Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 18: Risas, enfados y mucha tensión
La relación entre Li Longjun y Roxana ya no se parecía a nada que hubiera existido antes entre un emperador y una mujer. Ya no había distancias frías, ni formalidades estrictas, ni miradas respetuosas y lejanas. Ahora, lo que había entre ellos era algo vivo, intenso, lleno de matices: pasaban de la risa al enfado en cuestión de minutos, discutían por cosas que a otros les parecerían sin importancia, se miraban con una intensidad que hacía que el aire a su alrededor se volviera pesado y caliente, y vivían momentos que iban desde lo más gracioso hasta lo más cargado de deseo.
Era como si dos fuerzas iguales y poderosas chocaran y se atrajeran sin parar, creando una energía que cualquiera podía sentir con solo acercarse a ellos.
Romances que salen mal y risas compartidas. Li Longjun se tomaba muy en serio su reto: ganarse su corazón con hechos, no con su corona. Y como no tenía ni idea de cómo ser romántico sin usar su poder, intentaba aprender, probaba cosas que había escuchado o leído… y casi siempre terminaba en desastre, provocando las únicas risas verdaderas y libres que él escuchaba en todo el mundo.
Un día, había decidido que iba a recitarle poesía. Había buscado los versos más hermosos, los más antiguos, los que hablaban de amores eternos y bellezas sin igual. Se había aprendido todo de memoria, se había puesto sus ropas más elegantes, había preparado un rincón del jardín con flores y cojines, y esperó a que ella llegara, seguro de que esa vez la conquistaría por completo.
Cuando Roxana apareció, con su túnica sencilla y las manos manchadas de tierra por haber estado trabajando en el huerto, él se puso de pie despacio, le hizo una reverencia exagerada —que había copiado de los libros— y empezó a recitar con voz profunda y solemne:
—Oh, luz de mis ojos, estrella que brilla más que todas las demás… Tu belleza hace que las flores se marchiten de vergüenza, que el sol se esconda para no competir contigo, que los ríos paren su curso para mirarte…”
Ella se quedó parada, escuchando, con los ojos muy abiertos, sin decir nada. Él seguía y seguía, diciendo cosas más y más exageradas, comparándola con diosas, con la luna, con todo lo que hubiera en el cielo y en la tierra. Cuando terminó, se quedó mirándola, esperando verla emocionada, con lágrimas en los ojos o algo parecido.
Pero Roxana soltó una carcajada fuerte, clara y sonora, que resonó por todo el jardín. Se tapó la boca con la mano, pero no podía parar de reír, hasta que le saltaron las lágrimas de risa.
—¿Qué pasa? —preguntó él, confundido y un poco ofendido—. ¿No son hermosos estos versos? Son los mejores que hay. Dicen que eres la cosa más maravillosa que existe.
Ella se secó los ojos, respiró hondo para calmarse y le dijo, todavía riéndose:
—Li Longjun, por favor… ¿De verdad crees que yo soy como eso? ¿Una diosa que hace que los ríos se paren y las flores se mueran? ¡Si hace un momento estaba sacando malas hierbas y me he ensuciado las mangas!
Se acercó a él, le dio un golpecito en el pecho con el dedo y añadió con ternura:
—Es muy bonito que lo intentes, de verdad. Pero esas palabras son vacías. Dicen cosas que no son verdad. A mí no me gustan las mentiras, ni siquiera si son poesía. Si quieres decirme algo bonito, dímelo con tus propias palabras, aunque sean sencillas. Dime que te gusta cómo pienso, o que te gusta cuando explico mis ideas, o que te gusta cuando me río. Eso valdrá mucho más que todos los versos del mundo.
Otra vez, él había fallado. Pero al verla reír así, al ver esa alegría brillante en su rostro, no pudo sentirse mal. Se rio también, consigo mismo, y admitió:
—Tienes razón. Soy un desastre en esto. Pero te prometo que seguiré intentándolo. Hasta que aprenda a hacerte sonreír sin parecer un tonto.
