Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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Punto de ebullición
...PRÓLOGO ...
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...ANGELA SALLES...
El sonido de un jarrón de cerámica haciéndose mil pedazos contra la pared del pasillo retumbó en todo el apartamento. El impacto dejó una marca horrible en la pintura, pero en ese momento el corazón me latía tan fuerte en los oídos que el desastre a mi alrededor me importaba un carajo.
—¡Te lo pregunté mil veces, Maximilien! ¡Mil malditas veces en la cara y me lo negaste mirándome a los ojos! —el grito me rasgó la garganta, dejándome un sabor amargo.
Le tiré su propio teléfono directo al pecho. Max lo atrapó en el aire a duras penas, con el rostro desencajado y la respiración tan agitada como la mía.
En la pantalla, que aún seguía encendida, estaba abierto el chat de Instagram. Mensajes de texto, fotos temporales, insinuaciones asquerosas. Era la conversación con la misma tipa de su facultad con la que le había prohibido hablar hacía meses. La misma por la que habíamos tenido tres peleas destructivas y por la que me juró, de rodillas en este mismo apartamento, que no tenía ningún contacto.
Y otra vez. Otra maldita vez me había visto la cara de estúpida. En dos años de relación, esta ya no era la primera, ni la segunda vez que Max me ponía los cuernos, pero sí era la última.
Estaba asustado. Sus ojos recorrieron el suelo lleno de tierra de la maceta que yo misma había tirado al inicio de la discusión, y luego me miró con una desesperación que ya no me generaba compasión, sino un profundo asco.
—Ángela, escúchame, por favor... las cosas no son como tú piensas—dijo, dando un paso rápido hacia mí, estirando las manos en un gesto de súplica—. Sí, hablé con ella, cometí el maldito error de contestarle, pero te juro por mi vida que no pasó nada físico. Estaba medio ebrio esa noche, yo no quería...
—¡No me vengas con el cuento del alcohol, Max! —le grité, empujándolo por los hombros con todas las fuerzas que me quedaban. La rabia me cegaba por completo—. ¡Eres un mentiroso! Siempre es lo mismo contigo. Me manipulas, me haces dudar de mi propia cordura, me dices loca y celosa para terminar haciendo exactamente lo mismo a mis espaldas. ¡Te odio! ¡Te juro que te odio!
Perdí los papeles. Agarré un portarretratos de la mesa auxiliar y se lo estampé cerca de los pies. Los cristales saltaron por todas partes.
—¡Cálmate, Ángela! ¡Ya basta, vas a hacer que llamen a la policía! —pidió él, perdiendo también el control por el pánico.
Max avanzó y me agarró con fuerza por los dos brazos, inmovilizándome para evitar que siguiera destrozando la sala. El contacto físico encendió una alarma de puro peligro en mi sistema. Empecé a tironear hacia atrás con violencia, usando todo el peso de mi cuerpo para zafarme, pero su agarre era firme, demasiado firme.
—¡Suéltame! ¡No me toques! —le chillé, forcejeando con desesperación mientras sentía que el aire me faltaba—. ¡Que me sueltes, Maximilien! ¡Vete de mi apartamento!
—¡No me voy a ir hasta que te calmes y me escuches! —me gritó él de vuelta, sacudiéndome un poco para obligarme a mirarlo. Sus ojos estaban inyectados en sangre, asustado por la magnitud de lo que acababa de romper—. Dos años, Ángela... no puedes mandar a la mierda dos años de nosotros por un maldito chat. Sabes lo que nuestras familias esperan de esto, sabes lo que va a decir tu madre...
Ese maldito nombre fue el detonante definitivo.
Sofía.
Con una descarga de adrenalina pura, logré plantar el pie contra el sofá y me impulsé hacia atrás con tanta brusquedad que Max resbaló con la tierra de la maceta y me soltó de golpe. Tropecé contra la mesita de centro, sintiendo un dolor agudo en la espinilla, pero me levanté de inmediato, poniéndome a una distancia segura mientras jadeaba, buscando aire de manera frenética.
