En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
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Capítulo 22: La Llegada del Juez y la Travesía de los Cómplices
El juez de Caracas llegó al puerto al atardecer del cuarto día, a bordo de una goleta de la armada que enarbolaba el pabellón de la República, y que entró en la bahía con la lentitud de los barcos que saben que están entrando en un sitio donde los están esperando. Se llamaba doctor Hermenegildo Castellanos, tenía cincuenta y ocho años, era un hombre seco, de barba canosa, ojos de lince, y una reputación que lo precedía: la de ser el juez más recto de toda la Capitanía General, y la de no haberle temblado nunca la mano a la hora de dictar sentencia, cayera quien cayera, doliera a quien le doliera. Venía solo, sin familia, con un secretario, dos escribientes, y un pequeño cofre de hierro donde guardaba los sellos, las plumas, y el libro de leyes que siempre llevaba consigo. Se había instalado, según le habían dicho al gobernador, en el hostal de doña Pancha, que era el mejor del pueblo, y ya había enviado, antes de desembarcar, un mensaje a la casa de los Villalobos, en el que les comunicaba que los recibiría, en audiencia formal, al día siguiente, a las diez de la mañana, en el salón de actos de la Capitanía del Puerto.
En la casa de los Villalobos, la noticia cayó como una bendición. La Condesa, que llevaba tres días sin dormir, se vistió con su traje de los domingos, se puso las perlas de su madre, y se sentó en el salón, frente a la chimenea, a repasar, una por una, las pruebas que tenían, mientras Luis y Clara, a su lado, leían en voz alta, otra vez, los testimonios de los pescadores, la declaración de Melchora, el documento de Rodrigo, y el mapa del barco. La Condesa, de cuando en cuando, asentía con la cabeza, y les corregía algún detalle, y les decía: "Eso, hijos, eso es lo que le tienen que decir al juez. Pero no se lo digan todo de una vez, díganlo de a poco, que los jueces son como los gatos: se asustan cuando les dan la comida de golpe".
A la misma hora, pero al otro lado del pueblo, en la casa de los Arguelles, Adrián Villalobos estaba reunido con sus hombres. Habían pasado tres días desde que les había dado la orden de conseguir un barco rápido, y la respuesta acababa de llegar en un mensaje cifrado: el bergantín se llamaba "El Halcón", había zarpado de La Habana dos semanas atrás, y llegaría al puerto, si el viento lo acompañaba, en una semana, tal vez diez días. Adrián, cuando leyó el mensaje, se levantó de la silla, se sirvió un vaso de ron, y se lo tomó de un trago, mientras sus hombres, los tres que le quedaban —los otros dos habían desertado al saber que el juez venía de Caracas—, lo miraban con la cara larga de los que saben que se han metido en un lío del que no van a salir.
—Escuchen, muchachos —les dijo Adrián, con la voz ronca de un hombre que ha estado bebiendo toda la noche y que ya no distingue la noche del día—. El barco llega en diez días. El juez llega mañana. Eso quiere decir que tenemos diez días para hacer lo que tengamos que hacer, y que lo que tengamos que hacer, tenemos que hacerlo antes de que el juez se entere de lo que estamos tramando. ¿Me entendieron, o se los explico otra vez?
Los tres se miraron, y el más viejo, un tal Roque, que era el que había remado en el bote la noche de la muerte de Rodrigo, le respondió, con la voz de un hombre que ha llegado al límite:
—Adrián, no le vamos a hacer nada a nadie. Tú estás loco, y si quieres seguir loco, sigue tú solo. Pero nosotros, no. Nosotros tenemos familias, tenemos hijos, y no vamos a matar a un Villalobos ni a una condesa ni a un juez de Caracas, solo porque tú no quieras perder una casa que no te pertenece. Así que toma tu decisión, y déjanos en paz.
Adrián lo miró, lo midió, y antes de que Roque pudiera reaccionar, sacó la pistola que llevaba en la cintura, le apuntó a la cabeza, y le disparó. El disparo sonó seco, corto, y los otros dos, que estaban sentados al lado, se levantaron de un salto, pero Adrián, que ya tenía la segunda pistola en la mano, les dijo, con la voz de un hombre que ha cruzado una línea que no tiene vuelta atrás:
—El que se mueva, se muere. Y el que se quede, se salva. Así de fácil, muchachos, así de fácil. ¿Estamos?
