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EL CONFÍN

EL CONFÍN

Status: Terminada
Genre:Aventura / Reencuentro / Posesivo / Completas
Popularitas:41
Nilai: 5
nombre de autor: Pablo Ezequiel

A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.

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El camino oculto

La noche terminó por fin, pero para Alejandro el descanso no llegó en ningún momento. Apenas salió el sol, ya estaba despierto, preparado, con esa sensación de alerta que parecía haber vuelto a instalarse en su cuerpo desde que todo comenzó a complicarse. Se miró al espejo mientras se vestía: camisa oscura, abrigo grueso, botas resistentes. Nada que lo distinguiera demasiado, pero todo elegido pensando en que tenía que moverse sin ser visto, rápido y seguro. Su cabello seguía peinado con esa elegancia de siempre, su barba recortada con precisión, pero en sus ojos claros ya no había solo la calma del dueño de bar; ahora brillaba una determinación feroz, la de un hombre que sabe que está a punto de entrar en terreno desconocido y peligroso.

Salió de su casa con paso firme. El plan estaba trazado: encontrarse con Elena en las afueras, lejos de miradas indiscretas, y desde allí emprender el viaje hacia esa casa alejada donde vivía la mujer que, según ella, tenía todas las respuestas. Elías les había dado las indicaciones justo antes de desaparecer la noche anterior: caminos secundarios, senderos olvidados, rutas que casi nadie usaba, para evitar que nadie los siguiera. —“Confíen solo en lo que les he dicho —les había advertido—. Cualquier otro camino es una trampa”.

Cuando llegó al punto de encuentro, escondido entre árboles y viejos muros de piedra, ella ya estaba allí. Elena lo esperaba apoyada contra un viejo vehículo oscuro, vestida de forma sencilla pero con esa belleza magnética que la caracterizaba, su cabello negro recogido para no estorbar, pero igual de deslumbrante. Al verlo llegar, sus ojos oscuros se iluminaron, una mezcla de alivio y deseo que no pudo ocultar. Se acercó a él y, sin decir una palabra, lo abrazó con fuerza, pegando su cuerpo al de él como si necesitara confirmar que estaba ahí, que no era un sueño, que estaban juntos en esto.

—Tenía miedo de que algo te pasara antes de salir —susurró ella contra su pecho, sintiendo el ritmo fuerte y tranquilo de su corazón—. De que ellos se hubieran adelantado.

Alejandro le acarició el rostro con suavidad, mirándola a los ojos.

—Nada ni nadie me iba a impedir ir contigo —respondió él con voz grave y segura—. Y ahora, vamos. No tenemos tiempo que perder.

Subieron al coche y emprendieron la marcha. Salieron del pueblo rápidamente, dejando atrás las calles conocidas, el bullicio, y adentrándose en caminos de tierra, entre campos y bosques que se veían cada vez más solitarios y silenciosos. Durante el trayecto, apenas hablaron. Había demasiadas cosas en la cabeza de ambos, demasiadas preguntas, demasiadas verdades que estaban a punto de salir a la luz. Alejandro conducía con una habilidad impresionante, dominando el volante con soltura, anticipando cada curva, cada bache, cada cambio en el terreno. Era algo natural en él, algo que hacía sin pensarlo, como si hubiera pasado toda su vida conduciendo por lugares difíciles, tomando decisiones rápidas y precisas. Elena lo miraba de reojo, observando esa destreza, esa seguridad, y confirmaba una vez más que todo lo que le habían dicho era cierto: Alejandro no era un hombre corriente, su pasado escondía una formación, una disciplina, unas habilidades que no se aprenden simplemente viviendo una vida tranquila.

Llevaban ya casi una hora de viaje, alejados totalmente de cualquier rastro de civilización, cuando Elena señaló un desvío estrecho y casi cubierto por la vegetación.

—Por ahí es —dijo ella con voz baja—. Elías tenía razón, nadie encontraría esto si no supiera exactamente dónde mirar.

Tomaron ese camino angosto, avanzando despacio entre ramas y árboles que parecían cerrar el paso. Y entonces, de repente, el bosque se abrió y vieron la casa. Era una construcción vieja, de piedra maciza, robusta y solitaria, situada en un pequeño claro rodeado de árboles altos y oscuros. No parecía abandonada: había humo saliendo de una chimenea, las ventanas estaban intactas, y se notaba que alguien la cuidaba, aunque estuviera tan lejos de todo.

