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Reencarne Para Amar Por Primera Vez.

Reencarne Para Amar Por Primera Vez.

Status: En proceso
Genre:Multi-reencarnación / Reencuentro / Terror
Popularitas:561
Nilai: 5
nombre de autor: Joiss Martinez

Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.

Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.

Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.

NovelToon tiene autorización de Joiss Martinez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 3: El documento oculto.

El eco de la llamada cortada de Marcos Valdés seguía resonando en las paredes del consultorio. El silencio que siguió fue denso, interrumpido únicamente por el golpeteo constante de la llovizna contra el cristal.

—Un informe —murmuró Elena, mirando fijamente la pequeña mesa de centro donde solían sentarse sus pacientes—. Marcos estuvo aquí hace dos meses. Si dejó algo, tuvo que ser en un lugar donde la persona que limpió el archivo no pensara en buscar.

—Quien borró el expediente buscaba carpetas de papel y archivos en la computadora —dijo Gabriel, apoyándose contra el marco de la biblioteca—. Alguien con prisa. Si tu paciente era tan paranoico como dices, no te lo dejó en las manos.

Elena caminó hacia el diván de cuero. Se arrodilló sobre la alfombra y pasó la mano por la parte inferior de la estructura de madera. Nada. Se levantó y fue hacia la biblioteca de libros de psicología. Empezó a retirar uno a uno los tomos pesados de Freud, Jung y manuales de diagnóstico.

En la tercera repisa, detrás de una edición antigua sobre trastornos disociativos, sus dedos tropezaron con algo rígido.

Un sobre de manila doblado por la mitad, fijado a la parte posterior del estante con cinta adhesiva.

Elena tiró con cuidado. El sobre cayó sobre el escritorio con un golpe seco. Gabriel se acercó, inclinándose sobre el mueble para observar.

Al abrirlo, Elena extrajo un puñado de hojas impresas con el membrete de un laboratorio farmacéutico y varias fichas médicas con anotaciones hechas a mano. El título del documento principal le heló la sangre: «Proyecto Anmnesis: Protocolos de supresión de memoria traumática y focalización neurológica».

—Es una investigación médica —dijo Elena, hojeando las páginas a toda prisa—. Pero los métodos son... aberrantes. Utilizaban dosis altas de un compuesto no regulado para borrar recuerdos específicos en pacientes con estrés postraumático.

—Lee los nombres de los sujetos de prueba —interrumpió Gabriel, señalando con su dedo transparente el margen inferior de una de las fichas.

Elena bajó la vista. Entre una lista de códigos numéricos, reconoció dos nombres. El primero era Marcos Valdés. El segundo era un nombre que le hizo dar un vuelco al corazón.

Gabriel Vega.

—Gabriel... —dijo ella, levantando la mirada hacia él—. No eramos desconocidos antes de que te mandaran a matarme. Tú fuiste parte de este experimento.

El fantasma se congeló. Su rostro, habitualmente inexpresivo, se contrajo en un gesto de incredulidad.

—Yo no estuve en ningún laboratorio —dijo él, con la voz más rasposa de lo normal—. Yo era un militar retirado. Me reclutó la agencia de seguridad hace dos años.

—Según esta ficha, te ingresaron en este centro hace catorce meses —leyó Elena en voz alta, sintiendo que las piezas encajaban con aterradora precisión—. Te administraron el compuesto para borrar tu identidad previa y moldearte como un ejecutor sin empatía. Por eso no tenías registros de tu pasado.

Gabriel miró sus manos. La mancha de sangre en su pecho pareció brillar por un segundo con un matiz más oscuro.

—No me enviaron a matarte porque fueras una desconocida —susurró Gabriel, comprendiendo finalmente la verdad—. Me enviaron a matarte porque yo era la prueba viviente de lo que ese laboratorio hace. Y cuando te vi... la sustancia falló. El recuerdo de lo que me hicieron intentó salir a la superficie.

—Y por eso tu cerebro se paralizó —completó Elena—. Tu instinto no te detuvo por un milagro, Gabriel. Te detuvo porque la mentira que te habían construido se rompió en mil pedazos al ver a alguien vinculado a tu antigua vida.

La noche terminó de caer sobre la ciudad. Elena guardó todas las hojas del sobre en su bolso de mano. Sabía que quedarse en el consultorio era una imprudencia; si la persona que amenazaba a Marcos sabía que la información estaba allí, el edificio médico no tardaría en recibir visitantes indeseados.

—No podemos ir a tu departamento —advirtió Gabriel mientras ella apagaba la computadora—. Si tienen tus horarios, sabrán que es el primer lugar al que irías.

—Tengo un lugar —respondió Elena, poniéndose el abrigo—. La casa de mi tía en las afueras. Lleva deshabitada seis meses desde que se mudó al campo, pero aún conserva electricidad y agua. Nadie en mi entorno profesional conoce esa dirección.

Salieron del edificio por la puerta trasera que daba al estacionamiento de empleados, mientras que Gabriel caminaba a su lado sin producir el menor ruido sobre el asfalto mojado.

Tomaron un taxi en la avenida principal. Elena pidió al conductor que los dejara a tres calles de su destino para evitar dejar un rastro directo. Durante el trayecto, Gabriel permaneció en el asiento delantero, invisible para el conductor, pero proyectando una sombra constante en el espejo retrovisor que solo Elena podía percibir.

La casa de las afueras era una construcción modesta de una sola planta, rodeada por un jardín descuidado. Elena abrió la rejilla de hierro con una llave antigua y caminaron por el sendero de tierra hasta la entrada principal.

Una vez adentro, el olor a humedad y a mueble viejo los recibió. Elena encendió una pequeña lámpara en la sala y cerró las cortinas tupidas antes de dejar el bolso sobre la mesa de comedor.

—Aquí estaremos seguros por hoy —dijo Elena, dejándose caer en una silla. El cansancio físico y emocional la estaba consumiendo.

Gabriel se detuvo en el centro de la sala, observando las fotografías familiares colgadas en la pared.

—Hiciste bien en no estudiar psiquiatría farmacológica —comentó él, intentando aligerar la tensión—. Tus libros de psicología parecen bastante más inofensivos que lo que leí en ese sobre.

—La mente humana es frágil, Gabriel —contestó ella, mirándolo detenidamente—. Lo que te hicieron en ese laboratorio es una violación a la identidad. Borrar a una persona para convertirla en un arma... es un crimen peor que la muerte.

—Tal vez —dijo él, bajando la vista hacia la mancha de su camiseta—. Pero de no ser por eso, yo seguiría siendo el tipo que apretaba el gatillo sin hacer preguntas. Al menos ahora sé que no elegí este camino voluntariamente.

Elena sacó nuevamente las hojas y las extendió sobre la mesa.

—Marcos mencionó un "informe completo" —recordó ella—. Lo que encontramos en el consultorio son solo las fichas de los pacientes y las dosis. Falta la parte más importante: la lista de los inversores y la ubicación del laboratorio central.

—Si Marcos está huyendo, es porque tiene esa otra parte —aseguró Gabriel—. Tenemos que encontrarlo antes de que los hombres de la agencia lo hagan.

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