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Renací Para Evitar Mi Final

Renací Para Evitar Mi Final

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Reencarnación / Completas
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.

Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.

Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.

Esta vez conserva todos sus recuerdos.

Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.

Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:

No perseguirá al príncipe.

Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.

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22

La voz de Kaelan resonó en el silencio de la plaza, no como un trueno que impone, sino como la primera gota de una lluvia que promete limpiar. Las figuras en las sombras se movieron, atraídas por una fuerza que no era el poder, sino la autenticidad. Un hombre viejo, con manos callosas de trabajador, fue el primero en salir completamente de la oscuridad, seguido por una madre con un niño agarrado a su falda. Luego, como una presa que se rompe, más y más personas emergieron, sus rostros iluminados por la luz de la luna y por una esperanza renaciente. No era una multitud; era una congregación. Y Kaelan, de pie junto a la fuente, no era un rey en un trono, sino un pastor entre su rebaño.

Valeria observaba, su mente no solo escuchando las palabras del príncipe, sino sintiendo las corrientes de cambio que fluían desde él hacia la gente, y desde la gente de vuelta hacia él. El libro en sus manos vibraba con una armonía que nunca había sentido antes. No le mostraba futuros fragmentados y aterradores, sino una sola corriente de posibilidad, brillante y frágil como un hilo de plata en la penumbra.

Pero incluso mientras la esperanza comenzaba a florecer, otra fuerza se acercaba.

Primero fue un sonido bajo, un retumbo que parecía venir de las mismas piedras de la plaza. Luego, un murmullo que crecía, no en volumen, sino en intensidad. No eran las palabras de Kaelan las que resonaban ahora, sino cánticos. Cánticos rítmicos, hipnóticos, que hablaban de pureza, de fuego, de un juicio que purificaría la corrupción del mundo.

Alistair y su procesión habían llegado.

Se detuvieron en el borde de la plaza, una línea de blanco y oro contrastando violentamente con las túnicas oscuras y humildes de los ciudadanos reunidos alrededor de la fuente. Alistair no se movió hacia ellos. No necesitaba hacerlo. Su presencia sola era una declaración de poder. Cassian, a su lado, sostenía el estandarte de la balanza y la espada, su rostro una máscara de lealtad inquebrantable, aunque Valeria podía ver la duda, la semilla de traición que ella misma había plantado en él, luchando por salir a la superficie.

—¡Mirad!—gritó Alistair, su voz no needing amplification, cortando a través de la noche como un cuchillo de obsidiana—. ¡Mirad al príncipe! ¡El heredero de un rey muerto, hablando a las sombras como si fueran súbditos! ¡Un niño jugando a ser rey, liderando a los perdidos y los ignorantes!

La gente alrededor de la fuente se agitó, algunas de las caras que antes mostraban esperanza ahora estaban llenas de miedo y confusión.

—¡No os dejéis engañar por sus palabras dulces!—continuó Alistair, extendiendo sus brazos como un profeta que bendice a una multitud pecadora—. ¡Él es el pasado! ¡Es la corrupción! ¡Es la razón por la que este imperio se pudre desde dentro! ¡Ofrece renovación, pero solo puede daros más de lo mismo: miseria, opresión y el yugo de una nobleza que os desprecia!

Kaelan no se movió. No gritó. No respondió a la provocación. Simplemente esperó, su mirada fija en Alistair, una calma que era mucho más poderosa que cualquier furia.

—Yo—dijo Alistair, su voz bajando a un susurro conspirador que atrajo a todos, incluso a los que estaban cerca de la fuente—. Yo os ofrezco el futuro. Un futuro de fuerza. Un futuro de pureza. Un futuro donde el débil no sea una carga para el fuerte, sino eliminado. Un futuro donde el imperio no esté encadenado por tradiciones inútiles, sino liberado por el poder divino de la voluntad.

Mientras hablaba, los Guardias de la Fe detrás de él comenzaron a moverse, no violentamente, sino con una presión tranquila y constante. Se deslizaron por los bordes de la plaza, creando un círculo, no de soldados, sino de fanáticos. Un círculo que se estaba cerrando, atrapando a los seguidores de Kaelan, convirtiendo la plaza de la esperanza en una jaula de fe.

—¡No hay lugar para vosotros en su futuro!—gritó Alistair, su voz ganando un fervor histérico—. ¡Sois los impuros! ¡Sois los débiles! ¡Sois la plaga que debe ser purgada! ¡Pero yo soy misericordioso! ¡Yo os ofrezco una elección! ¡Arrodillaos ante el verdadero poder, ante la verdadera voluntad de los dioses, y seréis perdonados! ¡Permaneced con este... niño... y seréis juzgados con él!

