La lluvia caía suavemente sobre los ventanales de la mansión Torres.
Liliana Pérez estaba sentada en la sala principal, con las manos entrelazadas sobre su regazo. La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro tranquilo, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
Habían pasado cinco años desde que se convirtió en Liliana Torre..
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Accidente...
El auto avanzó.
Pero su mente no estaba en la carretera.
Estaba en ella.
Pensando en la forma en que decoraba la casa.
En cómo caminaba descalza por la sala.
En cómo bajaba la mirada cuando él se acercaba demasiado.
Y esa imagen…
le hizo soltar un suspiro largo y silencioso, como si estuviera intentando expulsar algo que no lograba comprender.
La carretera estaba casi vacía.
El sonido del motor se volvió más fuerte.
El viento golpeaba el parabrisas.
Y entonces…
Luces.
Demasiado brillantes.
Un camión.
Demasiado cerca.
Un sonido metálico.
Frenos.
Un giro brusco.
El mundo se inclinó.
El volante se sacudió violentamente.
El impacto llegó como una explosión.
Metal contra metal.
Vidrio rompiéndose.
El sonido ensordecedor atravesó la noche.
Y luego…
Silencio.
El auto quedó destrozado.
El humo comenzó a salir lentamente.
El cuerpo de Dominic permanecía inmóvil.
Sangre descendía lentamente por su frente.
Sus ojos apenas se movieron.
Respiración débil.
Muy débil.
El teléfono cayó al suelo.
Pantalla rota.
...
—¿Hola?
Al otro lado…
Ruido.
Sirenas.
Voces agitadas.
El sonido de personas hablando con urgencia.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Señora… Liliana?
Su respiración se detuvo.
—Sí… soy yo…
La voz del otro lado sonaba profesional.
Pero había algo en ella.
Algo que la hizo sentir frío.
—Llamamos desde el servicio de emergencias…
El mundo pareció detenerse.
—El señor Dominic sufrió un accidente automovilístico hace unos minutos…
Las palabras atravesaron su pecho.
Como un golpe.
—¿Qué…?
Su voz salió apenas como un susurro roto.
—Lo estamos trasladando al hospital central…
Liliana se levantó de golpe.
El teléfono casi cayó de su mano.
—¿Está bien?
Silencio.
Ese silencio.
Ese maldito silencio que parecía durar eternamente.
—Su estado es crítico.
El mundo se rompió.
Su respiración se volvió irregular.
Su visión comenzó a nublarse.
—Voy… voy ahora mismo…
Colgó.
Las manos le temblaban.
Su cuerpo entero se sentía frío.
El aire parecía desaparecer.
—No… no… no…
Susurraba mientras caminaba rápido hacia la puerta, sin notar que había olvidado su bolso, sin notar que sus manos estaban temblando tanto que apenas podía sostener las llaves.
El sonido de sus pasos resonaba en la casa vacía.
El eco de su respiración agitada llenaba el silencio.
Abrió la puerta.
El aire frío de la noche golpeó su rostro.
Pero no lo sintió.
No sintió nada.
Solo miedo.
Subió al auto.
Encendió el motor.
Y salió.
Las luces borrosas.
Los sonidos distantes.
Su mente repetía una sola cosa.
Está bien… está bien… va a estar bien…
Pero su corazón…
no le creía.
Sus manos apretaban el volante mientras avanzaba más rápido de lo normal, mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos sin que pudiera detenerlas, mientras su respiración se volvía cada vez más irregular, como si su cuerpo estuviera entrando lentamente en pánico.
Recordó la mañana.
Y el dolor fue inmediato.
—No… no puedes irte así…
Susurró.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—No después de todo esto…
El hospital apareció a lo lejos.
Las luces blancas.
La entrada iluminada.
Las ambulancias.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Aceleró.
Estacionó sin pensar.
Bajó del auto.
Corrió.
El sonido de sus pasos resonaba en el suelo del hospital.
El olor a desinfectante llenó sus sentidos.
Las luces blancas la cegaban.
Se acercó al mostrador.
—Dominic… accidente… lo trajeron aquí…
Su voz temblaba.
La enfermera la miró.
Buscó en la computadora.
Y entonces…
su expresión cambió.
Solo un poco.
Pero Liliana lo notó.
Y el miedo se volvió más fuerte.
—Espere un momento…
El tiempo parecía eterno.
Cada segundo era más pesado.
Cada respiración dolía.
Y entonces…
Un médico apareció.
Caminando lentamente hacia ella.
Su rostro serio.
Demasiado serio.
Liliana sintió que su corazón comenzaba a romperse antes de escuchar las palabras.
—¿Familia del señor Dominic?
Liliana asintió.
Su respiración temblaba.
—Soy su esposa…
El médico la miró.
Y ese instante…
Ese maldito instante…
lo dijo todo.
—Lo siento…
Su mundo se detuvo.
—El impacto fue demasiado fuerte…
Las palabras caían lentamente.
Como si cada una destruyera algo dentro de ella.
—Intentamos estabilizarlo durante el traslado…
Su respiración se quebró.
—Pero…
El silencio fue insoportable.
—No logró llegar con vida al hospital.
El mundo se rompió.
Liliana dejó de respirar.
Su cuerpo quedó inmóvil.
Sus ojos abiertos.
Vacíos.
Como si su mente se negara a entender.
—No…
Susurró.
Su voz fue apenas audible.
—No…
Su cuerpo comenzó a temblar.
—No… eso… no…
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Su respiración se volvió irregular.
El dolor llegó.
Abrumador.
Crudo.
Real.
—No… Dominic… no…
Sus piernas cedieron.
El suelo frío la recibió.
El sonido de su llanto rompió el silencio del hospital.
Un llanto desgarrador.
Un llanto que parecía salir desde lo más profundo de su alma.
Porque en ese momento…
su mundo…
había dejado de existir.