Alejandro detuvo el motor y ambos se quedaron unos segundos en silencio, mirando aquel lugar que parecía guardar secretos antiguos. El aire allí era distinto, más frío, más cargado, como si el mismo lugar supiera la importancia de lo que iba a suceder entre esas paredes.

—¿Estás lista? —preguntó él, mirándola.

Ella asintió, tragando saliva por la tensión, pero con la mirada firme.

—Contigo, sí.

Bajaron del coche y caminaron hacia la puerta pesada de madera. Antes de que pudieran siquiera tocar el picaporte, esta se abrió de par en par. En el umbral apareció una mujer. Era mayor, de cabello blanco recogido con severidad, rostro marcado por los años y por muchas experiencias, pero con unos ojos oscuros, vivos y agudos, que escrutaron a ambos con una intensidad que hizo que se les erizara la piel. No parecía sorprendida de verlos. Al contrario, sonrió levemente, una sonrisa que mezclaba tristeza y satisfacción.

—Por fin han llegado —dijo ella, con una voz que sonaba rasposa pero fuerte, una voz que había hablado mucho y escuchado más—. Los estaba esperando. Pasen, pasen. Hace mucho tiempo que esta casa no recibe a personas que traen consigo tanto peso y tantas preguntas.

Entraron. El interior era amplio, lleno de muebles antiguos, libros por todas partes, mapas colgados en las paredes y un olor fuerte a madera y a tiempo pasado. La mujer los hizo sentarse junto a una chimenea enorme donde ardía un fuego que iluminaba todo el salón con luces y sombras danzantes. Ella se sentó frente a ellos, entrelazó sus manos arrugadas sobre su regazo y miró directamente a Alejandro.

—Te pareces mucho a él —dijo de repente, dejando a Alejandro helado en su sitio—. Tienes sus mismos ojos claros, esa misma forma de mirar que parece verlo todo, esa calma que asusta un poco porque nadie sabe qué estás pensando realmente.

—¿A quién me parezco? —preguntó Alejandro, con la voz tensa, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.

La mujer suspiró, mirando las llamas un momento antes de volver a fijarse en él.

—A tu padre, Alejandro. O mejor dicho... al hombre que te entrenó, al hombre que fue tu maestro, al hombre que te enseñó todo lo que sabes, aunque ahora no lo recuerdes claramente.

Un silencio pesado cayó sobre la sala. Elena miró a Alejandro con los ojos muy abiertos, sorprendida también por aquella revelación que ella misma no conocía. Alejandro se quedó quieto, inmóvil, sintiendo cómo el suelo parecía moverse bajo sus pies.

—¿Mi padre? —repitió él, casi en un susurro—. Yo... yo no recuerdo nada de él. Me dijeron que murió cuando yo era muy pequeño. Que no sabía nada.

La mujer negó con la cabeza lentamente, con una expresión de lástima y dureza a la vez.

—Te dijeron lo que convenía que supieras. Te borraron el pasado, Alejandro. Te construyeron una vida nueva, tranquila, lejos de todo, porque eras demasiado valioso para arriesgarte, pero también demasiado peligroso si te usaban en contra de lo que ellos querían. Pero tú eras el mejor. El mejor de todos.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, y sus ojos brillaron con una intensidad nueva, aterradora y fascinante.

—Tú no eras solo alguien que sabía cosas, hijo mío. Tú eras el mejor operativo que ha tenido esta organización. El más rápido, el más hábil, el más frío cuando tenía que serlo, el más leal a su código. Eras un arma perfecta, entrenada desde niño, educada solo para una cosa: cumplir misiones que nadie más podía hacer. Y lo hacías. Siempre lo hacías. Hasta que llegó la misión que lo cambió todo.

Alejandro sentía que le faltaba el aire. Cada palabra que ella decía encajaba con algo que sentía en lo más profundo, con esas sensaciones que siempre había tenido, con esa facilidad que tenía para resolver problemas, para entender a la gente, para controlarse a sí mismo y a lo que lo rodeaba. Todo lo que él creía que era solo su forma de ser... era en realidad un aprendizaje, una formación profunda que estaba grabada en su cuerpo y en su mente, aunque su memoria consciente no pudiera acceder a ello.

—¿Y por qué estoy aquí ahora? —preguntó él, luchando por mantener la calma, aunque todo su mundo se estaba desmoronando y reconstruyendo al mismo tiempo—. ¿Por qué me sacaron de ahí, me dieron una vida tranquila, un bar, un nombre que no sé si es el mío?