El momento de la decisión había llegado. Valeria sintió la tensión en el aire, palpable como la electricidad antes de una tormenta. Vio la duda en los ojos de la gente, el miedo ganando terreno a la esperanza. La fe ciega de Alistair era un veneno potente, y la estaba administrando directamente en el corazón de la ciudad.

—No os pido que luchéis por mí—dijo Kaelan, su voz tranquila pero clara, cortando a través de los cánticos de Alistair como un rayo de luz solista—. No os pido que muráis por mí. Os pido que penséis. Os pido que recordéis. Recordéis quiénes sois. No sois una plaga. Sois el imperio. Sois los herreros y los tejedores, los agricultores y los mercaderes. Sois la sangre que corre por las venas de esta tierra. Vuestra fuerza no está en una espada, sino en vuestro trabajo. Vuestra fe no está en un hombre, sino en vuestras familias, en vuestras comunidades, en vuestro futuro.

Se giró hacia Valeria, y en ese momento, ella supo lo que tenía que hacer. No había más tiempo para palabras. No había más tiempo para esperanza. Era hora de la verdad. La verdad cruda, inquebrantable y aterradora.

Se adelantó, saliendo de la sombra de la fuente, parándose junto al príncipe. El Libro de los Destinos en sus manos pareció absorber la luz de la luna, volviéndose oscuro y ominoso.

—¡Mirad!—gritó Alistair, señalándola con un dedo acusador, su rostro iluminado por un triunfo febril—. ¡Ahí está! ¡La bruja! ¡La serpiente que ha envenenado la mente del príncipe! ¡La que usa magia oscura y profanaciones para manipular el destino! ¡Es la prueba de su corrupción! ¡Es la prueba de que su poder no viene de los dioses, sino del infierno!

La multitud retrocedió, el miedo reemplazando completamente la esperanza. Miraban a Valeria no como a una aliada, sino como a una monstruosidad. El frío de sus miradas era más cortante que cualquier espada.

—Él tiene razón en una cosa—dijo Valeria, su voz resonando en la plaza con una autoridad que sorprendió incluso a sí misma—. Este libro no es de este mundo. Y el poder que contiene... no es natural.

Abrió el libro, no a una página de historia o de profecía, sino a una página en blanco. Una página que parecía absorber la oscuridad de la noche.

—Alistair os habla de pureza—dijo, su mirada recorriendo las caras aterrorizadas de la gente—. Os habla de un futuro sin imperfecciones. Pero os miente. La pureza es una ilusión. La fuerza no viene de la perfección, viene de la imperfección. De la lucha. De la elección.

Mientras hablaba, extendió su mano sobre la página en blanco. Y entonces, comenzó a dibujar. No con tinta, sino con luz. Una luz que parecía salir de su propia piel, de su propia alma. Dibujó una línea, luego otra, creando no una imagen, sino un mapa. Un mapa de la plaza en la que estaban.

—Él os ve como una multitud—continuó, su voz ganando una intensidad hipnótica, atrayendo la atención de todos, incluso de los Guardias de la Fe—. Os ve como un bloque de gente sin rostro. Pero yo... yo os veo.

Y entonces, ocurrió el milagro. El milagro que no era magia, sino la verdad.

En el mapa de luz que dibujaba en el libro, comenzaron a aparecer figuras. Pequeños puntos de luz que brillaban en los lugares donde la gente estaba. Pero no eran puntos genéricos. Eran... únicos. Cada uno tenía un brillo diferente, un color diferente, una intensidad diferente.

—Miren—dijo Valeria, su voz suave pero llena de asombro—. Miren.

Un hombre en la multitud, un herrero, miró el libro y vio un punto de luz rojo y brillante, tan intenso como el metal forjado. La madre con el niño vio un punto de luz azul y suave, como el cielo de verano. Cada persona que miraba el libro veía algo diferente, algo que resonaba con su propia alma, con su propia esencia.

—Esto es el imperio—dijo Valeria, su voz resonando con una verdad que era innegable—. No es una tierra. No es un trono. Sois vosotros. Vuestras alegrías, vuestros miedos, vuestras esperanzas, vuestros sueños. Todo eso, junto. Es un caos. Es imperfecto. Es hermoso. Y es... real.

Se giró hacia Alistair. Él, que había predicado sobre la fe ciega, se enfrentaba ahora a una fe que no necesitaba creer, porque podía ver.

—Tú hablas de purificar el imperio—dijo Valeria, su voz ahora como el acero—. ¿Pero qué queda de un imperio si purificas a su gente? ¿Qué queda de una sinfonía si eliminas todos los instrumentos imperfectos? ¿Qué queda de un mosaico si rompes todas las piezas únicas? Nada. Te queda el silencio. Te queda la nada. Ese es tu futuro. No la gloria. El vacío.

