Aleska es una jovencita ilusionada con su boda, con una vida de amor y felicidad, pero llega la traición, la peor de todas.
Su prometido la vende a mafiosos, ¿la razón?, quiere deshacerse de ella lo más rápido posible, ha conseguido enamorar a una niña rica, la cual quiere que termine lo más rápido con esa pobretona. Pero cuando ella había perdido las esperanzas, algo extraño pasa, ¿una coincidencia?, ¿algo planeado?, nadie lo sabe, o tal vez solo una persona lo sepa.
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Cap. 10 Debe ser agotador
Valentina, desde las sombras, hervía. Cada risa contenida de Aleska, cada mirada de aprobación que recibía de las figuras poderosas, era un cuchillo girando en su costado. Quería cruzar la sala, agarrarla de ese impecable moño bajo y arrastrarla fuera de allí. Quería gritar quién era realmente esa "heredera". Pero no podía.
Porque Drago era su perro guardián. No la dejaba a más de tres metros de distancia. Su presencia era una barrera física y psicológica. Cuando la mirada depredadora de Valentina se posaba demasiado tiempo en Aleska, Drago giraba la cabeza lentamente y la clavaba con sus ojos oscuros, como un lobo mostrando los colmillos. Era una advertencia silenciosa, pero letal: "Acércate, y te despedazo."
En un momento, Valentina intentó un acercamiento indirecto, interceptando a Aleska cuando esta se dirigía al baño.
—Debe ser agotador —dijo Valentina, con una sonrisa de hielo—, fingir ser alguien que no es toda la noche.
Aleska se detuvo. No mostró sorpresa. Solo una paciencia infinita.
—Todo el mundo finge algo aquí, Valentina —respondió con dulzura venenosa.
—Tú finges que no te importa que tu exmarido haya seguido adelante. Yo… solo finjo que no recuerdo que fuiste su primer error. Disculpa, mi esposo me espera.
Y siguió su camino, dejando a Valentina con la boca semiabierta, derrotada incluso en el ataque más bajo.
Al final de la noche, cuando se despidieron, Aleska no era la intrusa. Era la nueva reina indiscutible del universo social de Drago. Había conquistado el territorio más hostil con nada más que inteligencia, fría elegancia y la sombra protectora de su marido.
En el coche de regreso, en la penumbra, Drago rompió el silencio.
—Hoy no ganamos una batalla —dijo, su voz ronca por el cansancio y algo más.
—Ganamos la guerra de percepción. Eres una de los nuestros ahora. Lo hiciste… mejor de lo que jamás imaginé.
Aleska, mirando por la ventana el rastro de luces, no sonrió. Sentía el agotamiento de haber sostenido un personaje durante horas. Pero también sentía el poder. El mismo que había visto en los ojos de aquellos ancianos magnates.
—No lo hice por ellos —dijo, finalmente, volviéndose a mirarlo.
—Lo hice por la chica del almacén. Para que nunca más nadie la vuelva a mirar como miraron a esa chica.
Drago asintió, y en la oscuridad, su mano encontró la de ella. No era un gesto de amor romántico. Era el apretón de manos de dos generales después de una victoria crucial. Pero el contacto, prolongado, eléctrico, hablaba de una lealtad y una conexión que habían traspasado hacía rato los límites de un mero pacto de venganza.
La noche había terminado. El tablero estaba listo para la siguiente jugada. Y Aleska ya no era un peón. Era la pieza más poderosa sobre él.
La calma después de la boda duró menos de cuarenta y ocho horas. Drago pasó ese tiempo encerrado en su estudio, revisando informes de sus contactos. Los movimientos eran pequeños, pero los reconocía al instante: consultas en registros públicos de los años 90, un periodista de investigación haciendo preguntas vagas sobre incendios industriales, un expolicía corrupto que había trabajado para Valentina hacía años, repentinamente con dinero nuevo.
Valentina no se estaba rindiendo. Estaba cavando. Y estaba cavando en la dirección correcta.
Esa noche, Drago no cenó en la elegante mesa del comedor. Mandó a buscar a Aleska al gimnasio privado donde ella entrenaba, y la llevó al lugar más seguro que conocía: el búnker. Una habitación blindada, sin ventanas, en el corazón del penthouse, diseñada para ser a prueba de escuchas, de balas y del mundo exterior.
Las paredes estaban forradas de pantallas en negro y estanterías con archivos físicos. Olía a papel viejo y café fuerte. No era un lugar para conversaciones agradables.
—Siéntate —dijo Drago, su voz grave con un borde de tensión que Aleska no le había escuchado antes. No era el tono del estratega seguro, sino el del hombre que se prepara para una cirugía sin anestesia.
Aleska, con el pelo recogido y aún con un brillo de sudor en la piel, obedeció. Lo observó mientras él iba a una caja fuerte empotrada, no la digital, sino una vieja caja mecánica con una llave física. Giró la llave, abrió la pesada puerta y sacó un sobre manila, grueso y desgastado en las esquinas.
—Hasta ahora —comenzó, dejando el sobre sobre la mesa metálica entre ellos—, todo ha sido un juego de ajedrez. Movimos piezas, ganamos espacio, los pusimos a la defensiva. Pero el juego está a punto de cambiar. Valentina ha decidido jugar suciolimpio. Y para eso, busca una pieza que no está en el tablero, sino debajo de él.
Señaló el sobre.
—Este no es un documento de negocios. Es mi certificado de nacimiento… y mi sentencia de muerte, si cae en las manos equivocadas.
Aleska mantuvo la calma, pero sus ojos se fijaron en el sobre. Esta era la "verdad" de la que él había hablado a medias.
—Dime.
Drago respiró hondo, como si fuera a sumergirse en aguas heladas.
—Mi nombre no es Drago Krutoy. O, no lo era. Nací Dmitri Vasiliev, en un barrio pobre que ya no existe. Mi padre era un borracho violento. Mi madre, una mujer que murió de cansancio y tristeza. A los dieciséis, ya trabajaba para un hombre… un gánster de poca monta, pero con ambición. Hacíamos trabajos sucios: cobro de deudas, protección, intimidación.
Caminó hasta la pared, dándole la espalda por un momento, como si no pudiera mirarla a los ojos.
—Una noche, hace casi treinta años, hubo un "encargo". Un almacén de la competencia que debía arder. Yo era solo el chico que vigilaba, que aseguraba que no hubiera nadie. Pero hubo un error. Alguien estaba dentro. Un vigilante nocturno, un viejo que se había quedado dormido. —Su puño se cerró a un costado del cuerpo—. El fuego se propagó rápido. Demasiado rápido. Él… no salió.