Engranajes de Cristal narra la historia de Elena Valmont y Dorian Sterling, herederos de dos imperios automotrices rivales impulsados por tecnología rúnica. Casados hace cinco años, fingen ante la alta sociedad un matrimonio idílico, mientras puertas adentro viven un infierno de reproches: Dorian está convencido de que ella lo drogó y chantajeó en la universidad para someter a su familia, e ignora que Elena fue manipulada por el patriarca de los Valmont y que aún lo ama en silencio con la misma intensidad con la que él, en secreto, sigue atado a ella.
El punto de quiebre estalla cuando la farsa se vuelve insostenible y Elena desaparece sin dejar rastro, ocultándose durante tres años en el anonimato para dar a luz y criar a sus dos gemelos lejos del poder y las intrigas corporativas. Cuando sus caminos vuelven a cruzarse, Dorian deberá desentrañar la red de mentiras que destruyó su juventud, enfrentar la verdad sobre el pasado y luchar contra su propio orgullo para reconquistar a Elena
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Capítulo 16: Protocolos de ignición y café quemado
El hangar principal de pruebas de la división Sterling olía exactamente a lo que Marco definía como «desesperación de alta gama»: una mezcla volátil de aceite sintético, éter frío y tres cafeteras industriales trabajando al límite de su resistencia térmica.
Marco caminaba de un lado a otro frente al prototipo del nuevo bólido biplaza, con una llave dinamométrica en la mano derecha y una tableta de auditoría en la izquierda. A su lado, Dorian Sterling se ajustaba los puños de una camisa negra impecable, aunque sus ojos tenían esa fijeza peligrosa de los hombres que están a un paso de la gloria o del infarto masivo.
—Repasemos las reglas básicas de supervivencia social —dijo Marco, apuntándolo con la llave de tuercas como si fuera un arma cargada—. Regla número uno: no la mires como si fueras un mártir a punto de ser ejecutado. Regla número dos: si sus sobrinos te insultan, asientes y pides perdón; tienen suficientes acorazados en la bahía para convertir esta fábrica en un estacionamiento techado. Y regla número tres: por todos los dioses del éter, Dorian, si vas a hablar de los niños, no empieces con la frase «según el código civil».
Dorian le dedicó una mirada gélida que habría congelado el mercurio de un termómetro.
—No voy a citar el código civil, Marco.
—¡Es que con tu historial de torpeza emocional, eres capaz de pedirles una prueba de rendimiento rúnico antes de preguntarles si les gusta el chocolate! —exclamó Marco, pasándose una mano exhausta por el rostro—. Llevo tres años alimentándote a base de sándwiches rancios y escuchándote lamentar tus pecados frente a un motor que no arranca. Si hoy arruinas la inspección de transferencia, voy a presentar mi renuncia y me iré a cultivar papas a la frontera sur.
Antes de que Dorian pudiera recordarle que era el dueño —o al menos, el exdueño del cincuenta y uno por ciento— de las instalaciones, las compuertas presurizadas del hangar se abrieron con un soplido hidráulico.
La comitiva de la Casa Montclair no entró; tomó posesión del terreno.
A la cabeza venía Celia. La antigua compañera de taller de Elena vestía una chaqueta de mecánico hecha a medida en cuero ignífugo con el blasón de los astilleros navales bordado en hilo de plata. Llevaba gafas de protección sobre la frente y un termo de titanio bajo el brazo. Al ver a Marco, se detuvo, apoyó las manos en las caderas y dejó escapar un silbido cargado de ironía pura.
—Mira nada más —dijo Celia, examinando el hangar con la minuciosidad de quien inspecciona un gallinero abandonado—. Tres años y la línea de ensamblaje sigue teniendo el mismo error de desfase en los ductos de retorno. Marco, querido, me alegra ver que tu cerebro sigue operando a medio caballo de fuerza.
Marco abrió la boca, indignado, pero una sonrisa involuntaria se le escapó en la comisura de los labios antes de recuperar la compostura:
—¡Celia! Me alegra que no hayas perdido esa calidez maternal que tanto te caracteriza. Veo que trabajar para los reyes del océano no te quitó la costumbre de criticar el trabajo ajeno sin haber tomado café primero.