Un murmullo recorrió la multitud, un murmullo de confusión. No la fe ciega de Alistair, sino la fe propia en sí mismos. Miraron a Valeria, no con miedo, sino con asombro. Y luego, miraron a Kaelan, no como a un rey, sino como a uno de ellos. Un hombre que, como ellos, era una luz única en la oscuridad.

—¡Bruja!—gritó Alistair, su control rompiéndose, su furia explotando en un grito de rabia—. ¡Mentirosa! ¡Engañadora! ¡Mátenla! ¡Mátenla a ella y al príncipe! ¡Que su sangre lave la plaza de su profanación!

Pero los Guardias de la Fe vacilaron. Miraban a Valeria, al libro en sus manos, a las luces que danzaban como estrellas capturadas. Miraban a la gente, que ya no estaba retrocediendo, sino avanzando. No con armas, sino con una determinación que era más aterradora que cualquier espada.

Y en ese momento, Cassian dio un paso al frente. Se giró, no hacia Kaelan, sino hacia Alistair.

—No—dijo, su voz no la de un mercenario, sino la de un hombre que había encontrado su propia luz—. No haré eso. Mi lealtad no es a un hombre. Es a un ideal. Y el ideal que tú predicabas... era una mentira.

Con un movimiento fluido, bajó el estandarte de la balanza y la espada, clavándolo en los adoquines de la plaza. El sonido del metal contra la piedra fue el golpe final, el sonido del final del reinado de Alistair.

La fe ciega se había roto. Y en su lugar, quedaba la verdad.

Alistair miró a su alrededor, su rostro una máscara de horror y derrota. Vio a sus Guardias de la Fe, confundidos y perdidos. Vio a Cassian, traidor. Vio a la multitud, ya no una masa de fanáticos, sino un ejército de almas iluminadas. Y vio a Kaelan y Valeria, de pie juntos, no como un príncipe y su bruja, sino como el rey y su consejera. El futuro y el presente.

Y supo que había perdido.

Pero no se rindió. Un hombre como Alistair nunca se rinde. Con un grito de rabia, desenvainó una daga oculta, no hacia Kaelan, sino hacia Valeria. Un último acto de desesperación. Un último intento de apagar la luz.

Pero Kaelan ya se estaba moviendo. No para bloquear el ataque, sino para interceptarlo. Se interpuso entre Valeria y Alistair, y la daga de Alistair se hundió en su hombro, no con el sonido de la carne rasgándose, sino con un gemido metálico.

Kaelan llevaba una armadura oculta bajo su túnica. Una armadura ligera, pero suficiente. Suficiente para sobrevivir.

Con un movimiento rápido, agarró el brazo de Alistair, rompiéndolo con un crujido seco. Alistair gritó de dolor, su daga cayendo al suelo con un repiqueteo sordo.

—La batalla ha terminado, Alistair—dijo Kaelan, su voz no triunfante, sino cansada—. Has perdido.

Mientras los guardias leales, liderados por Marcus y Eleanor, que habían llegado con refuerzos, se acercaban para arrestar a un Alistair lloriqueante y derrotado, Kaelan se giró hacia Valeria. Su hombro sangraba, pero su rostro estaba iluminado por una sonrisa.

—Lo hicimos—dijo, su voz llena de un asombro que era contagioso—. Realmente lo hicimos.

Valeria asintió, su corazón martilleando, no por la batalla, sino por la proximidad de él, por el brillo en sus ojos, por la forma en que la miraba, no como a una herramienta, ni como a una aliada, sino como a... algo más.

Pero el momento fue roto por el libro. El Libro de los Destinos, en sus manos, comenzó a vibrar violentamente. La página en blanco que había usado para mostrar la verdad a la gente ahora se estaba llenando. No de luz, sino de imágenes. Imágenes de un futuro. Un futuro que no era de paz y renovación, sino de sangre y fuego.

Vio ejércitos marchando sobre la capital. Vió barcos de guerra en el horizonte. Vió una sombra, una sombra más grande y más oscura que Alistair, extendiéndose sobre el imperio.

Y supo, con un terror que la heló hasta los huesos, que la batalla por la ciudad, la batalla por el trono, no había sido más que el principio. El primer movimiento en un juego mucho más grande, mucho más peligroso. Un juego que no se jugaba por el destino de un reino, sino por el destino del mundo.

Y mientras Kaelan la miraba, su sonrisa desvaneciéndose al ver el terror en sus ojos, Valeria sintió el peso de una nueva verdad. Una verdad que era mucho más aterradora que cualquier bruja, más peligrosa que cualquier traidor.

Habían ganado la batalla. Pero la guerra... la guerra apenas estaba comenzando. Y esta vez, el enemigo no era un hombre que podía ser arrestado. Era un destino que no podía ser evitado.

1
Dora Guzman Pacherres
Cada capítulo más interesante sabes tejer las intrigas y nos dejas con un suspenso de querer más y más.
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