Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
NovelToon tiene autorización de Ybet Renú para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La Familia Valero.
La familia Valero llegó a las 11 de la mañana en dos Mercedes negros que no eran para la nieve.
Eran tres: Marco Valero, el hermano mayor, 45 años, abogado en Florencia, con traje aunque hubiera nieve; Giulia Valero, la hermana del medio, 43, dueña de una galería de arte, con el pelo rubio corto y cara de no creerle nada a nadie; y el padre, Franco Valero, 70 años, con bastón, con sombrero, que todavía era el dueño del 50% de las 300 hectáreas.
Bajaron del auto y miraron la villa. Miraron las botas marrones de mujer en la entrada. Miraron la maleta roja en el altillo que se veía por la ventana.
—Pietro — dijo Marco, entrando sin saludar, como entran los hermanos mayores —. ¿Qué es esto? Carlo nos dijo que vives con una ragazza.
Pietro estaba en la cocina, con Isabella. Isabella estaba haciendo ceviche. Ceviche de verdad, con pescado fresco que Carlo había traído de Grosseto esa mañana porque Pietro le había ordenado a las 6 de la mañana: "tráeme pescado blanco, limones, ají limo, que mi mujer quiere cocinar peruano".
—¿Tu mujer? — había preguntado Marco.
—Mi mujer — había contestado Pietro, por primera vez sin vergüenza.
Ahora la familia estaba ahí.
Isabella llevaba el suéter beige, jeans, el pelo rizado atado con un lápiz, como siempre escribía. Tenía las manos con olor a limón y ají. No se veía como la dueña de la villa Valero. Se veía como una chica limeña perdida en la Toscana.
—Buongiorno — dijo, en italiano con acento fuerte —. Soy Isabella. Mucho gusto.
Giulia la miró de arriba a abajo. Esa mirada de mujer rica de Florencia que mira a una mujer más joven y más bella y la odia un poco.
—Tú eres la peruana — dijo Giulia —. La que escribe novelas.
—Sí — dijo Isabella.
—¿Y cuánto tiempo piensas quedarte? — preguntó Marco, directo, abogado —. Porque mi hermano no es un hombre para quedarse. Mi hermano es viudo, es complicado, es posesivo, ya nos contaron las del pueblo que le dijiste que te quedaras, pero eso es una semana, ¿no? ¿Te vas en abril, como todos los turistas que alquilan en Via della Fortezza?
Pietro iba a gritar. A sacarlos. A decirles que se fueran. Pero Isabella le agarró la mano bajo la mesa. Como diciendo "yo puedo".
—Yo vine por tres meses — dijo Isabella —. A escribir una novela. Pero me enamoré del dueño del vino. Y él me dijo que me quede a vivir acá. Y me quedé. No sé si me voy en abril. Ahora no me quiero ir. ¿Algún problema?
Franco, el padre con bastón, no había hablado. Se acercó a la mesa de roble de 4 metros. Vio el bol de ceviche. Vio los limones cortados. Vio el ají. Vio el pescado blanco crudo marinado, con cebolla morada. Olió.
—¿Qué es esto? — preguntó.
—Ceviche — dijo Isabella —. Es de mi país. Es pescado crudo con limón. No se cocina con fuego, se cocina con limón. Es fresco, es ácido, es un poco picante, como yo — se rió nerviosa —. ¿Quieren probar?
Nadie quería probar. Marco y Giulia se miraron con asco. Crudo, en la Toscana donde todo se cocina 4 horas.
Franco, el viejo, se sentó. Agarró una cuchara. Probó.
Masticó. Cerró los ojos. Y dijo, en dialecto toscano cerrado:
—Madonna. Madonna santa.
Todos lo miraron.
—Esto es bueno — dijo Franco —. Esto es muy bueno. Picante, fresco, como el vino blanco de la costa que hacíamos en los 70. ¿Dónde aprendiste?
—En Lima — dijo Isabella —. Mi mamá me enseñó.
Franco probó otra cucharada. Y otra. Y dijo, mirando a Pietro:
—Pietro. Esta ragazza se queda. Si hace ceviche así, se queda. Tu madre hacía panzanella y por eso me quedé con ella 40 años. Una mujer que cocina bien se queda. Es regla de los Valero.
Marco y Giulia se quedaron helados. El padre nunca le daba la razón a Pietro. Nunca.
—Papá — dijo Giulia —. Pero es peruana, es 16 años menor, es escritora, no sabe de vino, no sabe de...
—Cállate, Giulia — dijo Franco, con el bastón golpeando el piso —. Tú no sabes hacer ni un huevo frito y te casaste tres veces. Ella hace ceviche con pescado de Grosseto en Montalcino con nieve. Eso es tener cojones. Eso es ser Valero.
Isabella se rió. Por primera vez desde que llegó la familia, se rió fuerte, con ruido, como se ríe en Lima.
Pietro la miró, orgulloso. Su familia la había odiado por 10 minutos y ahora su padre la defendía con un bol de ceviche en la mano.
—Entonces se queda — dijo Marco, resignado, probando al fin el ceviche a la fuerza —. Pero si la vas a dejar vivir acá, al menos cásate, Pietro. No seas como siempre.
Pietro agarró a Isabella de la cintura, delante de todos, y la sentó en sus rodillas, como hacía todas las mañanas.
—No me voy a casar — dijo —. Casarse trae mala suerte en esta familia. Pero va a vivir acá. Y va a escribir su novela acá. Y va a hacer ceviche cuando quiera. Y el que no quiera, que no venga más a la villa. Mi casa, mis reglas.
Franco se levantó con el bol de ceviche en la mano.
—Andiamo — les dijo a Marco y a Giulia —. Vámonos a la bodega a probar el 79. Dejemos a los tortolitos con su pescado crudo. Pietro, nos vemos en Pascua. Y tú, ragazza — miró a Isabella —. En Pascua quiero causa limeña. Aprende.
Cuando se fueron los dos Mercedes negros, la villa quedó en silencio otra vez.
Isabella se quedó sentada en las rodillas de Pietro, con las manos con olor a limón, con el corazón latiendo fuerte.
—Les gané — susurró —. Con ceviche.
—Les ganaste — dijo Pietro —. Con limón y ají. Como me ganaste a mí. Yo no sabía que me gustaba el pescado crudo. Ahora no puedo vivir sin él.
La besó, con sabor a limón y a ají limo en la boca, en la cocina caliente, a las 12 del día, con el bol de ceviche a medio comer en la mesa de roble.
Y Montalcino supo, esa tarde, porque Carlo lo contó en el bar, que Franco Valero había probado ceviche peruano y había dicho que la peruana se quedaba.
Y si Franco decía que se quedaba, se quedaba.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