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El Despertar De La Luna Olvidada

El Despertar De La Luna Olvidada

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Vianne Soler

Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.

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Capítulo 20: La primera siembra celestial

El despliegue de los Espectros de Hierro a lo largo de las fronteras invisibles del Imperio comenzó a rendir frutos tácticos de inmediato, manteniendo la amenaza del Mar de las Sombras contenida en una fría guerra de espías y contrahechura. Sin embargo, en la superficie del continente unificado, el verdadero triunfo del nuevo orden no se medía en las victorias silenciosas de los sótanos, sino en la transformación radical del paisaje del norte. El invierno babilónico que Elena había desatado durante el colapso del Consejo ya no era un arma de castigo implacable; se había estabilizado en un ciclo climático armónico y vivificante bajo el control meticuloso de la soberana celestial.

Por primera vez en la historia registrada de la raza licántropa, las Tierras del Norte, tradicionalmente áridas, rocosas y azotadas por tormentas heladas de origen mundano que mataban el ganado y obligaban a las manadas a depender del comercio con el Sur, presenciaron un milagro biológico. La escarcha del santuario, que mantenía el suelo a una temperatura constante y lo protegía de las heladas profundas, había fertilizado los valles que rodeaban la Fortaleza de Hierro.

Durante la primavera imperial, los campos amanecieron cubiertos por los brotes de una variante botánica desconocida: el trigo argénteo. Era una planta de tallos firmes y espigas de un color blanco plateado que absorbían la luz de la luna y crecían con una rapidez asombrosa, inmunes al frío y ricas en nutrientes espirituales capaces de fortalecer el cuerpo de los lobos comunes y sanar las secuelas de la desnutrición crónica.

Para celebrar este acontecimiento, que consolidaba la autosuficiencia económica del norte, Elena decretó la celebración de la Fiesta de la Primera Siembra en la inmensa explanada de la Fortaleza de Hierro. Miles de ciudadanos —antiguos omegas liberados, parias del Este, guerreros de la manada Sangre de Hierro y delegaciones comerciales del Sur— se congregaron en los patios del castillo, que habían sido decorados con tapices de seda blanca y guirnaldas de flores de invierno translúcidas. No había distinciones de castas ni asientos reservados para la antigua nobleza de sangre pura; los labradores compartían las mesas de roble con los capitanes del ejército unificado.

Desde el balcón real, situado en lo alto de la torre del homenaje, Elena contemplaba el clamor y las risas que ascendían de la plaza principal. Vestía una túnica sencilla de seda blanca, desprovista de las pesadas joyas imperiales, permitiendo que sus marcas rúnicas a lo largo de los brazos destellaran con un pulso suave y azulado que reflejaba su paz interior. Los niños de los antiguos parias, que apenas unos meses antes morían de fiebres en las cuevas del Valle de los Proscritos, corrían ahora entre las mesas, con las mejillas sonrosadas por la salud y sosteniendo pan recién horneado con el trigo argénteo.

Derek Blackwood apareció en el balcón con pasos silenciosos, despojado de su armadura pesada de combate. Llevaba una camisa sencilla de lino oscuro que dejaba al descubierto las marcas rúnicas de transferencia en sus antebrazos. Se posicionó al lado de Elena, y el flujo inmediato de energía argéntea a través del lazo unificado trajo una oleada de alivio físico a la emperatriz, absorbiendo la fatiga espiritual que le causaba mantener el equilibrio climático del continente.

—Míralos, Derek —susurró Elena, y su voz, por primera vez desprovista de la resonancia polifónica mística, sonó como la de la joven que alguna vez soñó con ver el sol sin el temor al castigo—. Hace un año, en este mismo patio, yo limpiaba la sangre de los guerreros tras los entrenamientos, oculta entre las sombras para que tu Consejo no reparara en mi existencia. Hoy, esos mismos guerreros comparten el pan con las personas que consideraban basura.

Derek dirigió sus ojos grises, salpicados de plata, hacia la multitud y luego se volvió para mirar a Elena. Las facciones duras y angulosas del guerrero más temido del norte se suavizaron con una expresión de profunda y devota ternura.

—Este patio no cambió por accidente, Elena —respondió Derek, y su voz profunda vibró con una convicción que nacía del alma—. Cambió porque tu invierno destruyó la mentira de nuestro orgullo. Cuando te rechacé en el Gran Baile de Emparejamiento, lo hice ciego por las leyes de un imperio de barro que creía inmutable. El destino me quebró las manos y el orgullo para enseñarme que mi verdadero trono no estaba sobre un montón de cadáveres y cadenas, sino aquí, actuando como el yunque de tu luz.

Elena sonrió levemente, una expresión de pura belleza humana que iluminó las sombras del balcón. Extendió su mano derecha y acarició suavemente la mejilla de Derek, sintiendo la calidez de su piel y la fiera vitalidad del lobo interno del Protector, que latía con una lealtad absoluta hacia su emperatriz. Ya no quedaba ningún rastro de la desconfianza, el dolor o la paranoia que habían marcado los primeros capítulos de su historia; la cacería y el vasallaje forzado se habían transmutado en un amor maduro, indestructible, forjado en el crisol de la redención mutua.

—El lazo ya no es una condena, Derek —pronunció Elena, entrelazando sus dedos con los del Alto Protector—. Es nuestra mayor fortaleza. Siento tu hierro sosteniendo mi espíritu cada vez que las corrientes del cosmos intentan arrastrarme.

En la plaza inferior, los músicos imperiales comenzaron a tocar los antiguos himnos de la unificación. Al reparar en la presencia de la pareja imperial en el balcón, el clamor de la multitud cesó por un instante, reemplazado por un aplauso unánime y ensordecedor que sacudió los cimientos de la fortaleza. Los soldados alzaron sus copas de hidromiel y los omegas agitaron pañuelos blancos, aclamando al Hielo y al Hierro como los soberanos eternos del nuevo mundo.

Derek apretó los dedos de Elena, respondiendo al saludo del pueblo con una sobria pero firme inclinación de cabeza. El amanecer de la era de oro del Imperio Celestial se consolidaba sobre las bases de la justicia y la abundancia alimentaria, demostrando que la compasión rúnica era el arma más poderosa del continente. Sin embargo, mientras la música resonaba en los valles del norte, las redes invisibles del destino continuaban moviéndose más allá del océano, preparando el escenario para los desafíos geopolíticos que pondrían a prueba la madurez del pacto imperial.

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Carmen Fernandez
me gusta la historia Pero se vienen repitiendo en varios capitulos las mismas palabras y resulta cansador y hace que uno pierda la emoción o la continuación de seguir leyendola
Estefany Cruz
por fa trata de no repetir alas palabras por fa
hernandez: de todos los capítulos juntos no se hacen dos con narración nueva siempre lo mismo
total 1 replies
Clary ❤
Hola autora !!! la novela tiene una hermosa e interesante trama, pero lo que me parece muy repetitivo cuando por ejemplo hablas de q el alfa supremo va a dar su cabeza u cuando ella pisa y el suelo renace... y así varias cositas. no es de maldad q te lo digo es más bien una crítica constructiva.. sin ganas de ofender... igual la sigo leyendo por q me gustó la historia , es diferente y atrae bastante... 👏👏👏
Vianne Soler: Gracias por tus aportes, lo voy a tomar en cuenta
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