Un grupo de jóvenes se ve arrastrado por la búsqueda y protección de reliquias antiguas que despiertan poderes y ambiciones peligrosas. Perseguidos, traicionados y forzados a despertar habilidades que no comprenden, deberán unir fuerzas con aliados inesperados para impedir que una facción libere una fuerza capaz de arrasar su mundo. Entre batallas, sacrificios y decisiones morales, su viaje decidirá el destino de muchas vidas.
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La Lancera
El camino hacia Trías, la siguiente aldea, se presentó primero como una esperanza: un mapa, un rumor, la promesa de un paso seguro. Pero al acercarse, Edran y Lira vieron enseguida que la esperanza era vana. Desde la distancia, las banderas de ambas aldeas ondeaban en tensión; columnas de humo marcaban los límites y patrullas armadas cerraban los accesos. Un mensajero que cruzó el camino con la cara tiznada les informó con voz cortada que Trías y Tésseris estaban en guerra abierta, que los pasos se habían militarizado y que ningún forastero era bienvenido. La ruta directa quedaba cerrada.
Sin opciones, consultaron el mapa y las notas de Borin. La única alternativa era un pasadizo angosto que serpenteaba por las colinas: un atajo hacia la quinta aldea, Pémptos, pero peligroso y poco transitado. Prepararse no fue un capricho sino una necesidad. Reforzaron las vendas, revisaron las pociones y multiplicaron los antídotos. Lira ató frascos en su cinturón y colocó redes y trampas pequeñas; Edran ajustó la Daga Lunar y la Zalamander, comprobando el filo y el calor de la espada de fuego. El silencio antes de entrar al pasadizo tenía la densidad de una advertencia.
El estrecho corredor entre rocas y raíces los recibió con humedad y ecos. La luz del día se filtraba a trompicones y el aire olía a tierra removida. No tardaron en notar señales de vida hostil: mucosidades brillantes en las paredes, huellas pegajosas en el suelo y un zumbido bajo que anunciaba la presencia de criaturas que preferían la penumbra. Avanzaron en fila, Lira detrás de Edran, cada paso medido para no activar trampas naturales.
Las primeras embestidas fueron de babosas gigantes, seres viscosos que exudaban un ácido que corroía la tela y entorpecía los músculos. La Zalamander fue la respuesta inmediata: el fuego no solo las dañaba, sino que hacía que su baba se evaporara en nubes de vapor que olían a azufre. Edran aprendió a alternar armas con rapidez: la Daga Lunar para cortes precisos que abrían camino entre raíces y la Zalamander para quemar y despejar. Lira, por su parte, usó antídotos en polvo para neutralizar el ácido y lanzó redes impregnadas con resina para inmovilizar a las babosas más grandes. El pasadizo se convirtió en un teatro de luces y sombras, donde el fuego y la magia de Lira se entrelazaban.
Cuando creyeron haber superado lo peor, un nuevo peligro emergió: ratas enormes, del tamaño de lobos, con ojos vidriosos y colmillos amarillentos. Se movían en manadas, atacando con coordinación y buscando puntos débiles en la defensa. Edran sintió el peso de la fatiga en los músculos, pero la daga y la espada respondieron con precisión. La Daga Lunar cortaba tendones y liberaba a Lira para que pudiera lanzar pociones menores que distraían a las ratas. En un momento crítico, una de las ratas saltó sobre Edran y le clavó un colmillo en el antebrazo; la sangre brotó caliente, pero la Zalamander, en un barrido, partió la criatura por la mitad. El pasadizo rugió con el eco de la pelea y, cuando el último animal cayó, ambos respiraron con dificultad, cubiertos de barro y pelo.
Al salir del estrecho, la vista de Pémptos les ofreció un respiro momentáneo. La ciudad estaba rodeada por murallas bajas y un mercado que aún mostraba signos de vida. Sin embargo, la calma fue breve. En la entrada principal, una figura los observaba con desconfianza: una joven lancera, armada y erguida, con una lanza larga y una armadura ligera que brillaba con el uso. Su postura era de guardia; su mirada, fría. No había saludo en su rostro, solo la sospecha de quien ha visto demasiadas traiciones.
—No confío en forasteros —dijo la joven con voz firme—. Las rutas traen problemas. Debéis demostrar que no sois amenaza.
Edran dio un paso adelante con la calma que solo da la costumbre de enfrentarse al peligro. No buscaba pelea innecesaria, pero tampoco huiría ante una acusación. —Seré yo quien pelee —anunció con voz clara—. No quiero que Lira se exponga.
La decisión no fue por orgullo sino por protección. Lira apretó el anillo en su dedo, su rostro tenso pero confiado. La joven lancera asintió con un gesto que no era de aceptación sino de desafío. La lanza de la guardiana brilló cuando la alzó, y Edran sintió la familiar vibración de la Daga Lunar en su cintura.
El combate fue un choque de estilos. La lancera usaba la distancia y la puntería, su arma trazaba líneas que buscaban desarmar y herir sin exponerse. Edran, en cambio, combinó la agilidad de la daga con la potencia de la Zalamander. Cambiaba de arma con fluidez: un tajo corto con la daga para cerrar la distancia, un barrido de fuego para obligar a la adversaria a retroceder. La joven lancera no era una novata; sus estocadas buscaban puntos vitales y su defensa era sólida. En un intercambio, la punta de la lanza rozó la manga de Edran y dejó una marca que ardió como advertencia.
La pelea se volvió un diálogo sin palabras. Edran respetó la técnica de su oponente y, en un momento de sincronía, logró desviar una estocada y responder con una combinación que obligó a la lancera a retroceder. No hubo gritos ni fanfarrias; solo el sonido del metal y la respiración contenida. Cuando la lanza cayó al suelo tras un movimiento calculado, la joven guardiana se quedó inmóvil, evaluando. Edran, con la daga apuntando al suelo, ofreció la mano en señal de tregua.
La joven miró la mano, luego a Edran, y por primera vez su expresión mostró algo parecido a respeto. —No eres un ladrón —dijo con voz más suave—. Pero no confío en las reliquias. Traen muerte.
Edran asintió, la verdad en sus ojos. —Buscabamos a los que atacaron Dyo —dijo—. No queremos reliquias para nosotros. Queremos detener a quienes las usan para hacer daño.
La guardiana recogió su lanza y la apoyó en el hombro. —Soy Mara —dijo—. Vigilo la entrada. No prometo ayuda, pero no os expulsaré. Entrad, y que vuestros actos demuestren vuestras palabras.
Con la tensión aún vibrando en el aire, Edran y Lira cruzaron la puerta de Pémptos. La ciudad no era un refugio seguro, pero ofrecía pistas y rostros que podían llevarlos a respuestas. Mientras avanzaban por las calles, la daga y la espada descansaban en sus manos, y en el pecho de Edran latía la certeza de que cada paso los acercaba a un enfrentamiento mayor. La guerra entre aldeas, las bandas que cazaban reliquias y la joven lancera que ahora confiaba en ellos eran piezas de un tablero que apenas comenzaban a entender.