Valentina Rossi sacrificó sus piernas por salvar a Sebastián Montero. A cambio, recibió un anillo de bodas y cinco años de indiferencia.
Mientras ella aprendía a caminar de nuevo, él soñaba con otra mujer. Mientras ella doblaba flores de papel rezando por su abuela enferma, otra se llevó el crédito. Mientras ella construía en silencio su plan de escape, él ni siquiera notó que ella se iba.
Pero Valentina no es una víctima. Es una bailarina que perdió el escenario pero no el fuego. Cuando por fin se va —a las cuatro de la madrugada, con su abuela y una maleta—, no mira atrás. En Europa, reconstruye su vida paso a paso: un nuevo escenario, una nueva compañía de danza, un nombre que el mundo empieza a conocer.
Sebastián no la busca por amor. La busca porque el silencio de la casa vacía le resulta insoportable. Pero cuando descubre la verdad sobre las flores de papel —quién las dobló, quién mintió, y a quién amó durante cinco años por error—, su mundo se derrumba.
Él intentará redimirse. Ella ya no lo necesita.
Y cuando una extraña enfermedad del sueño la arrastra de vuelta al pasado, Valentina descubrirá que hay destinos que ni siquiera el tiempo puede cambiar... y amores que solo se entienden cuando ya es demasiado tarde.
Una pulsera grabada con su nombre. Invisible para todos, excepto para una nieta que aún no ha nacido.
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Capítulo 6
Capítulo 6 — La sombra
Camila Duarte se instaló en Buenos Aires como quien planta una bandera en territorio conquistado: sin pedir permiso y con la sonrisa puesta.
En las dos semanas siguientes a su llegada, apareció en la vida de Sebastián con una frecuencia que no podía ser casual. El lunes almorzaron juntos en el restaurante del Hotel Alvear. El miércoles, Camila pasó por la oficina del Grupo Montero con medialunas y café "porque estaba en el barrio." El viernes, Sebastián la llevó a recorrer departamentos en Palermo —acompañarla a buscar departamento se había convertido, aparentemente, en una tarea que requería su supervisión personal.
Valentina se enteraba por el circuito de siempre: Carmen, que sabía por el chofer, que sabía porque Sebastián no se molestaba en ser discreto.
—Ayer pidió mesa para dos —informó Carmen mientras limpiaba los cristales—. El mozo del Alvear se lo contó al portero, que se lo contó a la señora del quinto, que me lo contó a mí en el ascensor.
—Buenos Aires es un pueblo —dijo Valentina, sin levantar la vista del cuaderno de italiano.
—Buenos Aires es un pueblo con muchos edificios. Pero sigue siendo un pueblo.
Lo que más le dolía no eran los almuerzos. Era la transformación. Sebastián, que en casa era un bloque de hielo —monosílabos, puertas cerradas, tazas de café sin gracias—, se convertía con Camila en una versión de sí mismo que Valentina no conocía. Como si Camila fuera la llave que abría una habitación de su personalidad cerrada con candado durante cinco años.
Y Camila lo cultivaba. Cada aparición calibrada para recordarle a Sebastián lo que tenía cuando ella estaba cerca y lo que le faltaba cuando no.
El primer enfrentamiento real ocurrió un sábado por la tarde, en una reunión en casa de Diego Salazar.
Diego y su esposa María José vivían en una casa de San Isidro que costaba más de lo que producía, con un jardín de diseño y una parrilla que parecía el puente de mando de un barco. La reunión era supuestamente informal —"vení con Valentina, no seas amargo"—, pero Valentina sabía que "informal" en el vocabulario de Diego significaba "una oportunidad para lucirse delante de alguien."
El alguien, por supuesto, era Camila.
Cuando llegaron —Sebastián manejando, Valentina en el asiento del acompañante, sin música, sin conversación—, Camila ya estaba ahí. Sentada en la reposera del jardín con un vestido amarillo y una copa de espumante, hablando con María José como si fueran amigas de toda la vida. María José asentía con la sonrisa rígida de una mujer que sabe que su marido le mira el escote a la invitada pero que no puede decir nada porque la invitada es "amiga del jefe."
—¡Llegaron! —exclamó Camila, y se levantó con esa gracia estudiada que Valentina ya había aprendido a decodificar: un abrazo a Sebastián que duraba medio segundo más de lo necesario, un beso en la mejilla a Valentina que rozaba el aire en lugar de la piel, y una sonrisa que abarcaba a los dos pero que solo miraba a uno.
Diego salió de la casa con una cerveza en cada mano.
—¡Ahí está la pareja del año! —dijo, y la ironía era tan gruesa que ni siquiera intentaba disfrazarse de chiste—. Valentina, te sentamos acá al lado del sol. Para que te relajes. Vos no salís mucho de casa, ¿no?
—Salgo lo suficiente —dijo Valentina.
—Ay, no, si querés te traigo una silla con almohadón —dijo Camila, y su preocupación tenía la textura de una caricia que esconde un pellizco—. Para que estés más cómoda. Con tu pierna y todo.
*Con tu pierna y todo.*
Cada vez que Camila mencionaba la pierna —y lo hacía con una regularidad que no podía ser inconsciente—, lo envolvía en amabilidad. "Pobrecita." "Qué valiente." "Con lo que pasaste." Eran frases que sonaban como compasión pero que funcionaban como recordatorios: yo estoy completa, vos no.