—El café de este taller siempre supo a líquido de frenos recalentado, Marco —replicó ella, dándole un golpecito con el codo antes de mirar de reojo a Dorian—. Y hablando de desastres mecánicos... Sterling. Veo que sobreviviste a la tormenta de anoche sin que se te oxidaran las articulaciones.
Dorian inclinó la cabeza con una reverencia sobria y sorprendentemente respetuosa.
—Celia. Es un alivio verte de regreso en la capital.
Celia enarcó una ceja, visiblemente desconcertada por la falta de arrogancia del magnate. Cruzó una mirada rápida con Marco, quien simplemente alzó los hombros con un gesto de «te dije que está completamente domado».
Pero el ambiente en el hangar cambió de golpe cuando el resto del grupo cruzó el umbral.
Elena ingresó vestida con un pantalón oscuro de corte impecable y una blusa de seda perla, el cabello recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello aristocrático. Traía consigo esa presencia arrolladora de quien ya no necesita alzar la voz para ser obedecida. Sin embargo, su habitual concentración técnica se vio súbitamente saboteada por un grito de pánico proveniente de la rampa de acceso.
—¡Liam! ¡Alexander! ¡Por las turbinas de proa, suelten esa manguera de alta presión!
Cassian Montclair entró trastabillando, con el abrigo de paño manchado de grasa en una manga y la corbata torcida, persiguiendo a dos pequeños bólidos de tres años que corrían por el suelo de concreto con una agilidad alarmante.
—¡Cassian, te dije que era un conector magnético, no una manguera! —gritó Alexander por encima del hombro, riéndose a carcajadas mientras esquivaba un carrito de herramientas con la precisión de un piloto profesional.
—¡Y que la válvula de escape está mal sellada! —completó Liam, frenando en seco justo delante de la trompa del prototipo de Dorian, agachándose para mirar por debajo del chasis con una curiosidad feroz en sus enormes ojos grises.
El silencio que cayó sobre el hangar fue instantáneo. Los quince ingenieros sénior de la división Sterling se quedaron petrificados en sus puestos, con cables y llaves suspendidas en el aire.
Cassian se frenó en seco, jadeando, y miró a Elena con una mueca de culpable total:
—Tía Elena... te juro solemnemente que los dejé en la sala de simulación con un rompecabezas rúnico de nivel universitario. Tardaron exactamente cuarenta y dos segundos en desarmar la pantalla y encontrar el conducto de ventilación para bajar al taller.
Elena suspiró, llevándose dos dedos al puente de la nariz en un gesto de resignación maternal tan humano y adorable que a Dorian casi se le detuvo el corazón al contemplarla.
—Alexander, Liam. Aquí. Ahora mismo —ordenó Elena con voz firme pero cargada de una ternura que no admitía réplicas.
Los dos niños se giraron al unísono. Alexander llevaba una pequeña mancha de hollín en la mejilla izquierda; Liam sostenía con orgullo una arandela de titanio que acababa de recoger del suelo. Pero en lugar de correr hacia su madre, la mirada de Liam se desvió hacia la figura alta y silenciosa que permanecía inmóvil junto a la mesa central.
Dorian sentía que el suelo de concreto se había disuelto bajo sus pies.
Eran ellos. Estaban a tres pasos de distancia. El pequeño Liam tenía su misma mirada gris tormenta, esa intensidad analítica que él solía poner frente a las pizarras de la facultad; mientras que Alexander, con su risa pícara y el cabello oscuro alborotado, era la viva imagen de las fotografías infantiles de Elena que él había atesorado durante años.
Dorian tragó saliva. Olvidó los protocolos, olvidó a los ingenieros que miraban boquiabiertos y olvidó las amenazas de la Casa Montclair. Lentamente, con un cuidado infinito como si temiera romper el aire a su alrededor, flexionó las rodillas y se agachó sobre el concreto hasta quedar exactamente a la altura de los ojos del niño.
Liam no retrocedió. Sostuvo la mirada del hombre imponente con la audacia de quien no conoce el miedo, ladeando la cabeza con curiosidad infantil.
—Tu coche no funciona —sentenció Liam con total naturalidad, señalando el chasis del prototipo con su arandela—. Hace un ruido feo cuando enciendes la luz azul.
Marco, detrás de ellos, ahogó una carcajada tapándose la boca con la tableta de datos. Celia se mordió el labio para no reírse.
