"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 10
El amanecer entró en mi habitación con una crueldad metálica. La luz grisácea de la mañana no pedía permiso; simplemente desnudaba el desorden de las sábanas, el olor a sexo y sándalo que aún flotaba en el aire, y el vacío en el lado izquierdo de mi cama. Julián se había ido antes de que el primer pájaro cantara, dejándome sola con el eco de sus promesas y el peso de una traición que ahora tenía forma física en mi propio cuerpo.
Me senté en la cama, sintiendo un dolor sordo y nuevo entre mis piernas, un recordatorio constante de que anoche la fantasía dejó de ser un refugio mental para convertirse en una marca en mi piel. Me abracé las rodillas, mirando la puerta. ¿Cómo iba a salir de aquí? ¿Cómo iba a bajar a desayunar con los Martínez y fingir que seguía siendo la chica huérfana que necesitaba consuelo, cuando ahora era la mujer que el hijo de la casa había reclamado como suya?
La brecha de los cinco años, que antes me parecía una simple distancia cronológica, se abrió ante mí como un abismo. Julián tenía veinticuatro; tenía un título, un coche, una carrera y una seguridad que rayaba en la arrogancia. Yo tenía diecinueve, un luto a cuestas y una maleta llena de ropa que no sentía mía. Él sabía exactamente qué hilos tocar para hacerme vibrar; él conocía el mapa de mis debilidades porque él mismo las había ayudado a crecer durante años de observación silenciosa.
Me duché con el agua casi hirviendo, intentando restregar el rastro de sus manos, pero lo único que conseguí fue que mi piel se pusiera roja, recordándome la fricción de su cuerpo contra el mío. Al bajar a la cocina, el corazón me golpeaba la garganta.
Allí estaban todos. El cuadro familiar perfecto.
—¡Elena! Justo a tiempo, el café está recién hecho —dijo Ana, la madre de Julián, con esa sonrisa que siempre me hacía sentir una criminal.
—Gracias, Ana —murmuré, tomando asiento.
Julián estaba frente a mí. Leía el periódico digital en su tableta, vestido con una camisa azul marino impecable, el cabello perfectamente peinado hacia atrás. Se veía tan profesional, tan en control, que por un segundo dudé si lo de anoche había ocurrido de verdad. Pero entonces, levantó la mirada por encima de la pantalla.
No hubo un "buenos días" convencional. Sus ojos oscuros recorrieron mi rostro, deteniéndose en mi cuello, donde yo sabía que había dejado una pequeña marca que intenté ocultar con el cuello de mi jersey. Sus labios se curvaron en una sonrisa imperceptible, un gesto de triunfo absoluto que solo yo podía descifrar.
—Te ves cansada, Elena —dijo él, su voz profunda resonando en la pequeña cocina—. ¿Has vuelto a tener pesadillas?
—Algo así —respondí, apretando la taza de café entre mis manos hasta que me dolieron los nudillos.
—A veces el cuerpo necesita tiempo para procesar los cambios —continuó él, sin apartar la vista de la mía—. Cinco años de diferencia se notan en la resistencia, supongo.
Sofía soltó una carcajada, ajena al subtexto incendiario.
—¿De qué hablas, Juli? Elena es joven, tiene más energía que tú, que te pasas el día encerrado entre planos.
—La juventud es relativa, Sofía —replicó Julián, volviendo a su tableta—. A veces, los que parecen más maduros son los que más tienen que aprender. Y los que creemos que son niños... bueno, a veces nos dan sorpresas agradables.
Me puse de pie de golpe, incapaz de soportar un segundo más de su juego dialéctico frente a sus padres.
—Voy a salir al jardín un rato. Necesito aire.
Caminé hacia la salida trasera, sintiendo la mirada de Julián clavada en mi espalda como un dardo. El aire fresco me ayudó a recuperar la compostura, pero el alivio duró poco. Apenas dos minutos después, oí el clic de la puerta corredera. No necesité girarme para saber que era él.
Julián se colocó a mi lado, apoyándose en la barandilla de piedra. Encendió un cigarrillo, soltando el humo hacia el cielo gris.
—No huyas, Elena. No te queda bien —dijo con esa calma exasperante.
—No estoy huyendo. Estoy tratando de respirar sin sentir que me voy a desmayar de la culpa. ¿Cómo puedes estar ahí sentado, desayunando con tus padres después de lo que hiciste anoche?
Julián se giró hacia mí, acortando la distancia hasta que su brazo rozó el mío. Su olor a tabaco y colonia me envolvió de nuevo, nublándome el juicio.
—¿Lo que "hice"? —preguntó, arqueando una ceja—. Recuerdo que fuiste tú la que me pidió que no me fuera. Recuerdo que fuiste tú la que me abrió las piernas, Elena. No intentes ponerme el traje de villano solo porque hoy te asusta la luz del sol.
—¡Eres mayor que yo, Julián! —le espeté en un susurro furioso—. Tienes veinticuatro años, sabes cómo manejar estas situaciones. Yo... yo ni siquiera sé qué soy ahora en esta casa.
Él dejó el cigarrillo a un lado y me tomó por los hombros, obligándome a mirarlo. Su expresión se endureció, perdiendo toda la burla.
—Eres la mujer que yo quiero. Eso es lo que eres. Esos cinco años de diferencia no son una barrera, son una ventaja. Yo sé cómo cuidarte, sé cómo protegerte y sé cómo darte lo que necesitas aunque tú misma no te atrevas a pedirlo. Deja de comportarte como una colegiala asustada de que la descubran.
—¡Es que nos van a descubrir! —exclamé, con las lágrimas asomando—. Sofía me preguntó ayer si había alguien. Si se entera de que eres tú, la perderé. Perderé lo único que me queda.
Julián me estrechó contra su pecho. Su fuerza era abrumadora, una mezcla de refugio y prisión. Me hundí en su calor, odiándome por lo mucho que lo necesitaba.
—Nadie se va a enterar si tú no pierdes los nervios —susurró contra mi oído—. Pero escucha bien, Elena: no voy a dejar de tocarte. No voy a dejar de entrar en tu habitación cada noche. Si crees que esto fue una aventura de una sola vez para quitarte el luto, estás muy equivocada.
Me separó un poco y me tomó la cara con ambas manos. Sus ojos eran como obsidiana, implacables.
—Tengo veinticuatro años, y eso significa que cuando quiero algo, lo tomo y lo mantengo. Y yo te he tomado a ti. La brecha de edad solo sirve para que entiendas que yo mando en este juego. ¿Entendido?
No pude responder con palabras. Solo pude asentir, hipnotizada por su autoridad y por el deseo que volvía a encenderse en mi vientre a pesar de la luz del día y del riesgo inminente. Julián me dio un beso rápido y posesivo en los labios antes de soltarme.
—Ahora, entra ahí, termina tu desayuno y sonríele a mi hermana. Sé una buena chica, Elena. Por la noche... por la noche podrás ser todo lo contrario.
Él regresó a la casa con la misma elegancia con la que había salido, dejándome allí, temblando bajo el sol pálido de la mañana. Comprendí entonces que la brecha de los cinco años no era solo una cuestión de tiempo; era la medida exacta de mi perdición. Julián no iba a ser mi amante secreto; iba a ser mi dueño, y yo estaba demasiado rota por la pérdida de mis padres como para oponer resistencia al hombre que me ofrecía un fuego tan intenso que lograba quemar hasta mis penas.
La fantasía era real, sí. Pero la realidad tenía garras, y las de Julián ya se habían hundido profundamente en mi alma.