulo 22: La madre que creyó perdida
🖤 Rafael — En el pasillo
Me detengo en el pasillo, apoyándome contra la pared, respirando profundo porque siento que me falta el aire.
—No puedo creer que ella… —sacudo la cabeza, como si pudiera sacudir los pensamientos junto con el miedo—. Concéntrate. Necesitas saber la verdad. Ahora.
Camino hacia el despacho con paso firme aunque por dentro todo tiembla.
🕊️ Dominico — En el despacho
Escucho los pasos fuera de la puerta.
—Adelante —digo sin levantar la vista de mis papeles.
Entra despacio, cerrando la puerta tras de sí con cuidado.
—Usted quería verme. Estoy aquí.
Lo observo de arriba abajo. Ha cambiado en estas últimas horas. Se ve diferente. Más… completo, aunque no lo sabe todavía.
—Así es, muchacho. Ya estás listo. Tenemos que salir. No tardaremos mucho.
Aprieta los puños a los costados.
—Sí. Pero primero necesito saber algo. ¿Qué les pasó a mis padres? Dígamelo ahora mismo. No quiero esperar más.
—Necesitas verlo con tus propios ojos. Las palabras no bastarían. Vamos, afuera te esperamos.
Salimos juntos de la casa. Le hago una seña al chófer.
—¿Ya está listo el auto?
—Sí, señor. Todo listo.
Le extiendo las llaves a Rafael.
—Sube, muchacho. Tú conduces. Vamos a un lugar que conoces muy bien en tu corazón, aunque no lo recuerdes todavía.
Sube al auto y golpea suavemente el volante.
—Al demonio con esta incertidumbre. Odio no saber a dónde voy.
Me río suavemente.
—Jajaja… mi hija te quitará lo grosero con el tiempo. ¿Sabías eso? Ella odia las malas palabras, ¿verdad?
Se pasa la mano por el cabello, frustrado pero con una pequeña sonrisa que se le escapa.
—Lo sé. Con ella soy… diferente. Me hace querer ser mejor persona. Pero ahora necesito respuestas. Por favor.
—Solo quince minutos más de paciencia. Ya casi llegamos.
Conduce en silencio, apretando el volante con fuerza.
—Maldita sea. ¿Dónde diablos vamos? Parece que nos alejamos de la ciudad.
—Exacto. Vamos hacia lo que quedó atrás. Hacia lo que creíste perdido para siempre.
🖤 Rafael — La cabaña
Entramos en un camino de terracería que se interna entre árboles altos y silenciosos. A lo lejos, entre la bruma de la tarde, se distingue una pequeña cabaña de madera. Detengo el auto y nos bajamos.
—Ven, muchacho. Tienes que ver a alguien que ha esperado mucho por ti.
—¿A quién? —bajo del vehículo con pasos pesados, el corazón latiéndome con fuerza en las sienes.
Toco la puerta de madera con tres golpes suaves. Se abre lentamente. Y ahí está. Una mujer de cabello canoso pero ojos vivos y amables. Al verme, se le llenan los ojos de lágrimas de inmediato. Se lleva las manos a la boca y da un paso hacia mí, temblando.
—La escondí —dice Dominico con voz suave—. Tu madre corría peligro. Y la ayudé a fingir su muerte para salvarle la vida.
Doy un paso atrás, sintiendo que las piernas me fallan. Me apoyo en el marco de la puerta.
—No… no puede ser. Mi madre murió hace veinte años. Yo estuve en el funeral. Yo vi el ataúd bajar a la tierra.
—No es así, Rafael —dice ella con voz que me atraviesa el alma—. Soy yo. Soy tu madre. Bertha. ¿Acaso ya me olvidaste, hijo? Han pasado muchos años, pero aquí estoy.
—Tú… no eres real. Esto es un sueño. Una pesadilla —doy otro paso atrás, negando con la cabeza—. Vi tu cadáver. Te enterré con mis propias manos cuando tenía ocho años. No me mientas.
—Viste un cuerpo sin rostro. Lo arreglaron para que creyeras que era yo. No era yo, hijo. Era una inocente que pagó por mi vida. Mira… —se acerca despacio y me muestra su muñeca izquierda—. ¿Recuerdas este lunar en forma de estrella? El mismo que tú tienes aquí —toca suavemente mi propia muñeca—. Nadie más lo tiene. Es nuestra marca. Nuestro secreto.