Dorian parpadeó, desconcertado por el diagnóstico implacable del niño de tres años, pero una sonrisa diminuta, temblorosa y genuina —la primera en casi un lustro— comenzó a suavizar las líneas duras de su rostro.
—Tienes razón —dijo Dorian en un susurro ronco y suave, manteniendo las manos apoyadas sobre sus propios muslos para no asustarlo—. La cámara de compresión secundaria se recalienta porque no tiene la matriz adecuada.
Alexander se acercó corriendo, colocándose al lado de su hermano sin el menor reparo por el espacio personal del magnate:
—¡Porque le falta el hielo de mami! —exclamó Alexander, señalando a Elena con un dedito regordete—. Mami hace que los motores se queden fríos con los dedos. Cassian no sabe hacerlo, él solo quema los fusibles.
—¡Oye! —protestó Cassian desde atrás, ofendido en su orgullo de diseñador naval—. ¡Eso fue un accidente de calibración menor!
Dorian levantó despacio la mirada hacia Elena. Sus ojos se encontraron por encima de las cabecitas de los gemelos.
En la mirada de Elena no estaba la jueza de hielo del tribunal ni la enemiga corporativa. Había una sombra de cautela, por supuesto, y una advertencia maternal muda que le decía con absoluta claridad que si hacía un movimiento en falso pagaría las consecuencias. Pero debajo de esa barrera, Dorian vio el brillo inconfundible de la emoción contenida, la sorpresa de verlo arrodillado en el piso lleno de grasa con la docilidad de un aprendiz ante dos niños pequeños.
—Señora Stone-Montclair —dijo Dorian, con la voz templada por una devoción tan transparente que los mecánicos del fondo comenzaron a murmurar entre sí—, parece que los nuevos accionistas mayoritarios tienen observaciones técnicas muy severas sobre nuestra línea de producción.
Elena mantuvo la compostura con un esfuerzo monumental, aunque una leve curva divertida amenazó con romper la línea severa de sus labios. Dio dos pasos hacia adelante y posó una mano en la cabeza de cada uno de sus hijos, trayéndolos con suavidad hacia su costado.
—Los accionistas mayoritarios deberían estar tomando su jugo de manzana en la oficina administrativa —respondió Elena con voz serena, mirando a Dorian directamente a los ojos sin apartar la vista—. Pero sus conclusiones son correctas, señor Sterling. Su diseño de encendido es arcaico y testarudo. Igual que el ingeniero que lo trazó.
Marco soltó una risita por la nariz que intentó disfrazar rápidamente con un ataque de tos falsa:
—Ejem... sí, totalmente de acuerdo con la magistrada. Testarudo es la palabra técnica exacta, señorita Val... perdón, Dra. Stone.
Celia le dio un codazo certero en las costillas a Marco que le sacó el aire.
—Cállate, Marco, que tú eres el cómplice que le pasaba las herramientas para hacer esa aberración mecánica —le espetó Celia por lo bajo, antes de dirigirse a los pequeños con una sonrisa radiante—. Vengan, terremotos. Cassian les va a mostrar los propulsores del hangar tres, y si se portan bien, les prometo que les enseñará cómo hacer sonar la bocina de alarma general.
—¡Celia, no les enseñes eso! —suplicó Cassian con las manos en la cabeza, viendo cómo los dos niños ya salían disparados hacia la puerta lateral gritando vítores de guerra infantil—. ¡La última vez que tocaron una consola en la Costa Dorada activaron el protocolo de evacuación marítima!
Cassian, Celia y Marco corrieron detrás de los pequeños en un caos de risas, reclamos técnicos y pasos apresurados, dejando el hangar principal sumido en un silencio repentino y profundamente significativo.
Dorian se puso de pie con lentitud. La estancia había quedado desierta a su alrededor; hasta los mecánicos habían aprovechado la distracción de los niños para escabullirse a la cafetería.
Solo quedaban ellos dos, separados por el fuselaje del bólido que habían comenzado a soñar juntos en las aulas de la universidad.
—Elena... —comenzó Dorian, con el corazón golpeándole en la garganta, sintiendo por primera vez en tres años que la muralla de hielo entre ambos tenía una pequeña, luminosa e involuntaria grieta.
Elena no huyó. Lo miró en silencio durante unos segundos, respirando el mismo aire de motores y chispas rúnicas que los había unido en el pasado, y por primera vez desde su regreso, no dio media vuelta para marcharse.