—Estoy bien con cualquier silla —dijo Valentina, y se sentó en la primera que encontró.
La tarde avanzó como avanzan esas reuniones: asado, vino, conversaciones que circulaban alrededor de temas que no le importaban a nadie pero que todos fingían encontrar fascinantes. Camila era el centro gravitacional. Contaba historias de Miami con una habilidad narrativa que Valentina, a pesar de todo, reconocía como genuina: sabía cuándo hacer una pausa, cuándo bajar la voz, cuándo reírse de sí misma para que la audiencia se riera con ella. Era buena. Era peligrosamente buena.
—¿Y vos, Valentina? —preguntó Camila en algún momento, con esa costumbre que tenía de recordar su existencia cada media hora, como un temporizador de cortesía—. ¿Qué hacés durante el día?
Sebastián tomó un trago de vino. Diego miró a Andrés. María José miró su plato. Todo el mundo esperó la respuesta como quien espera que una bomba explote o no explote.
—Leo —dijo Valentina—. Hago ejercicio. Estudio idiomas.
—¡Qué lindo! ¿Qué idioma?
—Italiano.
—Ay, ¡qué divino! —Camila juntó las manos con un entusiasmo que parecía sincero y no lo era—. ¿Y eso por qué? ¿Estás planeando un viaje?
La pregunta era inocente. La intención, no.
—Siempre es bueno saber más cosas —dijo Valentina.
—Totalmente —dijo Camila, y la dejó ir. Pero sus ojos se quedaron un segundo de más, evaluando, archivando. Valentina tuvo la certeza de que Camila había registrado el dato —italiano, estudia idiomas, ¿por qué?— y que lo guardaría para usarlo después.
A las ocho, cuando el sol se escondió detrás de los árboles de San Isidro y el asado se convirtió en restos y cenizas, Sebastián anunció que se iban. Camila se levantó al mismo tiempo, como si se fueran juntos, y Valentina entendió —con esa claridad fría que ya era su estado natural— que la frase "nos vamos" no la incluía.
—Yo te acerco —le dijo Sebastián a Camila—. El departamento nuevo te queda de camino.
*De camino.* Todo quedaba de camino cuando uno quería que así fuera.
En el auto, Camila se sentó atrás, del lado del conductor. Valentina iba adelante, en el asiento del acompañante, mirando la autopista. Desde el asiento trasero llegaba la voz de Camila contando algo sobre un cliente en Miami que quería tapizar todo de terciopelo, y la risa de Sebastián, y el silencio de Valentina, que ocupaba más espacio que cualquier sonido.
Dejaron a Camila en la puerta de un edificio de Palermo Hollywood. Ella se despidió con un beso en el aire —para los dos, democráticamente— y caminó hacia la puerta con el paso de alguien que sabe que la están mirando.
Sebastián arrancó. Silencio. Diez cuadras sin una palabra.
—Es buena gente —dijo Sebastián, de pronto, como si estuviera defendiendo a alguien que nadie había atacado.
Valentina no contestó.
—Camila siempre fue así —continuó él—. Sociable. Le cae bien a todo el mundo.
—A mí me cae muy bien —dijo Valentina, con una voz tan neutra que podía significar cualquier cosa.
Sebastián la miró de reojo. Una fracción de segundo. Después volvió los ojos a la ruta. No dijo nada más.
Llegaron al departamento de Palermo Chico en silencio. Subieron en silencio. Se separaron en el pasillo en silencio. Dos puertas cerrándose. Dos habitaciones. Dos versiones de la misma soledad.
Valentina se sentó en la cama. Sacó el Samsung. Le escribió a Sofía:
**Vale**: *Hoy Camila me preguntó por qué estudio italiano. La mirada que me hizo me recordó a un gato cuando ve un ratón meterse en un agujero: no ataca, pero toma nota de dónde queda la entrada.*
**Sofía**: *Esa mina es un peligro, Vale. Si se entera del plan, te lo destruye.*
**Vale**: *Lo sé. Voy a tener más cuidado.*
Cerró el Samsung. Se acostó. En la oscuridad, pensó en Camila y en la forma en que miraba todo —la pierna, el italiano, los silencios— como si estuviera armando un rompecabezas. Y pensó en algo que Doña Carmen le había dicho esa mañana, mientras ponía la mesa del desayuno con dos tazas y un silencio de veinte años:
*"La que avisa no es traidora, mi niña. Pero la que no avisa tampoco. A veces la más peligrosa es la que sonríe y no dice nada."*
Camila sonreía. Camila no decía nada.
Y Valentina, acostada en la oscuridad de su habitación de huéspedes, supo con certeza que la carrera ya no era solo contra el tiempo. Era contra alguien que también estaba contando los pasos, midiendo las distancias, y esperando el momento exacto para moverse.
Lo que Camila no sabía —lo que nadie sabía excepto Sofía, Carmen y una bandeja de entrada en Madrid— era que Valentina ya se estaba moviendo. Despacio. En silencio. Como aprendió a moverse después del accidente: sin hacer ruido, sin llamar la atención, poniendo un pie delante del otro en la oscuridad hasta que la oscuridad se terminara.