Alexander Sterling Blackwood lo tiene todo: poder, una fortuna incalculable y el control absoluto de un imperio empresarial. Es el Alfa dominante más poderoso del país, pero también el más solitario. Desde la noche en que su esposo murió en un trágico accidente de tránsito, su mundo se tiñó de gris. Para sobrevivir al dolor, Alexander congeló sus instintos, sepultó su aroma a madera de sándalo quemada y whisky, y se escondió detrás de una armadura de hielo y supresores, convirtiéndose en una “sombra" fría que mantiene a todos a distancia… incluido a su hijo Alistair, de apenas cinco años, un cachorro omega que crece en el silencio de una mansión vacía, ansiando desesperadamente un abrazo de su padre.
Liam Miller es un Omega puro que solo busca un empleo estable para reconstruir su vida. Tras sufrir la dolorosa traición de su exnovio, quien lo engañó con su mejor amigo, Liam llega a la imponente Mansión Sterling con el corazón lastimado, pero con la firme intención de salir adelante.
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Capítulo 22: El fuerte de las estrellas.
El sábado por la tarde trajo consigo una tregua silenciosa y necesaria. Aunque los hombres de seguridad privada seguían apostados discretamente en el perímetro de la propiedad y Alexander mantenía un ojo puesto en los reportes sobre Elena Vanderwood, dentro de la casa se tomó la decisión unánime de cerrar las puertas al miedo. Alistair merecía un fin de semana normal, y Alexander y Liam necesitaban recordar el sabor de la paz.
—¡Más almohadas, Liam! ¡Las de la sala de lectura también sirven! —pidió Alistair, arrastrando un enorme cojín de terciopelo azul que era casi tan grande como él.
Liam soltó una carcajada limpia, con el aroma a lavanda y miel flotando en notas sumamente ligeras y alegres. Llevaba unos pantalones cómodos y un suéter holgado que Alexander le había prestado, cuyo olor a sándalo lo hacía sentir protegido a cada segundo.
—Está bien, mi pequeño arquitecto, pero si quitamos todos los cojines de la casa, la señora Greyson no va a tener dónde sentarse —rio Liam, acomodando una gran sábana de seda blanca sobre el respaldo de dos sofás imperiales, creando un techo improvisado que cubría una gran sección de la alfombra.
El plan del domingo era simple pero sagrado: Alistair había decretado que construirían el "fuerte de sábanas más grande del mundo" para tener una tarde de películas.
Justo cuando Liam estaba asegurando una de las esquinas de la sábana con un pesado libro, los pasos firmes de Alexander anunciaron su llegada. El Alfa entró a la gran estancia luciendo completamente relajado, vistiendo una camiseta negra lisa y unos pantalones deportivos oscuros. El sándalo de su aroma entró con él, limpio, maduro y libre de la amargura de los días anteriores.
—Vaya... veo que el ala este ha sido invadida por la ingeniería civil —comentó Alexander, cruzándose de brazos con una ceja levantada, pero con una sonrisa genuina dibujada en el rostro.
—¡Papá! ¡Llegaste a tiempo! —Alistair corrió hacia él y le tomó de la mano, tirando con fuerza—. Tienes que entrar al fuerte. Eres el rey Alfa, tienes que cuidar la entrada. Pero tienes que gatear, porque si te paras, rompes el techo.
Liam miró a Alexander con complicidad, divirtiéndose al imaginar al imponente y temido Alexander Sterling, el hombre que hacía temblar las bolsas de valores, gateando sobre una alfombra bajo una sábana de seda. Para su sorpresa y deleite, Alexander no lo dudó ni un segundo.
—Si es una orden del capitán, no tengo opción —declaró el Alfa.
Con una agilidad felina, Alexander se arrodilló y se deslizó bajo el fuerte de sábanas. Alistair soltó un grito de pura felicidad y lo siguió. Liam, con el corazón desbordante de amor, caminó hacia la cocina y regresó unos minutos después sosteniendo un tazón gigante de palomitas de maíz calientes y un par de jugos naturales.
Al meterse al fuerte con ellos, Liam se quedó sin aliento ante lo hermoso del espacio. Alexander y Alistair habían acomodado las almohadas de tal forma que parecía un nido gigante en el suelo. Además, el Alfa había colocado una pequeña lámpara portátil que proyectaba luces en forma de estrellas y constelaciones en el techo de tela, sumergiendo el interior en un ambiente mágico de tonos azules y plateados.
—Esto es... increíble —susurró Liam, acomodando el tazón en el centro.
—Papá sabe de luces —aprobó Alistair, acurrucándose de inmediato entre las piernas de Alexander.
Alexander estiró su brazo largo y rodeó los hombros de Liam, atrayéndolo hacia su costado. Liam se dejó llevar, apoyando la cabeza en el pecho del Alfa, sintiendo el latido rítmico y fuerte de su corazón. El sándalo, la lavanda y la vainilla del cachorro se fusionaron dentro del fuerte en una armonía tan perfecta y espesa que el espacio se convirtió en un santuario. Ninguna amenaza exterior podía traspasar esa barrera de seda y amor.
Alexander encendió la tableta digital que habían metido al fuerte para reproducir la película animada favorita del niño. Durante las siguientes dos horas, el cubículo de sábanas se llenó del sonido de las risas de Alistair, el crujir de las palomitas de maíz y los susurros cómplices de la pareja.
A mitad de la película, Alistair, con el estómago lleno y arrullado por la perfecta sintonía de los aromas de Liam y Alexander, comenzó a cerrar los ojos. Su pequeña cabeza cayó pesadamente sobre el regazo de Liam, quedando profundamente dormido con una expresión de total paz.
Liam le acarició el cabello con delicadeza, con los ojos fijos en el rostro del cachorro.
—Mira lo feliz que está —susurró Liam en un hilo de voz, girando un poco la cabeza para mirar a Alexander—. Esto es lo que siempre debió tener.
Alexander bajó la vista hacia los dos omegas que descansaban contra su cuerpo. La luz azul de las estrellas artificiales se reflejaba en sus ojos, dándole una mirada profundamente devota, casi mística. Con lentitud, el Alfa se inclinó y unió sus labios con los de Liam en un beso pausado, tierno y cargado de un amor puro que no necesitaba palabras. Las lenguas se rozaron con una suavidad que hizo que a Liam se le escapara un suspiro dulce.
—Gracias a ti, esto existe —respondió Alexander contra sus labios, su mano grande acunando la nuca de Liam con un agarre posesivo pero increíblemente suave—. Cuando veo esto que hemos logrado, cuando los siento aquí conmigo... sé que no hay nada en este mundo que pueda vencernos. Elena Vanderwood puede intentar lo que quiera, pero esto que estamos construyendo es indestructible.
Liam sonrió, refugiándose de nuevo en el pecho del Alfa mientras entrelazaba sus dedos con los de él sobre la manta. Afuera, el peligro seguía acechando en las sombras de la ciudad, pero dentro del fuerte de las estrellas, la familia Sterling había blindado su felicidad con los hilos de un lazo de destinados que ya era inquebrantable. La primavera estaba en su punto más hermoso, lista para resistir cualquier tormenta.