Otra vez intentó prepararle una cena romántica, él mismo, sin ayuda de cocineros. Trajo ingredientes, se puso delantal, se manchó harina hasta el pelo, quemó la carne, puso demasiada sal en la sopa y mezcló sabores que no tenían nada que ver unos con otros. Cuando ella probó la comida, hizo una mueca graciosa, escupió un poquito en silencio y le dijo con cariño:
—Majestad… mejor sigue gobernando el imperio, y déjame a mí la comida. Creo que el mundo está más seguro con tus leyes que con tus guisos.
Y así, una y otra vez, sus intentos de ser romántico terminaban en risas, en bromas, en momentos divertidos que solo hacían que se entendieran mejor y que se sintieran más cercanos. Porque ella no se reía de él, sino con él. Y él no se enfadaba, sino que aprendía, disfrutando de cada momento, aunque fuera fallando.
Discusiones por tonterías que se vuelven serias. Pero no todo era risa. También había enfados, discusiones, momentos en los que parecía que no se entendían en absoluto, y todo por cosas que, vistas desde fuera, eran tonterías.
Por ejemplo, discutían por el camino que debían tomar para ir a ver unas obras. Él quería ir por el camino más largo pero más cómodo; ella quería ir por el camino corto pero con piedras. Discutían sobre qué color quedaba mejor en una pared, sobre si era mejor darle más agua a una planta o menos, sobre si un perro que pasaba por ahí era más bonito que otro.
Y esas discusiones, que empezaban como algo sin importancia, poco a poco se iban haciendo más serias, más intensas, porque en el fondo no discutían por el camino o por el color… discutían por quién tenía la razón, por demostrar que su forma de ver las cosas era la correcta, por esa lucha de igualdad que siempre había entre ellos.
Una tarde, discutieron porque él quería que ella usara un paraguas para protegerse del sol, y ella decía que no le hacía falta, que le gustaba sentir el calor.
—¡Es por tu bien! —decía él, con las cejas fruncidas, serio como si estuviera hablando de una guerra—. ¡No quiero que te quemes, ni que te dé dolor de cabeza! ¡Yo lo mando, y digo que lleves el paraguas!
—¡Pues yo no lo llevo! —respondía ella, plantada en medio del camino, con las manos en la cintura, desafiante—. ¡Yo soy dueña de mi propia cabeza y de mi propia piel! ¡Y no necesito que nadie me diga qué tengo que hacer, ni siquiera tú! ¡Si te gusta mandar, manda a tus soldados, pero a mí déjame tranquila!
—¡Es que eres terca! —decía él, casi gritando, rojo de la rabia y de la impotencia—. ¡Siempre tienes que llevar la contraria! ¡Siempre tienes que hacer lo contrario de lo que te digo! ¡¿Por qué no puedes hacerme caso por una sola vez?!
—¡Porque tú lo haces parecer una orden! —le gritaba ella también, acercándose a él, tan cerca que casi se tocaban—. ¡Y yo no obedezco órdenes, Li Longjun! ¡Ni del Emperador, ni del hombre que amo! ¡Yo decido lo que hago!
Se quedaron callados de golpe, los dos respirando fuerte, mirándose a los ojos con furia. Y entonces, se dieron cuenta de lo que ella había dicho: “ni del hombre que amo”.
El enfado se fue en un segundo. La rabia se convirtió en sorpresa, luego en alegría, luego en esa tensión que siempre estaba ahí, esperando salir. Él bajó la voz, suave y profunda:
—¿Me amas? ¿Lo has dicho de verdad?
Ella se dio cuenta también, se sonrojó un poquito —algo que muy pocas veces pasaba—, dio un paso atrás y respondió con voz firme, aunque un poco más baja:
—He dicho… que no obedezco órdenes. Y que no me digas qué hacer.
Y se marchó caminando rápido, sin mirar atrás, dejándolo allí parado, con una sonrisa tonta en la cara, olvidado ya del paraguas, pensando solo en esas palabras que se le habían escapado.
Discutían por tonterías, sí. Pero esas discusiones eran su forma de quererse, su forma de probarse, su forma de decirse: “Aquí estoy, yo soy yo, y tú eres tú, y nos queremos aunque seamos diferentes”.
Miradas que dicen todo sin palabras. Pero lo que más había entre ellos, lo que más se sentía, lo que más hacía que el aire vibrara y que todos los que estaban cerca se dieran cuenta, eran esas miradas. Esas miradas largas, profundas, intensas, que decían todo lo que las palabras no podían decir.
