El destino vuelve a reunirlos bajo el mismo techo, pero nadie sabe qué traerá consigo este reencuentro.
¿Encontrará Emma a alguien capaz de comprender su corazón?
¿Descubrirá que el amor puede llegar cuando menos lo espera?
¿O será una tentación inesperada la que ponga su mundo de cabeza?
En esta historia, nada está escrito todavía. Los sentimientos crecerán, los secretos saldrán a la luz y las decisiones de sus protagonistas irán marcando el rumbo.
Porque a veces, el corazón desea algo que la razón no sabe explicar… y la vida nos enfrenta a elecciones que jamás pensamos tener que hacer.
Bienvenidos a Tentaciones prohibidas.
NovelToon tiene autorización de Yance para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La propuesta
Leonardo seguía observando con preocupación a Emma a través de la pantalla
—¿Qué pasó? —preguntó con dulzura.
—Estoy bien.
—Pequeña, te conozco.
Ella apartó la mirada.
Leonardo sintió una presión desagradable en el pecho.
—Mírame, por favor.
Emma obedeció lentamente.
Él se inclinó hacia la cámara, como si aquella distancia pudiera reducirse con el simple movimiento.
—¿Alguien te hizo daño?
La joven negó con la cabeza.
—No es nada importante.
—Eso no fue lo que te pregunté.
Emma apretó los labios.
Leonardo respiró despacio, conteniendo la urgencia que comenzaba a crecer dentro de él.
Quería saberlo todo.
Quién la había hecho llorar, qué le habían dicho, dónde estaba.
—Escúchame, Emma. No tienes que contarme nada que no quieras. Pero no me digas que estás bien solo para evitar que me preocupe.
Aquellas palabras terminaron de desarmarla.
Emma se mordió el labio.
—Es que no quiero parecer una niña llorona.
Leonardo frunció el ceño.
—¿Quién te ha dicho que llorar te convierte en una niña llorona?
Ella soltó una risa débil, acompañada de una lágrima que no consiguió contener.
—Nadie.
—Entonces no vuelvas a decirlo.
Emma se limpió la mejilla.
Leonardo sintió que algo dentro de él se rompía al verla intentar sonreír mientras lloraba.
—Cuéntame, cariño.
Aquella palabra escapó de sus labios con tanta naturalidad que ninguno de los dos reparó en ella.
Emma permaneció callada durante unos segundos.
Después, finalmente, comenzó a hablar.
Le contó lo que había sucedido al salir de clases. Las preguntas de Valeria, los comentarios sobre su familia, las insinuaciones que llevaba meses soportando y la forma en que había decidido responderle.
Intentó narrarlo con humor, incluso se burló de la expresión que había puesto su compañera cuando los demás comenzaron a reírse.
Pero, a medida que hablaba, la voz se le quebraba.
—Yo sé quién soy, León. Sé lo que he trabajado para estar aquí. Y sé que no tengo que demostrarle nada a nadie. Pero a veces cansa…
Hizo una pausa.
—Cansa que hablen de mi familia como si pudieran decidir quién merecía tenerla y quién no.
Leonardo apretó la mandíbula.
—¿Te han hecho esto antes?
Emma dudó.
El silencio fue suficiente.
—¿Cuántas veces? —preguntó él, todavía con dulzura, aunque sus ojos se habían oscurecido.
—Algunas veces.
—¿Algunas, Em?
—No quería preocuparlos.
Leonardo cerró los ojos durante un instante.
La rabia que sentía era tan intensa que tuvo que levantarse de la silla y caminar hasta la ventana.
No era la primera vez que escuchaba que alguien se atrevía a cuestionar el lugar de Emma en la familia.
Y la sola idea de que su pequeña hubiera tenido que soportar semejantes comentarios sin contárselo a nadie le resultaba insoportable.
Leonardo quería aparecer frente a ella, abrazarla contra su pecho y hacerle entender que ninguna opinión ajena tenía derecho a disminuirla. Pero no podía hacerlo desde aquella pantalla.
Así que bajó la voz.
—Escúchame bien —dijo, volviendo a mirarla—. Tú no eres una don nadie.
Emma bajó la mirada.
—León…
—No, déjame terminar.
Su tono no era duro con ella. Al contrario. Cada palabra llevaba una ternura que Emma pocas veces escuchaba de sus labios con tanta claridad.
—Eres una mujer extraordinaria. Eres inteligente, trabajadora, talentosa y tienes una sensibilidad que no has perdido a pesar de todas las cosas difíciles que has tenido que enfrentar. Tienes un corazón enorme y una capacidad increíble para levantarte cuando la vida intenta derribarte.
Los ojos de Emma volvieron a llenarse de lágrimas.
—Y no te lo digo porque te quiera —continuó él—. Te lo digo porque es verdad. Tu valor no depende de tu apellido, del dinero que tengas ni de lo que una persona ignorante piense de ti.
Emma soltó un sollozo.
Leonardo se acercó todavía más a la cámara.
—Ojalá pudiera estar ahí ahora mismo.
Ella se limpió el rostro.
—¿Para qué?
—Para abrazarte hasta que dejaras de pensar en todas esas tonterías que te dijeron.
Emma sonrió entre lágrimas.