—No vuelvas a ponerme una mano encima en tu puta vida —le advertí, apuntándolo con el dedo, con la voz temblando pero cargada de una frialdad asesina—. Y me importa un carajo Sofía, me importa un carajo la junta y me importas un carajo tú. Se acabó, Max. Recoge tu maldito teléfono del suelo y lárgate de aquí antes de que sea yo la que llame a seguridad.
Max dio un paso cauteloso hacia mí, con los hombros caídos y el rostro confundido, adoptando esa postura de perro arrepentido que tantas veces me había tragado en el pasado. Se agachó a medias, estirando las manos hacia mí en un intento desesperado por acortar la distancia física y volver a tocarme.
—Ángela, mi amor, mírame... por favor —suplicó, con la voz quebrada, arrastrando las palabras en un tono que pretendía sonar sincero—. Sé que la cagué, sé que fui un imbécil por contestarle a ella, pero te juro que no volverá a pasar. Te amo de verdad. Tú eres la única mujer real en mi vida, la que me importa, la que quiero que esté conmigo... esas otras... esas otras solo fueron distracciones, estupideces del momento que no significan nada para mí.
Dejé escapar una risa seca, ahogada, llena de un absoluto escepticismo. ¿Distracciones? Así llamaba ahora a pisotear mi confianza por enésima vez.
Pero Max no se detuvo ahí. Al ver que sus disculpas no lograban ablandar la expresión de mi rostro, su tono cambió sutilmente. La culpa empezó a desviarse, mutando hacia esa manipulación psicológica pasivo-agresiva que tan bien sabía ejecutar para hacerme sentir responsable de sus propias porquerías
—Pero también... también tienes que aceptar tu parte, Ángela—soltó, mirándome fijamente, queriendo sembrar la duda en mi cabeza—. Me abandonaste por completo estos dos meses. Un poquito, sí, pero lo hiciste. Solo te enfocas en el trabajo de asistente que te pone Alaric en la empresa y en las entregas de la universidad. Para ti solo existen los balances de Economía Internacional y los caprichos corporativos de tu familia. Ya no tienes tiempo para estar conmigo, ni para salir, ni para nada.
Se acercó un centímetro más, bajando la voz a un susurro denso que me revolvió el estómago.
—¿Sabes hace cuánto no tenemos intimidad, Ángela? Meses. Prácticamente tengo que rogarte por una noche juntos. Un hombre tiene necesidades, y tú simplemente te borraste.
Me quedé estática, mirándolo con una mezcla de horror y desprecio absoluto. No podía creer el descaro. En su mente enferma, el hecho de que yo estuviera sobrecargada cursando un cuarto semestre asfixiante y cumpliendo con las exigencias laborales que Sofía me obligaba a aceptar para "asegurar mi futuro", justificaba que él buscara a la tipa que le dio la gana en Instagram.
—¿Me estás culpando a mí? —pregunté—. ¿Estás justificando que seas un maldito infiel porque tengo que estudiar y trabajar?
—No te estoy culpando, solo digo las cosas como son... —intentó corregir de inmediato, asustado por la frialdad de mis ojos.
—¡Cállate! ¡Cállate la maldita boca, Maximilien! —le espeté, dando un paso firme hacia el frente, señalando la puerta del apartamento con el dedo temblando de rabia—. No te atrevas a usar mi carrera o mi falta de tiempo como una excusa para tu falta de pantalones y de respeto. Si no teníamos intimidad era porque me pasaba el día entero agotada, intentando complacer las expectativas de todo el mundo, ¡incluyéndote a ti!
Me pasé una mano por la frente, sintiendo un dolor punzante en las sienes. El apartamento destrozado parecía el reflejo exacto de mis últimos dos años de vida.
—¡No te atrevas! ¡No te atrevas a culparme a mí de tus porquerías! —le grité con las últimas fuerzas que me quedaban en los pulmones.
Di un paso al frente, completamente cegada por la rabia y la impotencia, y comencé a golpear su pecho con los puños cerrados. Le pegué una, dos, tres veces, descargando en cada golpe el peso de los exámenes de la facultad, las llamadas controladoras de Sofía y la maldita humillación de volver a encontrarle un chat con otra tipa.
—¡Eres un cínico! ¡Un maldito mentiroso! —le gritaba, mientras mis golpes perdían fuerza, convirtiéndose en manotazos torpes provocados por el cansancio físico—. ¡Deja de culparme por tu falta de seriedad! ¡Asume que eres un imbecil, Maximilien! ¡Asúmelo!
