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La Esposa Del Ceo Ciego

La Esposa Del Ceo Ciego

Status: Terminada
Genre:Enfermizo / Amor-odio / Romance / Completas
Popularitas:92.8k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Lobelia

Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.

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capitulo 22

​La cabaña en el Valle de los Robles no olía a hospital ni a oficina. Olía a leña de pino, a lavanda silvestre y a ese aire frío de montaña que parece purificar los pulmones con cada inhalación. Francisco había despedido a todo el personal; no quería choferes, ni cocineros, ni guardaespaldas. En ese pequeño rincón del mundo, el León y su sombra habían decidido, por un solo fin de semana, dejar de ser personajes de una tragedia empresarial para ser, simplemente, dos personas que se aman.

​Francisco no usaba el bastón dentro de la cabaña. Sus pies descalzos reconocían la calidez de la alfombra de lana y la irregularidad de las tablas de madera. Se movía con una libertad que solo la ausencia de testigos le permitía.

​La mañana del sábado los encontró en la pequeña cocina. No había un menú gourmet diseñado por chefs. Andrea estaba sentada sobre la encimera, con los pies colgando, mientras Francisco intentaba preparar café siguiendo las instrucciones que ella le susurraba al oído.

​—Un poco más a la izquierda, Francisco. Ahí está la molienda —decía ella, su voz suave, despojada de la urgencia de los negocios.

​Él encontró el frasco y dejó que el aroma del grano tostado inundara sus sentidos. Se tomó su tiempo, disfrutando del sonido del agua hirviendo y del roce de la mano de Andrea cuando ella lo ayudaba a guiar la cuchara. No había auriculares, ni informes, ni conspiraciones de los Valois. Solo el sonido de los pájaros en el exterior y el roce de sus pieles.

​—Parecemos normales —murmuró Francisco, esbozando una sonrisa genuina que rara vez mostraba en la ciudad.

​—Lo somos —respondió ella, aunque ambos sabían que la normalidad era un lujo prestado—. Al menos aquí, bajo este techo, el resto del mundo no existe.

​Por la tarde, la luz del sol empezaba a filtrarse por los grandes ventanales, calentando el rincón de la chimenea. Se sentaron juntos en el suelo de madera, envueltos en una sola manta. Francisco se colocó frente a ella, con las rodillas rozando las suyas.

​—Quédate quieta —le pidió él, con una seriedad que rozaba lo sagrado.

​Francisco elevó sus manos. Sus dedos temblaron ligeramente antes de tocar la frente de Andrea. Había decidido que no bastaba con saber que ella estaba ahí; necesitaba grabar su fisionomía en la biblioteca de su memoria con una precisión tal que, cuando el doctor Rossi le quitara las vendas, su vista solo tuviera que confirmar lo que su tacto ya sabía.

​Empezó por el nacimiento de su cabello, recorriendo la línea de su frente con la punta de los dedos, notando la suavidad de su piel. Deslizó sus índices por las cejas, memorizando el arco perfecto que ella solía arquear cuando él decía algo arrogante. Luego, bajó hacia sus párpados.

​—Cierra los ojos —susurró él.

​Andrea obedeció. Francisco sintió el aleteo de sus pestañas contra sus yemas, como las alas de una mariposa atrapada. Recorrió la curva de su nariz, el puente fino y la punta ligeramente respingada. Se detuvo en sus pómulos, que ahora se sentían un poco más marcados, un recordatorio silencioso de la lucha que ella libraba.

​Andrea permanecía inmóvil, conteniendo el aliento. Sentía que Francisco no solo estaba tocando su piel, sino que estaba leyendo su historia. Sus manos bajaron hacia sus labios. Él delineó el arco de Cupido, el grosor del labio inferior, la comisura donde se escondían sus sonrisas tristes.

​—Estás sonriendo —notó él, sintiendo el movimiento de sus músculos.

​—Es que me haces cosquillas —mintió ella, aunque en realidad estaba llorando en silencio.

​Francisco continuó su exploración hacia la mandíbula, bajando por el cuello donde el pulso de Andrea latía contra su dedo corazón. Era un latido rápido, algo descompasado, pero ahí estaba. Siguió hacia sus hombros, memorizando la caída de su estructura ósea, la delicadeza de sus clavículas.

​—Cada vez que te toco, encuentro un detalle nuevo —dijo Francisco, su voz resonando con una devoción profunda—. Sé que tus ojos son grandes porque puedo sentir la cavidad de tu órbita. Sé que tu boca está hecha para las palabras inteligentes porque la siento vibrar cuando hablas. Cuando por fin pueda verte, Andrea, no serás una extraña. Serás el paisaje que he estado recorriendo en la oscuridad durante toda mi vida.

