Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capítulo 3
El segundero del reloj retumba como un taladro de madera. Valeria está hecha un ovillo en el suelo, rascándose los brazos con desesperación hasta hacerse daño. Las sombras de las cortinas se proyectan en la pared como garras.
—No cierres los ojos… si los cierras, ella vuelve —se repite Valeria a sí misma, con la voz rota y los dientes castañeteando—. Esas manos… eran las mismas manos que me taparon la boca cuando papá dejó de respirar. Yo te conozco… sé que estás debajo de esa tela maldita.
Elena entra corriendo, asustada por los gritos tan aterrador, y la levanta a la fuerza.
—¡Valeria, basta! ¡Vas a volverte loca y me vas a volver loca a mí! —Elena la sacude por los hombros con rudeza—. Dime qué viste. ¡Dímelo ya!
—El sótano nunca estuvo vacío, mamá —le grita Valeria en la cara, con una mirada de puro terror psicológico—. ¡La novia negra salió de ahí! ¡Y no está sola! Tiene a alguien que la ama tanto como para matar por ella.
***
La atmósfera está cargada de un parpadeó violento y desesperado. Rubí sirve dos copas de vino con manos temblorosas. Alejandro traba la puerta por dentro y se le acerca por la espalda, acorralándola contra el pesado escritorio de madera.
—Berenice está en la morgue y tú sigues aquí, impecable, como si el mundo no se estuviera cayendo en pedazos —dice Alejandro, respirándole en el cuello.
—¿Qué quieres de mí, Alejandro? —Rubí se gira, quedando a milímetros de su rostro. Sus ojos brillan con una mezcla de odio y una pasión salvaje que ya no puede contener ni siquiera sostener—. ¿Quieres que llore? ¿Quieres que me rinda? Sabes perfectamente que si caigo, te arrastro conmigo cariño.
—Quiero que dejes de mirarlo a él —Alejandro la toma de la nuca con brutalidad, clavando sus dedos en su cabello—. Te vi con el periodista en el pasillo. Si tengo que matarlo para que entiendas que eres mía, lo voy a hacer.
Rubí lo abofetea con fuerza, pero en lugar de alejarse, lo sujeta por la solapa de la chaqueta, pegando sus labios a los de él en un beso desesperado y apasionado, castigador, lleno de la culpa y la tensión de los años que llevan deseándose en secreto.
—Intenta tocar a Santiago… —le susurra Rubí contra la boca, jadeando, con los ojos inyectados en furia y deseo—. Intenta tocarlo, Alejandro, y te juro por la tumba de mi madre que el próximo cadáver que Marcano encuentre en esta casa será el tuyo. Yo no soy tuya. Yo no soy de nadie.
***
La noche es implacable. Santiago sigue el rastro de unas huellas frescas de lodo que mueren en la entrada de una vieja casona de madera polvorienta. Con la linterna en una mano y el teléfono en la otra, entra despacio.
El crujido de las tablas de madera delata sus pasos. Al fondo del pasillo, la ve: la mujer del velo negro está de espaldas, sosteniendo una vela encendida frente a un espejo roto.
—¡Quieta! ¡No te muevas! —grita Santiago, apuntándola con la linterna—. Se acabó el juego. Sé que estás usando a Rubí. ¡Date la vuelta!
La mujer del velo no se mueve. Santiago da dos pasos hacia delante, pero antes de que pueda reaccionar, una sombra marginal emerge de una habitación lateral. El cómplice, la pareja secreta de la asesina, lo golpea brutalmente en la nuca con un madero.
Santiago cae al suelo, aturdido, perdiendo el teléfono. Intenta arrastrarse, pero el hombre lo patea en las costillas con fuerza, rompiéndole el aire. La figura del velo se acerca despacio. Con una frialdad pasmosa, saca un rollo de tirro amarillo de su vestido.
Entre los dos, con una sincronía perfecta que denota un amor retorcido y criminal, someten a Santiago. El hombre lo sujeta por los brazos mientras la mujer le envuelve la boca con el tirro, dándole varias vueltas con fuerza hasta ahogar sus gritos en un silencio sordo. Santiago los mira con los ojos desorbitados, dándose cuenta, demasiado tarde, de la identidad de ambos.
***
La luz penetrante del alba apenas empieza a teñir los vitrales sagrados. El Padre Damián entra al templo cargando un copón de plata. Se detiene en el pasillo central al notar que algo gotea desde las alturas directamente sobre el altar.
El sacerdote levanta la mirada y el copón se le cae de las manos, resonando en todo el templo vacío.
Santiago está colgado directamente de las vigas del techo, justo encima del crucifijo principal.
Sus manos están amarradas a la espalda, su boca sigue sellada de forma grotesca con el tirro amarillo polvorienta y sus ojos, fijos y sin brillo, miran hacia el altar. En su pecho, clavada con un puñal, hay una nota diciendo que irá al próximo a caer.
***
El templo está acordonado y abrumador. El detective Marcano procesa la escena con una rabia contenida que le hace temblar las manos. Afuera, los gritos de la prensa son intenso.
Las puertas de la iglesia se abren y entra Rubí, escoltada por Alejandro. Al ver el cuerpo de Santiago siendo bajado por los peritos, Rubí se detiene en seco. Su rostro se desfigura por completo. La máscara de la viuda fría se rompe en mil pedazos.
—¡No! ¡Santiago, no! —el grito de Rubí es desgarrador, un alarido humano y traumático que hiela la sangre de los policías presentes.
Se suelta del agarre de Alejandro y corre hacia el cuerpo, cayendo de rodillas sobre los vidrios rotos del copón que el Padre Damián tiró horas antes. Toma el rostro frío de Santiago entre sus manos, sin importarle las manchas de sangre en sus propios guantes y vestido.
—¡Me lo mataron! —grita Rubí, mirando al techo de la iglesia, con los ojos ardiendo en llanto y una furia ciega—. ¡Sé que me están mirando! ¡Sé que están aquí! ¡Malditos Brujas!
Alejandro intenta apartarla, pero Rubí lo empuja con una fuerza salvaje, poniéndose de pie en medio del altar. Se gira hacia la feligresía y los sospechosos que se han amontonado en la entrada: Elena, Amanda, el abogado René y Valeria, quien mira el espectáculo desde lejos, tapándose los oídos.
—Escúchame bien todos —dice Rubí, con la voz temblando por el odio más puro, mientras la sangre de Santiago corre por sus manos—. Quien haya hecho esto quería destruirme… y lo logró. Pero ahora van a conocer a la verdadera Rubí Vicentelli. No voy a parar hasta verlos colgados a ustedes en este mismo altar.
Marcano la observa, dándose cuenta de que la muerte de Santiago ha cambiado las reglas del juego. La viuda ya no está atrapada con el asesino… ahora, ella es la que va a salir a buscar a ese culpable.
***