Li Longjun la miraba siempre. La miraba cuando ella hablaba, cuando ella escuchaba, cuando ella caminaba, cuando ella comía, cuando ella estaba seria y cuando estaba alegre. Y cuando la miraba, sus ojos oscuros se llenaban de un brillo especial, de un deseo que no ocultaba, de una admiración infinita. La miraba como si ella fuera lo único que existía en el mundo, como si quisiera grabar cada rasgo de su cara en su memoria para siempre, como si quisiera comérsela con los ojos.
Y ella… ella también lo miraba. Al principio, lo hacía con curiosidad, con retos, con preguntas. Pero ahora, sus miradas eran distintas. Cuando él no la veía, ella lo miraba con ternura, con cariño, con esa admiración que sentía por todo lo que él estaba haciendo, por todo lo que él estaba cambiando por ella. Y cuando sus ojos se encontraban… entonces pasaba algo más.
En esas miradas cruzadas, en esos segundos en los que se quedaban fijos el uno en el otro, sin decir nada, sin moverse, se decían todo: “Te quiero. Te deseo. Te necesito. Eres mío. Eres mía”.
Estaban en una reunión llena de gente, con ministros hablando de asuntos importantes, y de repente, sus miradas se encontraban al otro lado de la sala. Y en ese instante, todo lo demás desaparecía. Ya no había ministros, ni leyes, ni nada. Solo estaban ellos dos, conectados por esa mirada que lo decía todo. Y la tensión crecía, se hacía fuerte, casi tangible, como si pudieras tocarla con la mano, como si el aire se volviera más denso, más caliente, más cargado de sentimientos.
A veces, estaban sentados juntos en silencio, mirando el jardín o el cielo, y de pronto, él se giraba y la miraba. Ella sentía esa mirada, se giraba también, y se quedaban así, mirándose, sin hablar, durante minutos enteros. Y en esos minutos, pasaban mil cosas: deseo, miedo, amor, respeto, desafío.
Li Longjun se inclinaba un poquito hacia ella, muy despacio, y ella no se apartaba, pero tampoco se acercaba. Se quedaba ahí, dejando que él se acercara, dejando que el aire entre ellos se hiciera cada vez más pequeño, dejando que la tensión creciera hasta el límite. Y justo cuando él iba a tocarla, o a decir algo, o a acercarse más… ella se apartaba un poquito, sonreía con esa sonrisa traviesa que lo volvía loco y cambiaba de tema, o se levantaba para irse, dejándolo allí, con el corazón a mil por hora, con las ganas a flor de piel, con esa tensión que lo consumía y que lo hacía quererla más y más.
Esa tensión estaba en todas partes. Estaba en la forma en que se rozaban las manos por casualidad y se quedaban unos segundos más de lo necesario. Estaba en la forma en que él le acomodaba un mechón de pelo detrás de la oreja, muy despacio, con los dedos temblando un poco. Estaba en la forma en que ella se inclinaba para escucharlo mejor, dejando que él oliera su perfume, que sintiera su calor.
Era una tensión que mezclaba amor y deseo, amistad y pasión, respeto y ganas de poseerse. Una tensión que crecía día tras día, que se hacía más fuerte con cada risa, con cada discusión, con cada mirada. Una tensión que todos notaban, que todos veían, y que todos sabían que no podía durar mucho más así.
Porque Li Longjun ya había demostrado que estaba dispuesto a todo, que había cambiado, que la respetaba, que la amaba más que a nada. Y Roxana… ella ya no podía negar que lo amaba, que lo admiraba, que ese hombre que intentaba ser romántico y fallaba, que discutía por tonterías y que la miraba como si fuera un tesoro, se había ganado su corazón poco a poco, con hechos, con paciencia, con amor verdadero.
Y esa tensión que se podía tocar, esa mezcla de risas, enfados y deseos… estaba a punto de estallar. Estaba a punto de convertirse en algo más grande, más profundo, más definitivo. Porque el reto casi estaba ganado. Y cuando por fin ella le entregara su corazón por completo, todo ese amor, toda esa pasión, toda esa energía que habían estado guardando y alimentando durante tanto tiempo… se desbordaría, y nada podría detenerla jamás.