Miro fijamente ese lunar, y de repente recuerdo. Recuerdo que cuando era pequeño me tomaba de esa muñeca para caminar juntos. Recuerdo que solía decirme que era nuestra estrella guía. Mi respiración se acelera.
—Eso… eso no prueba nada —digo, aunque la voz me tiembla—. Mi madre murió. No puedes estar aquí.
—No es así. Tu padre… me quería muerta. Se lo contaré todo desde el principio. Pero prométeme algo: ten paciencia. Escúchame hasta el final. Y luego pregúntame lo que quieras. ¿Trato hecho?
La miro, y por primera vez en veinte años, siento que no estoy mintiendo.
—Habla. Te escucho.
Se sientan en el pequeño porche de la cabaña. El sol comienza a ponerse, tiñendo todo de dorado y naranja.
—Hace veinticinco años mi padre falleció. Él era el Capo del Occidente. Cuando lo emboscaron y lo mataron, todo pasó a ser mío. Poco después conocí a tu padre. Me trataba bien. Me hacía sentir protegida. Y me enamoré. Te concebimos, y decidí alejarme del mundo del crimen por un tiempo. Le entregué el poder a él, porque confiaba en que lo cuidaría. Pero tenía gente fiel a mí entre sus filas, y me avisaron de todo. En una reunión secreta… le puso precio a mi cabeza. Me quería muerta para quedarse con todo. No estaba en la mansión cuando llegó la orden. Domínico, que era mi mejor amigo desde la infancia, me ayudó a escapar. Me dio otra identidad. Y desde entonces… he vivido aquí, esperando el momento adecuado para volver a verte.
Aprieto los puños hasta lastimarme las palmas.
—Mi padre… él lo planeó todo. Mi propia vida… todo basado en una mentira.
—Dominico también estaba en peligro. Tu padre le tendió una trampa para quedarse también con el territorio italiano. Pero Domínico es un hombre de honor. No traicionó a nadie. Y te cuidó desde lejos todos estos años.
Me dejo caer en un escalón, sintiendo que el mundo se me cae encima.
—Todo es mentira. Todo lo que creí saber… no sirve de nada. ¿Quién soy entonces? Si mi padre era un traidor y mi madre estaba viva todo este tiempo… ¿qué soy yo?
—Eres Rafael Mendoza. Eres fuerte. Eres valiente. Y eres el Capo del Occidente, porque te lo has ganado tú mismo, no porque te lo hayan heredado. Mira lo que has construido por tu cuenta. Tus negocios legales. Tu gente que te respeta. No lo has hecho mal, hijo. Lo has hecho bien.
—¿Y para qué? Si todo comenzó con sangre y mentiras. No quiero eso. No quiero ser eso.
—Entonces sé diferente. Sé mejor que ellos. Tú decides quién eres, no tu apellido ni tu pasado.
La miro con los ojos llenos de lágrimas que no sé cómo dejar de llorar.
—No necesito reinos ni poderes. Solo quiero la verdad. Y quiero que Verónica esté a salvo. Eso es lo único que importa.
—Esa es la verdad. Y Domínico no te hubiera confiado a Verónica si no supiera que eres un hombre bueno. ¿No lo ves? Todo ha sucedido para que estés aquí, ahora, con ella.
Asiento lentamente, sintiendo que por primera vez todo tiene sentido.
—¿Puedo… puedo abrazarte, hijo mío? Han pasado veinte años desde la última vez que pude tocarte.
Me quedo inmóvil. Luego doy un paso hacia ella.
—No sé si sé cómo hacerlo ya… pero inténtalo. Por favor.
Me abraza con tanta ternura que me rompo por completo. Escondo mi rostro en su hombro y lloro. Lloro por el niño que perdió a su madre, por el hombre que creyó saberlo todo, y por este momento que creí imposible.
—Mamá… —susurro, y esa palabra suena nueva y antigua a la vez.
—Te amo, mi gran león. Nunca dejé de amarte.
—Te amo, mamá.
Nos quedamos abrazados en silencio mientras el sol termina de ocultarse. Luego me limpio las lágrimas con la manga de mi camisa.
—Tenemos que hablar de Verónica. Hay cosas que necesito que sepas sobre ella.
Me sonríe con ojos traviesos.
—Dime, hijo. Cuéntame todo. Y sí, sé que la amas. Se te nota en la forma en que hablas de ella. Es una chica afortunada.
