Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.
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capitulo 22
La tarde del viernes se extinguía tiñendo de un gris plomizo los ventanales de la suite principal. En el exterior de la propiedad, la bruma portuaria ascendía densa, pero en el ala infantil de la mansión, el microclima artificial mantenía una temperatura gélida que contrastaba con la intensidad latente entre sus habitantes. El suelo de granito negro pulido de la estancia estaba parcialmente cubierto por una inmensa alfombra de lana rústica color arena, un elemento que Leonela había exigido mudar para resguardar las rodillas de su hijo del rigor de la piedra. El olor dulzón de las rosas silvestres del salón se mezclaba aquí con el talco, el chocolate y el persistente sándalo que Gael Vancini dejaba como rastro perimetral cada vez que cruzaba los pasillos.
Leonela permanecía apoyada contra el marco de la puerta de madera noble, observando la escena con una fijeza gélida que, poco a poco, amenazaba con resquebrajarse. Vestía un suéter de punto de cachemira color crema, de un cuello desbocado que caía con suavidad líquida sobre su hombro derecho, dejando al descubierto la palidez tersa de su piel. Llevaba unos pantalones ceñidos que delineaban el recorrido rítmico de sus caderas felinas. El frío del aire acondicionado operaba en su anatomía con la misma crudeza biológica de los días previos: el tejido fino de la cachemira se adhería a la firmeza de su pecho, marcando sus pezones con una fijeza sensual que delataba su agitación interna, un estado de alerta que ya no respondía al miedo, sino a la fascinación salvaje que el dueño de la casa empezaba a provocarle.
En el centro de la alfombra, el choque visual desafiaba cualquier balance de su lógica.
Gael Vancini, el titán de las finanzas navieras, el hombre cuya resolución mortal hacía temblar a la junta directiva en el piso cincuenta y nueve y cuya fuerza brutal y eficiente había desmantelado monopolios enteros en el mercado negro, estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la lana arena. Se había despojado de la chaqueta de sastre negra y de la corbata; su camisa de lino gris oscuro permanecía desabrochada en los tres primeros botones, exponiendo la potencia masiva de su pecho firme y los vellos oscuros que se erizaban con la estática del dormitorio. Las mangas, remangadas de forma desordenada hasta los codos, revelaban los tendones tensos y los antebrazos curtidos que pocas horas antes firmaban el fideicomiso encriptado del muelle 14.
Santiago, inmune al pánico perimetral que el gigante inspiraba en la ciudad, gobernaba la escena con su agudeza infantil. Había desplegado una hilera de dinosaurios de plástico y bloques de madera clara entre las rodillas del lobo gris.
—Señor Gael, el tiranosaurio azul no puede cruzar el puente de hierro porque los barcos grandes están pasando —explicaba el niño, moviendo el juguete con un galope rítmico sobre los dedos largos y fuertes del hombre—. Tienes que sostener la torre con tu mano de gigante para que no se caiga con la niebla.
Gael no emitió una sola réplica corporativa. Con una lentitud tortuosa que fascinó a Leonela, el titán extendió su mano derecha —aquella mano curtida por el control de las terminales aduaneras— y rodeó el pequeño bloque de madera con una suavidad implacable. Sus dedos fuertes, capaces de estrangular el crédito de un rival comercial como Mauricio Ross, se movieron con una precisión milimétrica para no derribar la estructura barata del cachorro. Sus ojos grises, fijos y fúnebres, habían abandonado la frialdad quirúrgica de las pantallas de alta tecnología; había una devoción oscura en su brillo, una fijeza pesada que se suavizaba al registrar la confianza absoluta que el niño depositaba en su armadura de granito.
Para Leonela, ver al monstruo que había limpiado el jardín de invierno arrodillado en la arena de su hijo provocó un vuelco profundo en su vientre. Una pulsación líquida, caliente y pecaminosa la recorrió por completo, erizándole la piel bajo la cachemira crema. Su mente continuaba en guardia, recordando la trampa planeada de catorce meses y las transacciones públicas de su cautiverio de cristal, pero su cuerpo la traicionaba de nuevo, programando una respuesta de ternura y deseo absoluto ante las grietas que acababan de abrirse en la crueldad de su esposo. El guerrero no estaba fingiendo ante las cámaras de la prensa de la legitimidad; el lobo gris estaba cediendo su territorio ante la pureza del pequeño león.