​Andrea tomó las manos de Francisco y las besó, palma por palma.

—Y yo he memorizado tu voz, Francisco. He memorizado el sonido de tu risa y la forma en que el aire cambia cuando entras en una habitación. Si el mundo volviera a quedarse a oscuras para ambos, yo sabría encontrarte solo por el calor que emanas.

​Se quedaron así por horas, mientras las sombras se alargaban en la cabaña. No hablaron del hospital, ni de las córneas, ni del trasplante que ella necesitaba. Actuaron como si el tiempo fuera infinito, como si no hubiera un lunes esperando con sus batas blancas y sus bisturís.

​Hicieron el amor con una lentitud desesperada, una danza de sombras y suspiros donde cada beso era un ancla y cada caricia un juramento. Francisco exploró cada rincón del cuerpo de Andrea como si fuera el mapa de un tesoro que estaba a punto de perderse, y ella se entregó con la paz de quien ha encontrado, finalmente, su puerto seguro.

​Al caer la noche, se acurrucaron frente al fuego moribundo. Francisco tenía la cabeza apoyada en el regazo de Andrea, y ella le acariciaba el cabello mientras le leía un libro de poemas, no por la información, sino por el simple placer de escuchar su voz.

​—Este es el último refugio, ¿verdad? —preguntó Francisco, cerrando los ojos.

​—Es el único que importa —respondió ella.

​En la quietud de la cabaña, el León finalmente descansó. Por una noche, la sospecha de que ella fuera el donante quedó sepultada bajo la calidez de su cuerpo. Por una noche, la amargura del pasado fue silenciada por el crujido de la leña.

​Andrea miró el rostro dormido de Francisco bajo la luz de las brasas. Sus dedos trazaron una última vez el contorno de su mandíbula. Sabía que ese era su regalo de adiós: este momento de paz absoluta, de intimidad pura, antes de que la luz regresara para él y la oscuridad la reclamara a ella. Se prometió a sí misma que, pasara lo que pasara en el quirófano, este fin de semana sería la última imagen que ella guardaría en su propio corazón, el último refugio donde ambos fueron, por un instante eterno, invencibles.

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Mirian Elizabeth Vidal Brito
hila
Gloria Galvan
Bellísima historia, muchas gracias escritora 🥰
Josefina Giovanna Distefano
ÉSTE HOMBRE ES MÁS HIDIOTA DE LO QUE PENSÉ, ESTAN BIEN LOS DOS Andrea Y ÉL,
Y BUSCA EL PROBLEMA DONDE NO LO HAY
Josefina Giovanna Distefano
AVECES NECESITAMOS LAS PERSONAS MALAS PARA VER MAS CLARO
Cliente anónimo
Maria M. Rosario
Bonita historia, llena de tantas realidades. Felicidades.
Maria M. Rosario
Muy bonita, llena de muchos sentimientos. Felicidades.
Maria M. Rosario
Waoo, las vueltas del destino
Maria M. Rosario
Que pena q tanto obtaculos superados ahora los sentimientos de culpa los vaya a separar.
Maria M. Rosario
Siempre existe un sacrificio para von estos casos. La familia del donante tienen una enteresa unica.
Maria M. Rosario
Muy bonito el capitulo lleno de muchos sentimientos.
Maria M. Rosario
Acaba y sincerate con él. Y ver q alternativas pueden lograr juntos.
Maria M. Rosario
No entiendo pq ella tanto misterio si lo q el no save es q ella se acerco buzcando q le pague su operacion o eso creo.
Maria M. Rosario
Que bonito. A veces la ceguera no es solo de los ojos, muchas veces es nuestro recentimiento a no querer aceptar.
Warriorgame
En su situación, cualquier decisión es peligrosa. Quizás pueda ser buena idea aceptar la oferta, si bien es muy arriesgada.
Warriorgame
Lo primero que se me ocurre aquí es que existe la tecnología actualmente para conseguir algo de visión. No es barato pero alguien como él podría obtenerlo.
Pris
El apellido no es valois? Ahora es Valdivia
Pris
No se dijo que era ella l del capital ? Porque cree entonces que lo va a robar
Tere Jimenez
muy interesante el inicio de la novela
Maria Antonieta Benitez Raygoza
una hermosa historia de amor y sacrificio que me tuvo en una angustia y desesperación que finalmente se resolvió... gracias escritora me encantó su historia... un detalle al calce...cuando en mi lectura llegaban con los órganos del accidentado a la sala de cirugía Argentina metía su segundo gol contra Inglaterra en la semifinal del mundial 2026...pero no podía dejar de leer con angustia de saber cómo resultaba las cirugías
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