—Es perfecta. Y la amo más que a mi propia vida. Haría cualquier cosa por ella. Cualquier cosa.
—Lo sé. Domínico me dice que la miras como un bobo enamorado —se ríe suavemente.
Me sonrojo y me rasco la nuca, mirando hacia otro lado.
—No soy ningún bobo… bueno, tal vez sí. Pero solo con ella. Y no me importa.
—Verónica es muy especial para mí también, hijo. Soy su madrina de bautizo. La conozco desde que era pequeña.
Doy un paso atrás, sorprendido.
—¿Qué? ¿Usted es su madrina? ¡Eso significa que… nos conocíamos desde siempre! El destino era inevitable.
—Exacto. Y dime… ¿piensas pedir su mano algún día?
—Por supuesto que quiero casarme con ella. Quiero construir una vida con ella. Pero necesito saber… ¿por qué esperó tanto tiempo para decirme que estaba viva? ¿Por qué Domínico me ocultó la verdad?
—Porque se lo pedí yo. No era seguro que supieras quién era yo. Tu padre tenía gente en todas partes. Si hubiera sabido que estaba viva… nos habría matado a los dos. Domínico te cuidó desde lejos porque yo se lo pedí. Y cuando supe que te acercaste a Verónica… sabí que era el momento de contártelo. Perdóname por haberte dejado solo tantos años, hijo. Tenía miedo de perderte también.
La abrazo de nuevo, fuerte esta vez.
—No tiene por qué perdonarme. Todo está bien ahora. Y ya no estamos solos.
—¿Te quedas a cenar conmigo? Tengo muchas cosas que quiero contarte. Tenemos veinte años de historia que recuperar.
Sonrío, y es una sonrisa genuina por primera vez en muchísimo tiempo.
—Sí. Me quedo. Y quiero ayudarle a preparar todo. No quiero que haga todo sola.
—Gracias, hijo. Eso me haría muy feliz.
Me pongo un delantal con cuidado, aunque no tengo mucha idea de cómo cocinar.
—No soy muy bueno en la cocina… pero lo intentaré. ¿Dónde están los cuchillos para picar las verduras?
—En el gabinete de abajo, a la derecha, hijo.
En ese momento suena mi teléfono en la mesa. Un mensaje. Es de Verónica.
—¿Qué te dice? —pregunta mi madre con curiosidad.
Lo leo y miro el reloj. Ya pasan unos minutos de las ocho.
—Se pregunta dónde estoy. Dice que… espera que no haya olvidado nuestra cita.
—Responde rápido, no se preocupe —me dice mi madre con una sonrisa comprensiva.
📱 Yo: Perdón, amor. No se me olvidó. Algo increíble acaba de pasar y perdí la noción del tiempo.
📱 Verónica: ¿Estás bien? Me preocupé de verdad. Tú nunca llegas tarde. ¿Todo bien?
📱 Yo: Encontré a mi madre. Está viva. Y está aquí conmigo ahora mismo.
📱 Verónica: ¿QUÉEEEE?? 😱 ¡Rafael, eso es increíble! ¿De verdad? ¿No me estás haciendo una broma verdad?
📱 Yo: No es broma, preciosa. Me gustaría mucho que la conocieras. ¿Puedo pasar por ti o prefieres que vengas tú?
📱 Verónica: ¡Haré videollamada primero para asegurarme de que no me estás mintiendo! 😄📲
Contesto enseguida. Y en la pantalla, los ojos de Verónica se abren enormemente cuando ve a mi madre detrás de mí.
—¿Madrina? —dice con la voz entre el asombro y la alegría—. ¿Eres tú? ¡Dios mío! Rafael… tu mamá es mi madrina de bautizo. ¡Eso significa que siempre estuvimos conectados y no lo sabíamos!
Mi madre se acerca a la cámara con los ojos brillantes de emoción.
—Ven a cenar con nosotros, hija. La mesa será para tres. Y hoy celebramos que las familias que estaban separadas… por fin se encuentran.
📱 Verónica: ¡Voy en camino! No tardo nada. ¡Qué felicidad tan grande! ✨
Menos de treinta minutos después llega Verónica. Entra corriendo y abraza primero a mi madre y luego a mí. La cena transcurre entre risas, anécdotas que por fin podemos compartir, y esa sensación cálida de que todo está exactamente donde debe estar. Por primera vez en mi vida… me siento en casa.
CONTINUARÁ ✨