Miriam Bloomson debía ser la protagonista de la historia.
Pero cuando el destino cambió y el futuro que recordaba desapareció, comprendió que ya no tenía un lugar en la trama.
Así que tomó una decisión:
desaparecer junto con ella.
Sin embargo, fingir su muerte fue mucho más fácil que escapar de las consecuencias.
La historia que conocí desapareció… así que decidí desaparecer con ella.
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El plan para desaparecer
Miré la bolsa sobre la cama.
Joyas.
Monedas.
Ropa sencilla.
Todo lo necesario para comenzar una nueva vida.
O al menos eso esperaba.
Ahora solo faltaba una cosa.
La parte más complicada.
Desaparecer sin que nadie pudiera encontrarme.
Porque escapar simplemente no funcionaría.
Los nobles tenían contactos.
Dinero.
Guardias.
Mensajeros.
Si Miriam Bloomson desaparecía de un día para otro, la buscarían.
Tal vez no por cariño.
Pero sí por reputación.
Y mientras observaba las monedas apiladas sobre la cama, un recuerdo de mi vida anterior apareció en mi mente.
Un documental.
Lo había visto una madrugada mientras no podía dormir.
Hablaba sobre un criminal que había fingido la muerte de varias personas utilizando incendios.
No recordaba todos los detalles.
Solo una cosa.
El fuego destruía pruebas.
Y cuando las personas creían que alguien había muerto...
dejaban de buscarlo.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—No necesito que encuentren un cuerpo perfecto...
solo necesito que crean que morí.
Me levanté de golpe.
Aquello era una locura.
Una auténtica locura.
Pero también era la mejor idea que tenía.
Durante los siguientes días comencé a observar la mansión con más atención.
Las rutas de los sirvientes.
Los horarios de los guardias.
Las habitaciones vacías.
Las entradas y salidas.
Todo.
Absolutamente todo.
Y descubrí algo interesante.
Una de las alas antiguas de la residencia llevaba años cerrada.
Nadie la utilizaba.
Los muebles estaban cubiertos por sábanas.
La madera era vieja.
Y las lámparas de aceite seguían almacenadas allí.
Era perfecta.
Mientras tanto seguí actuando con normalidad.
Comía con la familia.
Asistía a clases.
Sonreía cuando era necesario.
Y fingía que nada ocurría.
Por dentro, sin embargo, ya estaba preparando mi huida.
También reuní provisiones.
Pan seco.
Carne curada.
Cantimploras.
Un pequeño cuchillo.
Nada sospechoso por separado.
Pero suficiente para sobrevivir varias semanas.
Cada noche añadía algo nuevo a mi escondite.
Y cada noche me convencía un poco más de que realmente iba a hacerlo.
Hasta que finalmente llegó el momento.
Una semana después.
La mansión dormía.
Las luces estaban apagadas.
Y el silencio cubría los pasillos.
Vestida con ropa sencilla y una capa oscura, cargué la bolsa sobre mi espalda.
Luego observé mi habitación.
Por última vez.
Era extraño.
Aquella nunca había sido mi vida.
Ni siquiera mi cuerpo.
Pero aun así sentía cierta melancolía.
—Adiós, Miriam.
Susurré.
Después abandoné la habitación.
Avancé por los pasillos vacíos hasta llegar al ala abandonada.
Mi respiración era rápida.
Mis manos temblaban.
No por miedo al fuego.
Sino por miedo al futuro.
Porque una vez hiciera aquello...
no habría vuelta atrás.
Tomé una lámpara de aceite.
La coloqué entre varios muebles viejos.
Luego otra.
Y otra más.
No necesitaba una explosión.
Solo que el incendio pareciera accidental.
Respiré profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Y finalmente encendí la primera llama.
La observé crecer lentamente.
Pequeña.
Inofensiva.
Hasta que comenzó a extenderse por la madera reseca.
Retrocedí.
El calor aumentó.
La habitación empezó a iluminarse de naranja.
Y comprendí que era hora de irme.
Sin mirar atrás.
Corrí hacia la salida trasera que había descubierto días antes.
Atravesé los jardines.
Salté una pequeña cerca.
Y me interné en el bosque.
Detrás de mí, las primeras alarmas comenzaron a sonar.
Gritos.
Campanas.
Caos.
La mansión despertaba.
Pero yo seguí avanzando.
Más rápido.
Más lejos.
Hasta que finalmente llegué a una colina desde donde podía observar la propiedad.
Las llamas brillaban en la distancia.
Como un enorme faro rojo bajo la noche.
Y por primera vez entendí lo que acababa de hacer.
Miriam Bloomson había desaparecido.
A partir de ahora...
estaría sola.
Completamente sola.
El miedo apareció de inmediato.
Pero también algo más.
Libertad.
Una libertad inmensa.
Salvaje.
Desconocida.
Y maravillosa.
Una sonrisa apareció en mis labios.
Giré la cabeza hacia el norte.
Hacia el lejano Imperio Carmesí.
Hacia las tierras de los Valebris.
Hacia el lugar donde comenzaría mi nueva vida.
—Bueno...
Ajusté la correa de mi bolsa.
