Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?
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Guerra.
...Capítulo 11....
...Parte 1...
...Guerra....
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Andrew.
La noche caía pesada sobre la fortaleza, pero aquí dentro, el trabajo no cesaba. Me encontraba en mis aposentos, de pie ante la gran mesa de roble que ocupaba el centro de la estancia.
Llevaba una camisa de algodón oscura, con las mangas arremangadas hasta los codos, y unos vaqueros negros ajustados; ropa cómoda, práctica, alejada de las formalidades de las recepciones o las ceremonias. A mi alrededor, la mezcla de épocas era evidente: las paredes de piedra milenaria sostenían lámparas eléctricas que iluminaban mapas desplegados, informes impresos y un ordenador portátil encendido que mostraba gráficos de recursos y movimientos de población.
Aquí no había lugar para el hombre enamorado ni para el lobo que añora a su pareja prohibida. Aquí estaba el Alfa. El dirigente. El encargado de que más de mil almas tuvieran techo, comida y seguridad. Pasaba los dedos por las líneas dibujadas que marcaban nuestras fronteras, analizando cada punto débil, calculando tiempos de respuesta, evaluando el estado de nuestras alianzas.
Mi mente luchaba por mantenerse centrada en lo urgente, aunque la imagen de un collar de oro y una piedra roja oscura seguía grabada a fuego en algún rincón de mi memoria.
—Ella tendrá que esperar —me dije con firmeza, apretando los dientes—. Mientras yo pierdo el tiempo soñando o sufriendo, ellos planean cómo destruirnos. Mi vida no es mía, es de mi gente.
Unos golpes secos y frenéticos en la puerta rompieron el silencio antes de que pudiera profundizar más en mis pensamientos. No era un aviso cortés; era una señal de alarma.
—¡Adelante! —grité, al tiempo que ya me giraba hacia la entrada, sintiendo cómo mis instintos se agudizaban de inmediato.
La puerta se abrió de golpe y entró Liam, mi Beta, mi mano derecha y el amigo más leal que tenía. Venía empapado por la lluvia que había comenzado a caer hacía unas horas, con el pelo pegado a la frente y la ropa de campo cubierta de barro y polvo del camino. Respiraba entrecortadamente, y en sus ojos vi el brillo de la urgencia y el miedo.
—¡Andrew! —dijo, acercándose rápido a la mesa sin perder tiempo en saludos—. Han cruzado la frontera. Los vampiros han bajado por el norte con un ejército numeroso, mejor armado de lo que calculábamos. Están arrasando Valle Gris.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Valle Gris. El pueblo híbrido donde humanos y hombres lobo vivían codo con codo, comerciaban y criaban a sus hijos bajo la protección de la Manada Lobo Negro. Era una comunidad pequeña, pobre en recursos pero rica en lealtad, uno de nuestros aliados más antiguos y fieles. Estaban demasiado lejos del núcleo de nuestras defensas principales.
—¿Cuántos son? ¿Y quién lidera? —pregunté, mientras ya me movía hacia el gran armario de madera oscura donde guardaba mi equipo de guerra.
—Cientos... quizás más de trescientos guerreros de élite, además de las tropas menores —respondió Liam, siguiéndome con la mirada—. Y no está Juls al frente... lo dirige Talius. Lo reconocieron los exploradores por su armadura negra y su forma de moverse. No están conquistando, Andrew. Están matando todo lo que se mueve.
El nombre cayó entre nosotros como una maldición. Talius. El hombre que se había puesto lo que era mío como si fuera una medalla. El monstruo que le había puesto cadenas de oro alrededor del cuello a Leonor. La rabia me subió por la garganta, caliente y salvaje, pero la ahogué. Ahora no era el momento de asuntos personales. Ahora era el momento de la guerra.
Abrí el armario y comencé a vestirme con la eficiencia de quien lo ha hecho docenas de veces. Sobre mi camisa y mis vaqueros, me coloqué la cota de malla y luego la armadura de placas, negra y grabada con el emblema de la Luna de Sangre. Las correas ajustadas sobre la tela moderna creaban ese contraste que definía nuestra existencia: antiguos poderes viviendo en el siglo XXI, espadas al lado de tecnologías modernas, tradición mezclada con necesidad.
Cogí mi espada, una hoja larga, pesada y forjada por mis antepasados siglos atrás, y me la ceñí a la cintura.
—Reúne a la guardia de élite y a todos los hombres capaces de cabalgar y pelear —ordené, con la voz firme y autoritaria del Alfa que no admite dudas—. Que se quede el resto protegiendo la fortaleza y la frontera sur, por si es una distracción. Nosotros iremos al norte. No dejaremos que masacren a nuestros aliados sin dar pelea.
—¿Crees que es una trampa? —preguntó Liam, mientras ambos salíamos al pasillo ya en marcha.
—Seguro que lo es —respondí secamente, bajando las escaleras hacia los establos—. Pero no tenemos elección. Si dejamos caer a la Manada Lobo Negro sin mover un dedo, el miedo se extenderá como la pólvora entre los que nos apoyan. Tenemos que ir. Y tenemos que ganar, o al menos, hacerles pagar tan caro cada paso que den, que lo piensen dos veces antes de volver a intentarlo.
Montamos a caballo y galopamos bajo la lluvia y la oscuridad de la noche, con la velocidad y la determinación de una tormenta. En cuanto el terreno nos lo permitió, corrimos en nuestra forma loba, más rápidos aún, atravesando bosques y senderos hasta que, al amanecer, vimos el horizonte teñido de un color rojo y negro que heló mi sangre.
Valle Gris estaba ardiendo.
El humo negro y espeso subía hacia el cielo, ocultando la luz del sol naciente. Las llamas devoraban las casas de madera, los graneros, los campos recién cosechados. El olor a ceniza se mezclaba con el olor metálico y fuerte de la sangre. Al llegar a las primeras calles, el espectáculo era dantesco.
Los vampiros, vestidos con sus armaduras antiguas y oscuras, se movían entre el caos con una velocidad y una fuerza sobrehumanas, cortando, matando, persiguiendo a ancianos, mujeres y niños que corrían desesperados buscando un refugio que ya no existía. Los pocos guerreros de la Manada Lobo Negro que quedaban en pie luchaban como leones, pero estaban superados en número y en poder.
—¡Luna de Sangre! ¡A mí! —rugí, y mi voz, ampliada por mi naturaleza, retumbó por todo el valle, haciendo que incluso el fuego pareciera vacilar un instante.
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