Alan Eduardo Porto es ciego, pero ve más lejos que cualquiera. Cuando entra como becario al departamento jurídico de una de las corporaciones más poderosas del país, sabe que tendrá que soportar las burlas, el sabotaje y los prejuicios. Lo que no imagina es que un choque en un ascensor lo pondrá frente al hombre que puede destruirlo… o poseerlo.
Rodolpho es el presidente de la empresa: implacable, arrogante, acostumbrado a que el mundo se doblegue ante él. Nunca nadie le había plantado cara. Hasta que apareció ese muchacho que no baja la cabeza, que no teme y que, sin siquiera proponérselo, despierta en él una obsesión que no logra controlar.
Entre ellos se enciende un juego peligroso de poder y deseo, donde cada acercamiento tiene un precio. Pero Alan carga un secreto y una promesa: sacar a su hermano menor de donde está, cueste lo que cueste. Y hay sombras del pasado dispuestas a todo con tal de arrebatárselo todo.
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Capítulo 22
Los dos estaban sentados a la mesa cuando oyeron abrirse la puerta.
—¿Alan? —llamó Gia, entrando y cerrando tras de sí.
—En la cocina —respondió él.
—Uy, qué rico huele a... —se interrumpió apenas entró en la cocina y vio a Rodolpho sentado allí—. ¿Qué está pasando? ¿Él durmió aquí?
Giovana se detuvo en la entrada de la cocina, con las llaves aún entre los dedos y los ojos muy abiertos, alternando la mirada entre las tazas de la mesa y la postura de Rodolpho.
Rodolpho no pareció incomodarse con su presencia y mantuvo la compostura. Se llevó la taza de café a los labios, dio un sorbo lento y la volvió a posar en la mesa antes de desviar la vista hacia su prima.
—Buenos días, Giovana —saludó Rodolpho—. Y sí, dormí aquí.
—Chicos, ¿qué está pasando? —preguntó Alan, sintiendo que el ambiente se ponía tenso entre Rodolpho y Giovana.
Rodolpho tocó la mano de Alan con cariño. El gesto no se le escapó a Giovana.
—Está todo bien, solo dame un minutito para hablar con Giovana.
Sin esperar a que Alan respondiera, se levantó y le pidió a Giovana que fueran a hablar.
—¿Qué crees que estás haciendo, Rodolpho? Alan no es ningún... en fin, no es como la gente con la que tú sales... —empezó ella.
—Lo sé, y no te preocupes, mis intenciones con él son las mejores.
Giovana se rio.
—Que te compre quien no te conozca, Rodolpho.
Giovana se aseguró de que Alan siguiera en la cocina antes de continuar.
—¿Hace falta que te recuerde que no sabes controlarte cuando te obsesionas? ¿Te acuerdas de Paola? ¿Y de Rafa? ¿Y de cuántos más les arruinaste la vida?
—Ahora es diferente. En esa época yo era joven e irresponsable...
—El problema es que ahora eres manipulador y controlador... Alan ya pasa por demasiadas cosas, no necesita un problema más, Rodolpho.
Rodolpho se acercó a Giovana.
—Tú sabes que eres la única persona a la que considero de mi familia biológica, y sabes que no te mentiría... Alan es especial y voy a hacer todo para protegerlo, y...
—Para tenerlo atado a ti para siempre, o hasta que te canses de él, o hasta que quede aterrado contigo.
Rodolpho suspiró. Giovana no entendía que él había cambiado, que ya no era la persona del pasado que había hecho cosas horribles creyendo que era amor.
—No te preocupes, Gia, voy a cuidar bien de él y de Gael también. Ya vas a ver.
Redujo aún más la distancia y le tomó las manos.
—Te prometo que no lo voy a lastimar...
—¿Y si lo lastimas?
—Seré el primero en apartarme.
Giovana todavía no tenía la certeza de si podía creerle, pero Rodolpho le pareció tan sincero y tan distinto de como era en el pasado.
—Voy a estar atenta.
Él sonrió de lado.
—Sé que lo harás.
Volvieron a la cocina. Alan seguía sentado a la mesa, pero no había tocado el café.
—¿Está todo bien? —preguntó Alan apenas percibió que los dos se acercaban.
—Todo perfecto, cariño... Giovana se preocupa mucho por ti y cree que no soy buena compañía —respondió Rodolpho de inmediato, con una sonrisa de lado.
Giovana apartó una silla y se sentó.
—A propósito, ¿qué historia es esa de que soy un imbécil, Giovana? —preguntó Rodolpho.
Giovana lo ignoró.
—No te hagas el desentendido, señor Rodolpho.
Alan no sabía si aquello le hacía gracia o si era algo por lo que debía preocuparse. Lo que sí sabía era que todo era muy raro y su cabeza, un caos. Había logrado entrar en el área jurídica de una empresa de alto nivel, había logrado que lo contrataran en planta —de acuerdo, no de una forma muy honrosa—.
Pero, encima, su jefe llegaba a su casa diciendo que estaba interesado en él y que lo necesitaba, y no para asuntos jurídicos...
Voy a terminar loco, pensó.
—¿Alan? ¿Alan? —lo llamó Giovana varias veces.
—¿Eh? —respondió él, arrastrado de vuelta a la realidad, y entonces su curiosidad habló más fuerte—: Cuando hablaste de tu primo, pensé que era el que vive en el sur...
—Sí, lo sé, pero... En fin... Mis tíos tuvieron a Rodolpho y, bueno... —miró a Rodolpho, que con un gesto breve le dio permiso para contarlo—. Bueno...
Rodolpho, que estaba junto a Alan, con los dedos deslizándose apenas por el hombro del muchacho en una caricia lenta, tomó la palabra, manteniendo el tono suave.
—Mis padres, los del apellido que llevo, me adoptaron. Y, cuando era adolescente, quise saber más sobre mi familia biológica, Alan. Fue en esa época que busqué mis orígenes y terminé conociendo a Giovana; entonces convivimos bastante durante un tiempo.
—Hasta que resultaste ser un imbécil...
Alan creyó que iban a pelear, hasta que Giovana y Rodolpho se echaron a reír.
Giovana se fue a su casa, mientras Rodolpho invitó a Alan a conocer el penthouse donde vivía.