—Es hora de conocer el mundo.
Y sin volver a mirar atrás, comencé a caminar bajo la luz de la luna.
El amanecer me encontró caminando por un camino de tierra cubierto de niebla.
Había pasado toda la noche avanzando después de escapar de la mansión.
Mis piernas dolían.
Mi espalda dolía.
Mis pies dolían.
Incluso partes de mi cuerpo que no sabía que existían estaban empezando a doler.
Definitivamente las novelas eran una estafa.
Porque cuando las protagonistas huían siempre ocurría algo así:
"Escapó durante la noche y comenzó una nueva vida."
Fin del capítulo.
Nadie hablaba de las ampollas.
Del hambre.
Del sueño.
Ni de que cargar una bolsa durante horas te hacía cuestionar todas las decisiones que te llevaron hasta ese momento.
—Voy a demandar a todos los autores que conocí en mi vida pasada.
Murmuré.
Aunque estaba bastante segura de que estar muerta complicaba el proceso legal.
Cuando el sol comenzó a elevarse vi una pequeña posada junto al camino.
Casi lloro de felicidad.
Entré como una heroína regresando de la guerra.
Aunque probablemente parecía más una vagabunda cansada.
Después de pagar una habitación barata, me desplomé sobre la cama.
Era incómoda.
Pequeña.
Y el colchón parecía estar relleno de piedras.
Aun así dormí como un tronco.
---
Al despertar bajé al salón principal.
Necesitaba información.
Porque había escapado con un plan.
Bueno...
"Plan" era una palabra muy optimista.
Tenía una dirección general.
Eso era todo.
Y sinceramente ni siquiera estaba segura de que fuera la correcta.
Vi a varios comerciantes desayunando.
Respiré profundamente.
Y me acerqué.
—Disculpen.
Uno de ellos levantó la mirada.
—¿Sí?
—Quiero llegar al Imperio Carmesí.
Los tres hombres me observaron durante unos segundos.
—Eso queda bastante lejos.
—Lo sé.
—¿Tienes familia allí?
—No.
—¿Trabajo?
—Tampoco.
—¿Entonces por qué vas?
Lo pensé unos segundos.
—Turismo.
Los tres me miraron como si acabara de golpearme la cabeza.
Y honestamente no los culpaba.
Uno terminó soltando una carcajada.
—Primera vez que escucho a alguien cruzar medio continente por turismo.
—Siempre hay una primera vez.
Aquello pareció divertirlos.
Finalmente uno de ellos abrió un mapa sobre la mesa.
Mis ojos brillaron inmediatamente.
Porque era la primera vez que veía un mapa tan detallado de aquel mundo.
—Mira.
Señaló una línea roja.
—Nosotros viajaremos hacia el norte dentro de dos días.
—¿Hacia el Imperio Carmesí?
—Exactamente.
Mi corazón dio un salto.
—¿Puedo viajar con ustedes?
Los comerciantes intercambiaron miradas.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto estés dispuesta a pagar.
Ah.
Claro.
Nada era gratis.
Durante los siguientes minutos negociamos.
Y descubrí algo maravilloso.
Miriam había aprendido etiqueta.
Pero Lina había crecido viendo a empresarios negociar contratos multimillonarios.
Pobres hombres.
No tenían ninguna oportunidad.
Cuando terminamos, uno de ellos se masajeaba la frente.
—¿Siempre negocias así?
—Solo cuando me gusta conservar mi dinero.
—Empiezo a entender por qué viajas sola.
—¿Eso fue un insulto?
—Tal vez.
---
Una hora después salimos hacia el mercado local.
Porque necesitaba un caballo.
Y caminar hasta el Imperio Carmesí sería una forma excelente de morir antes de llegar.
Después de revisar varios animales encontré una yegua marrón.
Fuerte.
Saludable.
Y bastante bonita.
Me acerqué lentamente.
La yegua me observó.
Yo la observé.
Ella resopló.
Yo asentí.
—Sí. Yo también creo que los humanos somos una decepción.
El comerciante me miró raro.
Ignoré completamente su existencia.
Monté sobre la silla.
Y sentí algo familiar.
Algo cómodo.
Algo que no había sentido desde mi vida anterior.
Porque me encantaban los caballos.
Mis padres podían olvidarse de mi cumpleaños.
Pero jamás olvidaban transferir dinero.
Y yo había gastado una cantidad obscena de ese dinero en clases de equitación.
La yegua comenzó a caminar.
Perfectamente tranquila.
Sonreí.
—Al menos una de mis aficiones inútiles sirve para algo.
Los comerciantes comenzaron a reír.
—Montas bastante bien.
—Gracias.
—Pareces noble.
—Eso es ofensivo.
—¿No eres noble?
—Estoy intentando dejar de serlo.
Aquello solo los confundió más.
Y sinceramente...
era bastante divertido.
Por primera vez desde que desperté en aquel mundo no estaba pensando en la novela.
Solo estaba sentada sobre un caballo, observando un mapa y preparándome para cruzar medio continente.
Y por primera vez en mucho tiempo...
el futuro parecía emocionante.
pinta interesante 🤭🥰🤭🤣