—Eso no se puede hacer por videollamada.
—No me recuerdes lo evidente, pequeña.
Ella soltó una risita.
Leonardo sonrió también, aliviado por escucharla.
Pero la rabia seguía allí.
Una parte de él quería conocer a Valeria, mirarla directamente a los ojos y explicarle con toda claridad las consecuencias de volver a acercarse a Emma con semejante crueldad.
No iba a permitir que nadie la humillara.
Sin embargo, sabía que no podía irrumpir en la universidad ni convertir el problema de Emma en una guerra personal.
Primero hablaría con ella.
Después buscaría la manera adecuada de intervenir, si era necesario.
Con calma, Sin exponerla.
Sin hacer nada que pudiera perjudicarla.
Leonardo nunca había sido un hombre que disfrutara de los escándalos. Prefería estudiar una situación, conocer todos sus detalles y actuar cuando estaba seguro de sus pasos.
Y, en aquel momento, una idea comenzó a tomar forma en su mente.
No necesitaba levantar la voz para poner las cosas en su sitio.
A veces, la mejor respuesta llegaba cuando el otro menos la esperaba.
La venganza, después de todo, era un plato que se servía frío.
Cuando Emma terminó de contarle lo sucedido, Leonardo volvió a sentarse.
—¿Te sientes un poco mejor?
Ella asintió.
—Sí. Gracias por escucharme.
Él la observó con una ternura que no intentó disimular.
—No tienes que agradecerme eso.
—Sí tengo. Estabas trabajando.
Leonardo miró los documentos abandonados sobre su escritorio.
—¿Qué documentos? - Preguntó Leonardo tirando los papeles.
Emma soltó una carcajada.
—Está bien, está bien. Estoy trabajando.
Ella sonrió de verdad por primera vez desde que había terminado sus clases.
Leonardo sintió que podía respirar un poco mejor.
—Por cierto —dijo él—, ¿recuerdas que tenemos una fiesta pendiente?
Emma arqueó una ceja. Lo habia olvidado por completo.
—¿Una fiesta?
—La boda de Camila.
La sonrisa de Emma se volvió más discreta.
—Ah, sí. mi madre me contó.
—Nos veremos allí.
Leonardo la estudió durante unos segundos.
—¿No quieres?
—¿Que cosa?
—Verme, parece que estuvieramos hablando de una cita con el dentista.
Emma se echó a reír.
—¡No seas exagerado! Claro que quiero verte.
La respuesta le arrancó una sonrisa.
—Bien. Porque todavía te debo una cena.
Emma abrió los ojos.
—¡Por fin lo recuerdas!
—Nunca lo olvidé.
—Llevas semanas debiéndome esa cena.
—He tenido mucho trabajo.
—Ña, ña... Excusas.
—¿Quieres que te pague con intereses?
Emma fingió pensarlo.
—Depende. ¿Qué incluye el paquete?
Leonardo se llevó una mano al pecho.
—Qué mujer tan interesada.
—Aprendí de los mejores.
Ambos se rieron.
Durante unos segundos, la conversación recuperó aquella naturalidad que tanto habían extrañado.
Emma sintió que algo dentro de ella se acomodaba.
No sabía qué significaba para Leonardo aquella llamada. No sabía si Lenna tenía razón sobre sus celos, ni si algún día él llegaría a verla de una forma diferente.
Pero sí sabía una cosa.
Cuando había sentido que el mundo entero se empeñaba en hacerla sentir estupida, Leonardo había encontrado la manera de recordarle quién era.
Y eso, por el momento, le bastaba.
—¿Sabes qué? —dijo él de repente.
Emma se acomodó en el asiento.
—Te escucho.
Leonardo tomó su teléfono y comenzó a buscar algo.
—¿Has visto La propuesta?
Emma abrió la boca, sorprendida.
-No, esa película es de viejitos.
-¡Emma! respeto, soy mayor.
—¿Esa es la película de Sandra Bullock y Ryan Reynolds?
—Esa misma.
—¡La he visto con mis padres, como 20 veces!
Leonardo levantó la mirada, sonriendo.
—Perfecto la veras por vigésima primera vez conmigo.
Emma parpadeó.
—¿Cómo?
—Hay aplicaciones que permiten ver una película al mismo tiempo aunque estemos en lugares distintos. Podemos conectarnos, activar la reproducción sincronizada y hablar por los auriculares.
El rostro de Emma comenzó a iluminarse.
—¿Me estás proponiendo una cita de cine a distancia?
Leonardo se quedó inmóvil.
La palabra cita pareció quedarse suspendida entre ambos.
Emma se apresuró a añadir:
—Quiero decir… una tarde de películas ¿Somos amigos o no?.
Él recuperó la compostura.
—Exactamente. Una tarde de películas con mi amiga favorita.
Pero, por alguna razón, la palabra le había dejado una sensación extraña en el pecho.
—¿Tienes más amigas? —preguntó.
Leonardo sonrió de oreja a oreja.
—¡Por supuesto!
-Mientes, soy tu única amiga.
-Si, si. Ganas.
Leonardo contempló la alegría completamente genuina en su voz.
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Creo que Leonardo está más enamorado de lo que quiere hacer creer.
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