Los dos se quedaron quietos, y Adrián, mientras se limpiaba la pólvora de las manos con un pañuelo, les dio las instrucciones: uno tenía que ir al hostal de doña Pancha y matar al juez antes de que se acostara; el otro tenía que ir a la casa de los Villalobos, tirar una antorcha por la ventana del cuarto de la Condesa, y después salir corriendo. Adrián, mientras tanto, se quedaría en la casa, con la puerta cerrada, con un barril de pólvora en la cocina, y con un reloj en la mano, listo para hacerlo estallar todo si las cosas salían mal.
Los dos aceptaron, no porque quisieran, sino porque sabían que la única manera de salir vivos de aquella casa era obedecer. Salieron por la puerta de atrás, uno hacia el este, otro hacia el oeste, mientras Adrián, solo, con el reloj en la mano y la mirada perdida, les decía, en voz alta, mientras se servía otro vaso de ron, que la casa de los Villalobos había sido suya desde niño, que él había matado a su hermano porque no le había quedado más remedio, que el Diablo del Mar se lo había querido llevar todo, y que él, Adrián Villalobos, no era un hombre que se dejara quitar lo que era suyo.
Pero no contaba con que uno de los dos, el que había ido hacia el este, no tenía ninguna intención de matar al juez. Se llamaba Epifanio, tenía veintitantos años, era un muchacho del pueblo, y se había metido con los hombres de Adrián porque le debían dinero del juego, no por convicción. Cuando llevaba un par de calles andadas, se detuvo, miró a su alrededor, y se dio cuenta de que estaba a trescientos pasos de la casa de los Villalobos. Lo pensó un momento, respiró hondo, y en lugar de seguir hacia el hostal, dio media vuelta, y se dirigió, corriendo, a la casa de los Villalobos, porque sabía que si no llegaba a tiempo, la próxima vez que abriera los ojos, lo iban a encontrar flotando en la bahía con un tiro en la nuca.
Cuando llegó a la puerta, lo atendió el portero, que era un hombre viejo, y Epifanio, sin resuello, le dijo, con la voz entrecortada:
—Dígale a la Condesa, dígale a Luis, dígale a quien sea, que Adrián mandó a matar al juez esta noche, y que hay un hombre con una antorcha camino de esta casa. Dígales que me llamo Epifanio, y dígales que me dejen entrar, porque si me quedo en la calle, me matan.
El portero, que era un hombre leal, lo metió, llamó a la Condesa, llamó a Luis, y en cinco minutos, la casa se llenó de gente: la Condesa, Luis, Clara, los criados, y cuatro soldados del gobernador que el propio gobernador, previsor, había dejado en la casa para custodiar a la familia. Mientras tanto, en la calle, los guardias municipales, alertados por Luis, salieron a la caza del hombre de la antorcha, que fue detenido a dos cuadras de la casa, con la antorcha encendida, sin haber podido hacer daño a nadie.
A la misma hora, en el hostal de doña Pancha, el otro cómplice de Adrián, que se llamaba Faustino, estaba a punto de entrar en la habitación del juez con un cuchillo en la manga, cuando el propio juez, que tenía el sueño ligero y que había oído los pasos en el pasillo, abrió la puerta, lo enfrentó, y lo entregó a los guardias, sin un solo grito, sin un solo disparo, como si aquello fuera una diligencia más del día.
A las diez de la noche, Adrián Villalobos estaba solo en la casa de los Arguelles, con el barril de pólvora en la cocina, con el reloj en la mano, y con la certeza de que sus hombres lo habían traicionado. Se tomó el último vaso de ron, miró el reloj, y cuando faltaban cinco minutos para las once, se levantó, se puso la casaca, y en lugar de hacer explotar la casa, se sentó en el sillón, con la pistola en la mano, esperó a que el reloj diera las once, y se pegó un tiro en la sien. El disparo fue más fuerte que el de la tarde, y la casa entera se estremeció, pero no explotó, porque la pólvora estaba en el barril, no en la pistola, y el barril, a pesar de todo, se quedó en su sitio, como si el destino, por una vez, hubiera decidido que ya había habido suficiente muerte en el puerto.