—Porque te negaste a matar —dijo la mujer con total sencillez, como si esas palabras fueran la llave de todo—. Te enviaron a eliminar a una persona, alguien que consideraban un peligro, y tú... tú descubriste que esa persona era inocente. Y te negaste. Desobedeciste la orden más importante que tenías. Y al hacerlo, te convertiste en un traidor para ellos, y en un hombre demasiado peligroso para dejar libre, pero demasiado valioso para eliminar. Así que decidieron guardarte. Olvidarte. Reescribir tu vida. Esperar a que pasara el tiempo, a que todo se calmara, y a que tú... volvieras a ser necesario.

Miró hacia la ventana, hacia la oscuridad que crecía fuera, y luego volvió a mirarlo, con gravedad absoluta.

—Y eso es lo que está pasando ahora, Alejandro. Javier no vino aquí por casualidad. Javier es el nuevo jefe de la organización. Y ha decidido que ya es hora de que vuelvas. Necesitan tus habilidades, tu mente, tu forma de actuar. Y harán lo que sea para recuperarte. Usarán tu bar, a tus amigos, a Elena... todo lo que quieras, todo lo que ames, hasta que aceptes volver a ser quien eras realmente.

Elena dio un paso hacia él, aterrada, agarrándose del brazo de Alejandro.

—¿Entonces... todo esto? ¿Yo, el bar, los vecinos... todo es parte del plan para que tú vuelvas? —preguntó ella con voz temblorosa.

La mujer asintió lentamente.

—Todo. Incluso que tú te enamoraras de él... ellos sabían que eso pasaría. Sabían exactamente cómo eras, cómo era él, y qué pasaría si se encontraban. Todo estaba calculado. Pero... —hizo una pausa, y una sonrisa misteriosa apareció en sus labios— hubo algo que no calcularon bien.

Alejandro, que había permanecido en silencio procesando el golpe más grande de su vida, alzó la vista, sus ojos claros brillando con una mezcla de ira, dolor y esa fuerza imparable que siempre lo había caracterizado, la que ahora entendía de dónde venía.

—¿Qué cosa? —preguntó él, con una voz que sonaba peligrosa, profunda, una voz que no era la del dueño de un bar, sino la del hombre que ella había descrito.

—Que tú, aunque no recordaras nada... seguías teniendo tu propia voluntad —respondió la mujer con orgullo—. Que tú, incluso sin saber quién eras, elegiste ser bueno, elegiste proteger, elegiste amar. Y eso... eso es algo que ellos nunca pudieron controlar, ni entrenar, ni borrar. Esa es tu verdadera fuerza, Alejandro. Y eso es lo que les va a destruir.

De repente, un estruendo fuerte sacudió la casa. Las puertas de entrada se abrieron de golpe, derribadas, y se escucharon pasos rápidos y pesados entrando. La mujer se puso de pie de un salto, ágil para su edad, y miró a Alejandro con urgencia.

—Han llegado. Sabían que vendrías. No tenemos tiempo. Escúchame bien: si quieres salvar tu vida, la de Elena y todo lo que has construido... ahora tienes que volver a ser el hombre que fuiste. Pero esta vez... juega tú tus propias reglas.

Alejandro se puso de pie también, se pasó una mano por el cabello, enderezó su postura, y en ese momento, Elena vio el cambio más impresionante de todos. El hombre dulce, tranquilo y reservado que ella conocía... desapareció. En su lugar quedó alguien más alto, más fuerte, más duro. Alguien que miraba a la puerta donde entraban los hombres de Javier, no con miedo, sino con la calma absoluta de quien sabe que es el más peligroso de todos los presentes.

Tomó la mano de Elena con firmeza, apretándola con fuerza.

—Quédate detrás de mí —le dijo, y su voz ya no tenía dudas, ni miedos, ni preguntas. Tenía mando, autoridad y una determinación absoluta.

Cuando los hombres armados entraron en la sala, apuntando directamente hacia ellos, Alejandro dio un paso al frente, se interpuso entre ellos y Elena, y sonrió. Una sonrisa fría, calculada y letal.

—Bienvenidos —dijo él, con esa voz que cortaba el aire—. Me estaban esperando, ¿verdad? Pues aquí estoy. Y ahora... empieza el juego de verdad.

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