Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 14 : El precio del silencio
No sé quién llega primero.
Si el miedo...
o el sonido de aquellos pasos.
Azrael se aparta de mí con una rapidez que duele más de lo que debería. La distancia vuelve a instalarse entre nosotros, fría, correcta, como si el beso hubiera sido un error que ambos intentáramos esconder antes de que el mundo lo descubriera.
—Vístete y sal por la puerta del este.
Lo miro sin entender.
—¿Y tú?
—Yo me ocuparé del resto.
—Azrael...
Él levanta la vista. Por primera vez desde que lo conozco, parece pedirme algo sin pronunciar una sola palabra.
Confía en mí.
No sé por qué...
pero lo hago.
Me marcho.
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El pasillo está vacío. Camino deprisa, aunque todavía siento el corazón golpeándome el pecho con una fuerza ridícula. Me llevo dos dedos a los labios. No debería hacerlo.
Y, sin embargo...
lo hago.
Todavía puedo recordar la calidez de aquel instante.
—Así que aquí estabas.
La voz de Gabriel me hace detenerme en seco. Levanto la cabeza y lo encuentro apoyado contra una columna, con los brazos cruzados. No parece enfadado.
Pero tampoco tranquilo.
—Te estaba buscando.
Intento sonreír.
—Pues ya me encontraste.
Él me observa durante unos segundos.
Demasiados.
—¿Ocurre algo?
—¿A mí?
—Sí.
—No.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
Gabriel suspira.
—Mientes fatal.
Desvío la mirada.
—Estoy aprendiendo.
—No lo suficiente.
Quiero responder con una broma.
No sale.
Él da un paso hacia mí. Después otro, hasta quedar justo enfrente.
—Tienes una pregunta atravesada en la garganta.
Parpadeo.
—¿Tan evidente es?
—Solo para quien te conoce.
Bajo la vista.
No puedo contarle lo que pasó. No porque no confíe en él, sino porque siento que ese momento ya no me pertenece solo a mí.
—Gabriel...
¿Quién era yo antes de morir?
Su expresión cambia.
Muy poco.
Pero cambia.
—Sigues siendo Nirvana.
—No respondas lo que no pregunté.
Él sonríe con tristeza.
—Ojalá pudiera.
—Siempre dicen lo mismo.
"Es muy pronto."
"Algún día."
"Después."
Estoy cansada de vivir rodeada de respuestas incompletas.
Gabriel permanece en silencio durante unos instantes. Cuando vuelve a hablar, dice algo que no esperaba.
—¿Confías en él?
Levanto la cabeza de golpe.
No necesito preguntar de quién habla.
—No lo sé.
Y esa es la verdad.
No sé si confío en Azrael. Solo sé que, cuando estoy cerca de él, mi corazón recuerda cosas que mi memoria olvidó.
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Esa noche no consigo dormir.
Otra vez.
Empiezo a pensar que dormir dejó de ser una actividad compatible conmigo.
Me siento junto a la ventana. El Jardín Sagrado apenas se distingue entre la neblina.
Resoplo.
—Ni se te ocurra aparecer.
Como si el universo quisiera burlarse de mí, alguien golpea suavemente la puerta.
Frunzo el ceño.
¿Gabriel?
Abro.
No hay nadie.
Solo una pequeña caja de madera.
La recojo. No pesa casi nada y tampoco tiene remitente. La llevo hasta la cama y dudo unos segundos antes de abrirla.
Dentro encuentro una sola cosa.
Un broche de plata con forma de lirio.
Muy antiguo.
Lo tomo entre los dedos.
En cuanto mi piel lo toca...
el mundo desaparece.
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Estoy riendo.
Muchísimo.
—¡Devuélvemelo!
Una voz masculina responde entre carcajadas.
—Tienes que alcanzarme primero.
Corro detrás de él. Solo alcanzo a distinguir el borde de una túnica oscura.
Nada más.
Cuando por fin lo alcanzo, le coloco el broche sobre el pecho.
—Así está mejor.
Él baja la vista hacia la flor de plata. Después vuelve a mirarme.
No veo su rostro.
Solo escucho su voz.
—Mientras lo lleves tú...
siempre sabré encontrarte.
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El recuerdo se rompe.
La caja cae al suelo y empiezo a respirar con dificultad.
No No No.
Eso no era un sueño.
Había sido demasiado real.
Aprieto el broche entre los dedos. Las lágrimas aparecen sin permiso. No entiendo por qué estoy llorando. Ni siquiera sé quién era ese hombre.
Solo sé...
que perder aquel recuerdo duele casi tanto como haber perdido una vida entera.
Levanto la vista hacia la ventana. El Jardín Sagrado permanece inmóvil y, por primera vez desde que desperté en el Purgatorio, no deseo recuperar mi pasado por simple curiosidad.
Lo deseo porque empiezo a sospechar que, en algún lugar de esos recuerdos, dejé olvidada una parte de mí que todavía sigue esperando regresar.