Santiago levantó la vista, detectando la presencia de su madre en el umbral, y sonrió con sus ojos claros muy abiertos.
—¡Mamá, mira! El señor Gael sabe cómo arreglar los muelles de madera mejor que el tío Julián. Él no rompe los bloques cuando se enoja —exclamó el niño con una nitidez humanizada que cortó la estática del aire, dejando caer una comparación que golpeó el centro de la estancia.
La mención de la hiena de Julián congeló por un segundo el movimiento de las manos de Gael. El gigante levantó sus ojos grises, clavando su mirada devoradora en la silueta de Leonela. El magnetismo animal entre los dos adultos se reactivó de inmediato, una descarga de adrenalina pura que cruzó la distancia de la alfombra. El escrutinio de Gael recorrió de forma virtual el hombro descubierto de la mujer, bajando por la agitación rítmica de su respiración entrecortada hasta detenerse en el punto donde la seda de su piel reaccionaba a su calor abrasador. Los celos posesivos que el lobo ocultaba tras su rigidez corporativa se disolvieron momentáneamente en una promesa de resguardo absoluto.
Gael se puso de pie con una zancada lenta, recuperando su estatura imponente de titán frente a la penumbra de la suite infantil. Santiago continuó jugando con los bloques, satisfecho por la tregua táctica que había diseñado.
Gael avanzó hacia Leonela, deteniéndose a escasamente un milímetro de su silueta, obligándola a respirar el aroma a sándalo y tabaco caro que emanaba de su camisa desabrochada. La proximidad física volvió a ser asfixiante, un suspenso sensorial donde el orden de la mansión se perdía. El gigante extendió una mano larga y, con una suavidad que contrastaba con su envergadura masiva, rozó con el dorso de sus dedos curtidos la línea del cuello pálido de ella, subiendo de forma tortuosa hasta la base de su oreja.
El contacto biológico encendió el incendio íntimo que compartían desde la gala. La piel erizada de Leonela vibró bajo el tacto del lobo, una confesión física de sumisión que su orgullo no pudo camuflar.
—Tu hijo busca balances de confianza en los hombres que habitan esta casa de piedra, Leonela —susurró Gael. Su barítono profundo bajó a una nota peligrosamente suave, un siseo bajo que resonó directo en las costillas de la mujer—. Diagnosticó la crueldad de mi imperio el primer día, pero esta tarde me usó como el cimiento de su puente. No soy el monstruo que tu pasado textilero necesita para justificar tu distancia.
Leonela levantó el mentón, sosteniendo la fijeza de sus ojos oscuros, aunque el pulso rápido en su garganta delataba que sus sentidos se habían rendido ante la cercanía de su pecho firme.
—El juego de mi hijo no absuelve tu trampa planeada, Vancini —replicó ella, su voz un hilo de seda afilado que cortó la distancia entre sus labios—. Vi las grietas en tu granito hoy, es verdad. Ver al guerrero en la alfombra es un choque que mis balances no previeron. Pero no pretendas que un bloque de madera clara disuelva la red de acero con la que monitoreas mi respiración. Seré tu esposa el martes ante los jueces de comercio, pero en este espacio íntimo, las garras de la leona siguen alerta ante el hambre de tu mirada devoradora.
Gael sonrió con una mueca sombría y cínica, una expresión de devoción oscura que demostró que el orgullo inquebrantable de la mujer era el único activo que no podía comprar con los millones de su naviera. Su pulgar presionó sutilmente la mandíbula de ella, registrando el calor abrasador de su piel antes de retirar la mano con una lentitud que dejó a Leonela ardiendo en medio del gélido invierno de la suite.
—La simetría de mi casa ahora incluye el desorden de tus dinosaurios, leona —sentenció Gael, su barítono recuperando la rigidez cortante mientras se acomodaba las mangas de la camisa gris—. El equipo táctico perimetral reporta calma en el muelle 14. Asegúrate de que el niño descanse; el sábado inicia el traslado oficial y requiero que tu frente unido esté impecable ante las pantallas del puerto.
la silueta de Gael cruzando el umbral hacia el despacho del ala norte, mientras el aroma a flores silvestres y sándalo permanecía flotando sobre la alfombra de lana como la firma invisible de un pacto que ya no pertenecía únicamente al papel de los abogados, sino a las grietas irreversibles que el pequeño inquisidor había abierto en la armadura del hombre más temido de la ciudad.