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La Cura No Es El Olvido.

La Cura No Es El Olvido.

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:964
Nilai: 5
nombre de autor: Jakelyn Arevalo

En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.

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Capítulo 13: La Huida Precipitada.

Mientras Antonio se quedó dormido por un instante vuelve un golpe en la madera de la ventana trasera no fue fuerte, pero en el silencio sepulcral del consultorio resonó como un disparo. Antonio, cuyo cuerpo estaba programado para reaccionar antes que su mente, saltó de la camilla con una agilidad felina. En un solo movimiento, su mano derecha buscó el arma que reposaba en el suelo y la izquierda cubrió con firmeza, pero con ternura, los labios de Isaí, quien abría los ojos con el corazón galopando contra sus costillas.

—Shh, soy yo… mírame, soy yo —susurró Antonio, pegando su frente a la de ella. El calor del encuentro de hace unos instantes todavía flotaba entre ellos, pero la mirada de él ya no era la del amante vulnerable; era la del soldado que huele el peligro en el viento.

Afuera, la lluvia había cesado, dejando un goteo rítmico y traicionero. Una voz ronca, filtrada por las grietas del adobe, rompió la última defensa de su paz:

Era Luis un viejo amigo del pelotón gerrillero, el cual era muy callado pero le debía favores de un pasado a Antonio.

—¡Antonio! ¡Despierta, maldita sea! Encontraron el rastro en el fango de la orilla. Los hombres del Comandante están a menos de dos kilómetros. Tienes diez minutos antes de que este pueblo sea un nudo de horca. Muévete.

La burbuja se rompió en mil pedazos de cristal invisible. Isaí lo miró con un terror lúcido, de esos que no te paralizan, sino que te revelan la magnitud del abismo. Ya no eran dos almas inventando un idioma nuevo; eran el fugitivo y ahora un cómplice, que Antonio no imaginaba.

Antonio comenzó a vestirse con movimientos mecánicos, casi violentos. El uniforme de camuflaje, todavía húmedo y manchado con la sangre de Eliécer, se sentía como una piel extraña que lo obligaba a volver a ser el monstruo que ella no merecía. Isaí, envuelta en una sábana blanca que parecía un sudario, se puso de pie, buscando su propia ropa con manos que no dejaban de temblar.

—No pueden encontrarte aquí —dijo ella, con una voz que recuperaba su autoridad de doctora—. Si te ven salir de mi consultorio, estamos muertos los dos, que haremos.

—Ya estamos muertos, Isaí —respondió él, ajustándose las botas con un nudo ciego—. Desde que apreté ese gatillo en la selva, mi vida se acabó. Lo único que me queda es asegurar que tú no te hundas conmigo.

Antonio se acercó a ella y la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo. En la penumbra, sus ojos buscaban una promesa que ninguno podía cumplir.

—Escúchame bien. Cuando me vaya, vas a limpiar esta camilla con alcohol. Vas a quemar los restos de mi camisa vieja en el fogón de atrás. Si preguntan, no me viste. Si insisten, diles que alguien entró a robar medicinas y te amenazó. No menciones mi nombre, ni el de Eliécer, ni el de Dios.

Isaí sollozó, un sonido seco que se le quedó atorado en la garganta.

—¿A dónde vas a ir? La selva está cerrada, Antonio. Si el Comandante sabe lo de Eliécer, no habrá lugar donde esconderse.

—Siempre hay un lugar para un fantasma —dijo él, terminando de cargar su fusil con un clic metálico que selló el final de la noche—. Pero no puedes venir conmigo. No esta vez. Mi amor por ti es mi mayor acto de egoísmo, pero dejarte aquí es lo único que me queda de hombre.

El golpe en la ventana se repitió, esta vez con más insistencia. Antonio se asomó por una rendija de la puerta. Vio las sombras de Luis entre los árboles moviéndose como un viento frío que presagiaba el desastre. Sabía que la muerte de Eliécer dejaría un vacío que la guerrilla llenaría con fuego y sangre. El silencio de la noche, que antes les sirvió de refugio, ahora era un enemigo que amplificaba cada crujido de las ramas.

—Perdón —susurró él, dándole un beso rápido y amargo que sabía a despedida definitiva—. Perdón por haberte hecho parte de este infierno.

—No pidas perdón por amarme —respondió Isaí, agarrando su mano con una fuerza desesperada—. Pide perdón por irte sin llevarte mi corazón, porque se va a quedar aquí, pudriéndose en este pueblo.

Antonio no respondió. No podía permitirse el lujo de la emoción porque el sentimiento nubla la puntería. Abrió la puerta trasera apenas unos centímetros. El aire frío de la madrugada golpeó su rostro, trayendo consigo el olor a tierra mojada y a pólvora lejana.

El hombre que lo esperaba en las sombras le hizo una señal urgente.

Antes de cruzar el umbral, Antonio se giró. Vio a Isaí de pie en medio del consultorio, bajo la luz de la vela que agonizaba. Parecía una estatua de sal, blanca y frágil ante la inmensidad del caos que se avecinaba. Por un segundo, quiso volver, soltar el arma y morir allí mismo, abrazado a sus piernas. Pero el instinto de protección, esa obsesión dura que lo ataba a ella, lo empujó hacia afuera.

1
Elizabeth Medina
que fuerte decisión de Antonio pero tiene que proteger a la doctora
Elizabeth Medina
bueno veremos que pasa con esta doctora y ese desconocido
Jakelyn Arevalo
Los invito a ver parte de mi historia, en 25 capítulos que continuará 😘😘😘
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