Josué Elian Morel solo quería empezar de nuevo.
Mudarse al Residencial Horizonte 9 parecía una buena idea... hasta que sus vecinos decidieron convertirlo en el principal sospechoso de absolutamente todo.
Una señora con demasiado tiempo libre, un anciano filósofo, un millonario excéntrico y una ilustradora que siempre aparece en sus peores momentos están convencidos de que oculta algo.
El problema es que Josué no es un villano.
Tiene muy mala suerte.
Aunque, siendo honestos...
ya está cansado de intentar explicarlo.
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Capítulo 22: Los Celos
El martes comenzó como cualquier otro.
El sol iluminaba los pasillos del Residencial Horizonte 9, el ascensor hacía sus habituales ruidos extraños y Doña Milagros ya estaba sentada en la recepción con una taza de café.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
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Noah llevaba apenas un día viviendo en el edificio, pero ya se había ganado la simpatía de varios vecinos.
Era educado.
Sonreía con facilidad.
Y siempre tenía una cámara colgada del cuello.
—Buenos días, Doña Milagros.
—Buenos días, joven.
—¿Puedo tomarle una fotografía?
Ella acomodó inmediatamente el cabello.
—Bueno... si insistes.
El clic de la cámara sonó.
Noah revisó la imagen y sonrió.
—Quedó muy bien.
Doña Milagros intentó ocultar su felicidad.
—Gracias... supongo.
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Más tarde, Aileen salió del edificio con una carpeta llena de ilustraciones.
Noah la vio desde la entrada.
—¡Aileen!
Ella giró.
—Hola.
—Voy al centro a tomar fotografías para un proyecto. ¿Te gustaría venir? Tal vez encuentres inspiración para dibujar.
Aileen dudó unos segundos.
—Suena bien.
Aceptó con una sonrisa.
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Desde el otro lado de la calle...
Josué acababa de salir de la panadería.
Llevaba una bolsa con pan recién horneado.
Justo entonces vio a Noah y Aileen caminando juntos.
Conversaban animadamente.
Reían.
Y se alejaban hacia el centro.
Josué sonrió.
—Qué bien... hicieron amistad.
Sin embargo...
Por alguna extraña razón...
Sintió un pequeño vacío en el pecho.
Sacudió la cabeza.
—No seas ridículo.
Siguió caminando hacia el edificio.
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En la recepción...
Doña Milagros observó la escena desde la ventana.
—Marta...
—¿Ahora qué?
—Creo que el fotógrafo invitó a salir a Aileen.
Marta miró hacia la calle.
—Tal vez solo van a caminar.
—¿Y si no?
—¿Y si sí?
Las dos guardaron silencio.
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Esa tarde...
Noah y Aileen recorrieron varios rincones de Puerto Celeste.
Él tomaba fotografías de edificios antiguos.
Ella hacía pequeños bocetos en su libreta.
—Nunca había visto la ciudad desde este ángulo —comentó Aileen.
—La cámara te obliga a mirar lo que normalmente ignoras.
Ella sonrió.
—Eso me gusta.
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Mientras tanto...
Josué intentaba trabajar en su computadora.
Pero no podía concentrarse.
Leía el mismo párrafo una y otra vez.
Hasta que Don Aurelio llamó a su puerta.
—¿Todo bien, muchacho?
—Sí...
Bueno, creo.
El anciano entró y se sentó.
—Cuando alguien responde "creo", normalmente no está bien.
Josué soltó una risa.
—¿Alguna vez has sentido algo raro... sin saber por qué?
Don Aurelio sonrió con calma.
—Más veces de las que puedo contar.
—Es extraño.
Hoy vi a Aileen con Noah.
Y... no sé.
Me sentí raro.
El anciano lo observó durante unos segundos.
Después sonrió con esa tranquilidad que siempre lo caracterizaba.
—Eso tiene un nombre.
—¿Cuál?
—Empieza con "c".
Josué frunció el ceño.
—¿Confusión?
Don Aurelio soltó una carcajada.
—No.
Empieza con "ce".
Josué abrió lentamente los ojos.
—¿Celos?
Don Aurelio no respondió.
Solo siguió sonriendo.
Eso bastó.
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Al caer la tarde...
Aileen regresó al edificio.
Traía una pequeña bolsa de papel.
Al entrar, encontró a Josué revisando el buzón.
—¡Hola!
Él levantó la vista.
—Hola.
—¿Cómo estuvo tu día?
—Bien.
¿Y el tuyo?
Ella sonrió.
—Muy divertido.
Noah conoce lugares increíbles para dibujar.
Además...
Me regaló esto.
Sacó de la bolsa una fotografía impresa.
Era una imagen de Aileen riendo mientras dibujaba frente a un viejo puente.
Josué la observó.
—Es una buena foto.
—¿Verdad?
La voy a enmarcar.
Ella siguió caminando hacia el ascensor.
Antes de entrar, se volvió.
—Otro día deberías venir con nosotros.
Creo que te gustaría.
Las puertas se cerraron.
Josué permaneció unos segundos mirando el ascensor.
Don Aurelio, que había visto toda la escena desde el pasillo, pasó a su lado.
—¿Y bien?
Josué suspiró.
—Creo que ya entendí la palabra que empezaba con "ce".
Don Aurelio soltó una risa.
—Lo bueno de descubrirlo...
Es que ahora puedes decidir qué hacer con ese sentimiento.
Josué levantó la mirada hacia el ascensor.
Por primera vez...
Se preguntó si estaba empezando a enamorarse de Aileen.
Muy bueno!