Dos enemigos jurados, unidos por la supervivencia entre el odio y la traición nace un amor oscuro y feroz que desafía todo. Cuando el destino golpea, Augus da su vida para salvar a Kae. Años después, ella vive en paz con su pequeño hijo, quien lleva el nombre de su padre: la prueba de que su vínculo trasciende incluso la muerte.
NovelToon tiene autorización de Mikaela Martinez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Líneas Borrosas
El sol apenas asomaba cuando Kae despertó. No había logrado conciliar el sueño; la imagen de la noche anterior, la cercanía de Augus, la forma en que la había mirado, seguían dando vueltas en su mente. Se levantó y se dirigió a la sala de entrenamiento privada, necesitando liberar la energía acumulada
Cogió uno de sus cuchillos y comenzó a moverse con precisión, cada corte, cada giro calculado, como si estuviera desafiando al aire mismo. Pero no podía concentrarse del todo: su mente volvía una y otra vez a aquella pregunta: ¿Alguna vez te has sentido tan viva como cuando estás frente a mí?
—Tu técnica es impecable, pero tu mente está en otro lado —dijo una voz a sus espaldas.
Kae se detuvo en seco y giró rápido, el cuchillo ya en posición de ataque. Augus estaba apoyado en el marco de la puerta, con una camisa sin mangas que dejaba ver sus brazos marcados y vendados ligeramente por la herida anterior. Su mirada era intensa, sin ocultar el hecho de que la había estado observando.
—Entra sin permiso y luego critica —respondió ella, bajando el arma pero sin relajarse—. No cambias.
—Tú tampoco —dio un paso al interior—. Sigues fingiendo que nada te afecta. Pero anoche…
—Anoche fue solo un momento —lo cortó bruscamente, aunque el latido de su corazón se aceleró de nuevo—. Nada que no pueda controlar.
—¿De verdad? —Augus se acercó despacio, sin prisa, como si disfrutara verla alerta—. Entonces no te importará si me quedo. Necesito practicar también.
Se acercó a la pared donde había otros objetos de entrenamiento, pero antes de tomar nada, se detuvo frente a ella. El aire se volvió denso otra vez, cargado con esa electricidad que parecía crecer cada vez que estaban cerca.
—¿Por qué te molesta tanto? —preguntó él en voz baja—. ¿Por qué te da miedo admitir que esto es más que odio?
—Porque el odio es seguro —respondió ella con sinceridad inesperada—. El odio lo entiendo. Sé cómo actuar, sé qué esperar. Lo que hay entre nosotros… es impredecible. Y yo no juego con lo que no puedo controlar.
Augus sonrió, una sonrisa que no era ni amable ni cruel, solo honesta.
—Yo tampoco. Pero aquí estamos.
En un movimiento rápido, cogió un bastón de entrenamiento y lo sostuvo con soltura.
—Vamos. Si crees que puedes mantener el control, demuéstralo.
Kae arqueó una ceja, desafiada. Cambió su cuchillo por un bastón similar y se colocó en guardia.
—Cuidado, no me freno.
—No quiero que lo hagas —respondió él.
El enfrentamiento comenzó al instante. No era una pelea real, pero la intensidad era la misma. Los golpes chocaban con fuerza, el sonido de la madera resonaba en la sala. Kae se movía ágil, esquivando y atacando con rapidez; Augus respondía con fuerza y precisión, bloqueando cada intento. Pronto, el espacio se llenó con el sonido de sus respiraciones agitadas y el choque de los bastones.
En un momento, Augus desvió un golpe de ella y aprovechó el movimiento para acercarse, atrapando su bastón entre el suyo y girando con fuerza. El impulso los desequilibró y ambos cayeron sobre el suelo acolchado. Kae quedó debajo, con Augus encima, sosteniendo sus muñecas con firmeza pero sin hacerle daño.
Se quedaron inmóviles. Sus rostros estaban a pocos centímetros, el pecho de ambos subía y bajaba por el esfuerzo. El sudor brillaba en su frente, y el olor a tierra y adrenalina mezclado con su perfume envolvía el espacio. El piercing en su ceja captaba la luz, y sus ojos oscuros no se apartaban de los de ella.
—¿Controlas esto? —susurró él, su voz grave y ronca.
Kae sintió cómo el calor de su cuerpo se filtraba a través de la ropa, cómo su piel se estremecía por una sensación que no era miedo. Por un segundo, olvidó el pasado, la venganza, los enemigos que los acechaban. Solo existía ese momento, esa cercanía, esa sensación de estar frente a alguien que no necesitaba máscaras para verla tal como era.
—Podría romperte el brazo —murmuró ella, pero no había amenaza real en sus palabras.
—Lo sé —respondió él, acercándose un poco más, hasta que su aliento rozó sus labios—. Pero no lo harás.
El tiempo pareció detenerse. La tensión era casi dolorosa, mezcla de peligro y deseo, de años de rencor y una atracción que crecía como una hierba entre las piedras. Kae sintió que sus defensas se resquebrajaban poco a poco, algo que nunca le había pasado con nadie.
De repente, un sonido de pasos rápidos interrumpió el momento. Ambos reaccionaron al instante: Augus se levantó y le tendió una mano para ayudarla, ella la tomó sin dudarlo y se puso de pie, recuperando la compostura en segundos.
La puerta se abrió y entró el asistente personal, con una carpeta en la mano y una expresión seria.
—Disculpen, señores. Han llegado informes nuevos. Parece que Víctor Hale no actuaba solo.
Kae y Augus intercambiaron una mirada breve. El momento de cercanía se desvaneció, pero el calor en sus pieles y la conciencia de lo que casi había ocurrido permanecieron.
—¿Qué tienen? —preguntó Augus, recuperando su tono frío y autoritario.
—Documentos que muestran que tiene socios en la ciudad. Personas con mucho poder y dinero, que esperan que ustedes dos caigan para tomar el control total —explicó el asistente, entregándoles la carpeta.
Kae hojeó los papeles rápidamente. Nombres, fechas, transacciones. Todo encajaba: la amenaza no había terminado, apenas estaba comenzando.
—Así que esto no se acabó cuando lo atrapamos —dijo ella en voz baja.
—No —respondió Augus, mirándola fijamente—. Ahora es más peligroso. Porque si ellos creen que somos una alianza, harán todo lo posible para rompernos.
Se quedaron en silencio un instante, conscientes de que la línea entre lo que fingían y lo que sentían se hacía cada vez más delgada. Sabían que el enemigo buscaría sus puntos débiles… y quizás, el punto más débil de ambos comenzaba a ser el otro.
—Mañana tendremos una reunión con los abogados y socios leales —dijo Augus—. Tenemos que mostrar unidad, más que nunca.
—Lo haremos —respondió Kae—. Pero recuerda: sigo vigilándote
Augus esbozó una sonrisa leve, cargada de esa complicidad oscura que solo ellos entendían.
—Y yo a ti.
Cuando el asistente se retiró, quedaron solos de nuevo. Sin decir nada más, se separaron, pero cada uno llevaba consigo la huella de ese momento: la sensación de que el juego de venganza se estaba transformando en algo mucho más complejo, algo que ninguno de los dos había planeado ni podía controlar.