Max no se defendió de mis golpes. Se quedó ahí, estático, absorbiendo cada uno de mis impactos con el rostro contraído por el dolor y la culpa. Pero cuando vio que mis respiraciones se volvían espasmódicas y que las primeras lágrimas de pura frustración comenzaban a nublarme la vista, avanzó.
Antes de que pudiera lanzarle otro golpe, Max atrapó mis muñecas con firmeza, pero esta vez no hubo violencia en su agarre. Tiró de mí hacia adelante con fuerza, pegando mi cuerpo al suyo, y me rodeó con sus brazos en un abrazo asfixiante, atrapándome por completo contra su pecho.
—Suéltame... ¡que me sueltes! —bramé, intentando mover los hombros, golpeando mi frente contra su hombro para obligarlo a retroceder—. ¡No me toques, Max! ¡Te odio, te juro que te odio!
—No te voy a soltar, Ángela. No te voy a dejar así —susurró él cerca de mi oído, apretándome aún más, escondiendo su rostro en mi cuello mientras su propia respiración se mezclaba con la mía—Perdóname, mi amor... perdóname, por favor. No me dejes.
Forcejeé durante unos segundos más, arañando la tela de su camisa, intentando plantar los pies para empujarlo. Pero el cansancio de llevar meses durmiendo apenas cuatro horas por culpa de la carrera, la presión de la empresa de mi padrastro Alaric y el dolor punzante de esta enésima traición terminaron por pasarme factura. Las piernas me flaquearon. La adrenalina de la rabia se evaporó en un segundo, dejando en su lugar un vacío enorme y devastador.
Me rendí.
Dejé caer los brazos a los costados de su cuerpo y apoyé la frente contra su pecho, derrotada. Un sollozo desgarrador me sacudió entera, y finalmente comencé a llorar. Lloré con fuerza, con el pecho doliéndome, vaciando toda la angustia que había estado acumulando durante el cuarto semestre.
Max, al sentir que mi cuerpo se volvía una masa floja y temblorosa en sus brazos, aflojó la intensidad del agarre, pero no me soltó. Comenzó a acariciarme el cabello de manera pausada, besando la coronilla de mi cabeza mientras yo empapaba su camisa con mis lágrimas, odiándolo con todo mi ser, pero sintiéndome demasiado débil como para apartarlo de mí.
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...ANGELA SALLES ...
...Soy Ángela Salles, tengo veinte años y actualmente sobrevivo al cuarto semestre de Economía Internacional mientras intento no morir de un colapso gástrico por estrés. Básicamente, soy una escritora frustrada atrapada en el cuerpo de una analista corporativa porque a Sofía —la mujer que me dio la vida, a la que me niego a llamar "madre"— se le ocurrió la brillante idea de transformar mi existencia en su proyecto personal de alta sociedad....
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...✨ NOTA DE AUTORA ✨...
...Después de acompañar a Nathan y Sofía durante una historia tan intensa, sentí que Ángela merecía algo más que ser simplemente “la hija de”. Ella tiene su propia personalidad, sus propios sueños, sus propios errores y una historia que merece ser contada....
...*Por eso nació *Corazones Rebeldes....
...*Quiero aclarar que, en esta ocasión, sí es importante haber leído Contrato con el Rockstar para comprender mejor la trama, los personajes y muchas de las situaciones que marcarán la vida de Ángela. Esta historia comienza justo donde terminó la anterior y la seguiremos desde sus catorce años, acompañándola mientras crece, madura y enfrenta cada una de las etapas que transformarán su vida.*...
...Aquí veremos el caos de la adolescencia, las primeras decisiones importantes, los conflictos familiares, los errores, los sueños, los amores y todo lo que implica intentar encontrar tu lugar en el mundo cuando sientes que las expectativas de los demás pesan demasiado....
...*Ángela ya no será una espectadora de la historia de sus padres. *Ahora le toca escribir la suya....
...Gracias por darle una oportunidad a esta nueva etapa y por seguir acompañándome en cada aventura....
...* ¿Listos para acompañar a Ángela en la historia más importante de su vida? **❤️*...