Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 22: El consejo de guerra en la roca
La respuesta desafiante de la Emperatriz Elena en la playa de Cresta de Sal no tardó en provocar movimientos en los tableros militares y místicos del Imperio. Antes de que los tres navíos de obsidiana se desvanecieran por completo en la bruma perpetua del Mar de las Sombras, Derek Blackwood ordenó el repliegue táctico de la comitiva hacia la Fortaleza de la Roca, el imponente baluarte de piedra caliza del Este que antes sirviera como jaula dorada de la decadente facción de Alons, y que ahora funcionaba como el centro neurálgico de operaciones de la Red Rúnica en el litoral oriental.
El Gran Salón Estratégico de la Roca, cuyas ventanas talladas ofrecían una vista panorámica de los acantilados y el océano embravecido, se convirtió en el escenario de una cumbre de urgencia. Sobre una inmensa mesa de roble se extendían los mapas de líneas rúnicas y rutas marítimas del continente. Alrededor de ella se congregaban las mentes más brillantes de la nueva era: la Alpha Cassandra, representando la estabilidad del Sur; el capitán de los Espectros de Hierro, con su máscara de obsidiana colgada al cinturón revelando un rostro surcado de cicatrices y determinación; y dos de los maestros constructores parias que habían diseñado los canales de riego del trigo argénteo.
—Malakor no mentía con respecto a los aliados internos —informó el capitán de los Espectros, señalando con una daga de plata tres puntos específicos en los mapas del Este y del Sur—. Mientras interceptábamos a los intermediarios en los muelles marginales, descubrimos correspondencia cifrada con el sello de los remanentes de la Sangre de Hierro exiliados. Los nobles que huyeron tras la pacificación de Oakhaven han estado reuniendo recursos en las cuevas del Gran Abismo. No buscan recuperar sus tierras mediante un ejército tradicional; están cavando.
Derek, apoyado sobre sus puños contra el borde de la mesa, fijó sus ojos grises con anillos plateados en el plano subterráneo que los parias habían bosquejado.
—Están buscando los puntos de anclaje de la Red Rúnica —dedujo el Alto Protector, y su voz profunda resonó en las paredes de piedra—. Saben que si consiguen sabotear los manantiales místicos que Elena sembró en el Este, el tejido elemental que sostiene el ciclo climático se fracturará. Un colapso en la Red provocaría una fluctuación masiva que dejaría los cielos del norte desprotegidos contra los motores de entropía del Nexo de la Penumbra.
—Y no es solo el Este —intervino Cassandra, golpeando la mesa con sus uñas afiladas—. En el Sur, la redistribución de las tierras de la familia Sterling ha generado un resentimiento silencioso pero tóxico entre los pequeños terratenientes que aún conservan privilegios. Si las sombras atacan las costas, el suministro de grano del Sur se detendrá bajo la excusa del pánico generalizado. Nos cortarán las piernas económicas mientras intentamos pelear de frente.
Elena, sentada en la cabecera de la mesa, permanecía en un silencio majestuoso. Su presencia física transmitía una quietud que contrastaba con la agitación de sus generales, pero el flujo continuo de escarcha sutil que emanaba de sus dedos hacia el mapa de roble revelaba la intensa actividad de su mente conectada al cosmos.
—Ellos creen que nuestra unificación es frágil porque se construyó sobre las cenizas de sus leyes —pronunció la Emperatriz, y su voz polifónica barrió instantáneamente la tensión del salón—. Creen que el hierro y el hielo son solo dos armas que se unieron por conveniencia política. Vamos a demostrarles que la Red Rúnica no es una infraestructura que pueda cavarse con palas o destruirse con veneno; es la sangre de esta tierra.
Elena se puso de pie, y los presentes se inclinaron de inmediato en un gesto de lealtad instintiva. Miró a Derek, y a través del puente espiritual que unía sus almas, le transmitió una estrategia que combinaba la contundencia militar del norte con la fluidez mística del santuario.
—Derek, asumirás el mando de la defensa de los pozos antiguos del Este —ordenó Elena—. Llevarás contigo a la mitad de la guardia pesada y a los Espectros de Hierro. Los traidores que cavan en la oscuridad deben descubrir que el hierro del Imperio los espera en el fondo de sus propios túneles. Cassandra, regresarás a Sunspire con un decreto imperial: cualquier terrateniente que retenga un solo saco de grano o intente especular con los suministros durante la crisis será procesado bajo la ley de alta traición, y sus bienes pasarán a control directo de los omegas liberados. No habrá segundas oportunidades.
—¿Y usted, mi Emperatriz? —preguntó el maestro constructor paria, con un brillo de genuina preocupación en sus ojos—. Si los barcos de la penumbra regresan con la marea alta, Cresta de Sal quedará desprotegida.
—Yo seré la marea —respondió Elena con una serenidad implacable—. Regresaré al santuario del norte para canalizar la totalidad del invierno cósmico a través de las líneas rúnicas de la costa. Si las naves del Nexo intentan desplegar sus motores de entropía, descubrirán lo que sucede cuando el frío de las estrellas se concentra en un solo punto del océano.
Cuando el consejo se disolvió y los generales partieron a cumplir sus respectivas directivas, Derek y Elena se quedaron a solas en el salón estratégico, iluminados únicamente por la luz pálida de la luna que se filtraba por los ventanales calizos.
El Alto Protector se acercó a la Emperatriz, rodeando su cintura con sus fuertes brazos enguantados. El contacto físico desató un torrente inmediato de energía argéntea que equilibró las pulsaciones de ambos, disolviendo el cansancio acumulado tras el tenso encuentro con el Heraldo Malakor. Elena apoyó la cabeza contra el pecho de Derek, escuchando el latido firme y rítmico de su corazón, un sonido que para ella representaba el ancla más segura de su existencia.
—Esta será la primera vez que peleemos separados desde la caída del Consejo, Elena —susurró Derek, y sus ojos grises reflejaron una sombra de vulnerabilidad que solo ella conocía—. Mi lobo interno ruge con fuerza ante la idea de dejarte sola en el santuario mientras yo marcho a las profundidades del Este.
Elena alzó el rostro, y sus dedos acariciaron las marcas rúnicas que destellaban bajo los antebrazos del Protector.
—Nunca estaremos separados, mi ancla —respondió ella con profunda ternura—. Siento tu hierro en cada latido de mi magia, y tú llevarás mi invierno en el filo de tu espada. Los traidores verán que el Elegido de Hierro no necesita que yo camine a su lado para ejecutar el juicio de la Luna Olvidada. Ve y asegura las raíces de la tierra, Derek. Yo mantendré los cielos limpios para nuestro pueblo.
Derek inclinó la cabeza y selló el pacto con un beso suave pero cargado de una determinación indestructible sobre la frente de la Emperatriz. Las runas de transferencia en sus brazos brillaron con una luz pura, consagrando su acero a la defensa del Imperio Celestial. La paz del continente estaba a punto de ser probada por el fuego de las sombras, pero el yunque y la luz del norte estaban listos para resistir el golpe.