Es verdad lo que dicen.No sabes lo que tienes asta que lo pierdes y así empieza esta historia
NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4: Las excusas que me dije
Después de ese día, Leonardo empezó a notar las cosas con más claridad.
No porque quisiera.
Sino porque, una vez que ves algo de cierta manera, ya no podés volver a no verlo.
El problema era que notar no significaba hacer algo al respecto.
Al contrario.
A veces, significaba encontrar una forma de convivir con eso sin sentir que estabas fallando.
Y Leonardo, sin darse cuenta, empezó a volverse bueno en eso.
La casa de Livia seguía siendo la misma.
El mismo patio.
La misma radio.
Los mismos muebles gastados.
Pero ahora había una sensación distinta, como si todo estuviera apenas corrido de lugar, aunque a simple vista pareciera igual.
Leonardo lo percibía en detalles mínimos.
En cómo Livia hablaba un poco menos.
En cómo evitaba ciertos temas.
En cómo su tío estaba más presente… y más irritable.
—¿Otra vez viniste? —dijo él una tarde, apoyado contra la pared de la cocina.
No era una pregunta real.
—Sí —respondió Leonardo, sin ganas de discutir.
—Tenés tu casa, ¿sabías?
Leonardo no contestó.
Sintió esa incomodidad de siempre, esa mezcla de querer irse y no querer parecer débil.
—Déjalo —intervino Livia desde la mesada—. No molesta.
El tono fue tranquilo.
Pero Leonardo notó algo más.
Una especie de apuro.
Como si quisiera cerrar la situación antes de que escalara.
Su tío soltó una risa seca.
—Siempre lo defendés.
No hubo respuesta.
Solo silencio.
Y ese silencio decía más de lo que cualquiera de ellos iba a admitir.
Leonardo empezó a pasar más tiempo en el patio otra vez.
No porque quisiera estar con su abuela.
Sino porque era el lugar más alejado de la tensión.
Desde ahí, podía escuchar menos.
Ver menos.
Pensar menos.
Era más fácil.
Se sentaba con el celular, como siempre, dejando que el tiempo pasara sin prestarle demasiada atención.
A veces Livia salía y se sentaba cerca.
No hablaban mucho.
Pero su presencia estaba ahí.
Constante.
Como si eso fuera suficiente.
—No le des importancia —le dijo Leonardo una vez, casi sin mirarla.
La frase salió sola.
Como si ya la hubiera pensado antes.
Livia lo miró, sorprendida.
—¿A qué?
—A él… —respondió, encogiéndose de hombros—. Es así.
Ahí estaba.
La primera excusa.
Simple.
Directa.
Cómoda.
Livia no dijo nada al principio.
Bajó la mirada, acomodando algo que no necesitaba ser acomodado.
—Sí… —murmuró después—. Es así.
Pero no sonaba convencida.
Sonaba… resignada.
Leonardo sintió un pequeño alivio.
Como si haber puesto esas palabras en voz alta hiciera que todo fuera más manejable.
Si “era así”, entonces no había nada que hacer.
Y si no había nada que hacer…
Entonces no era su culpa.
Esa idea empezó a crecer.
Despacio.
Casi sin que se diera cuenta.
Cada vez que escuchaba una discusión, pensaba lo mismo.
“Siempre fueron así.”
“Es cosa de ellos.”
“No es para tanto.”
Se repetía esas frases como si fueran verdades.
Como si eso alcanzara para que todo encajara.
Una tarde, la situación fue un poco más lejos.
No hubo gritos.
Pero el tono fue distinto.
Más duro.
Más directo.
Leonardo estaba en el pasillo cuando escuchó un ruido seco en la cocina.
No era un golpe fuerte.
Pero fue suficiente para hacerlo mirar.
Se acercó unos pasos, sin entrar del todo.
Livia estaba de espaldas, quieta.
Su tío estaba frente a ella.
—Te dije que no tocaras mis cosas —dijo, con la voz baja pero cargada.
—Solo estaba limpiando…
—No tenés que limpiar nada.
El silencio que siguió fue breve.
Pero incómodo.
Leonardo sintió ese mismo nudo en el pecho.
Esa sensación de que algo no estaba bien.
De que debería hacer algo.
Pero esta vez, algo cambió.
En lugar de pensar “tengo que intervenir”…
Pensó otra cosa.
“Seguro exagero.”
La idea apareció de forma automática.
Como una defensa.
Como una forma de protegerse de lo que implicaría aceptar que eso estaba mal de verdad.
Porque si estaba mal de verdad…
Entonces no podía seguir ignorándolo.
Y eso significaba actuar.
Y actuar… implicaba riesgo.
Conflicto.
Responsabilidad.
Demasiado.
Livia giró apenas la cabeza.
Lo vio.
Otra vez.
Ese cruce de miradas.
Más corto que el anterior.
Pero igual de claro.
Leonardo sostuvo la mirada un segundo más esta vez.
Y aun así…
No hizo nada.
Ni una palabra.
Ni un gesto.
Nada.
—¿Qué mirás? —dijo su tío de repente.
Leonardo se tensó.
—Nada.
—Entonces andá a hacer otra cosa.
No fue un grito.
Pero fue suficiente.
Leonardo asintió y se alejó.
Sin discutir.
Sin quedarse.
Sin mirar atrás.
En el patio, el aire ya no se sentía tan liviano como antes.
Se dejó caer en la silla, pasando una mano por su cara.
Sabía que algo no estaba bien.
Lo sabía.
Pero también sabía que podía seguir como si no lo supiera.
Y eligió eso.
Porque era más fácil.
Porque era lo que menos le exigía.
Porque, en el fondo, todavía podía convencerse de que no era tan grave.
Cuando Livia salió unos minutos después, no dijo nada sobre lo que había pasado.
—¿Querés merendar? —preguntó, como siempre.
—Bueno.
Se sentaron.
Comieron en silencio.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Y esa normalidad era, justamente, lo que permitía que todo siguiera igual.
—Tenés que venir menos —dijo ella de repente, sin mirarlo.
Leonardo levantó la vista.
—¿Por?
—Tenés tus cosas… tus amigos…
No era eso.
Los dos lo sabían.
Pero era la excusa que ella eligió.
Y él la aceptó.
—Sí… puede ser.
No preguntó más.
No quiso preguntar más.
Porque, en el fondo, entendía lo que ella no decía.
Y entenderlo significaba enfrentarlo.
Esa noche, mientras volvía a su casa, Leonardo se sintió extraño.
No culpable.
Todavía no.
Pero sí… incómodo.
Como si algo dentro de él estuviera empezando a cambiar.
No hacia algo mejor.
Sino hacia algo más frío.
Más distante.
Más fácil de sostener.
Mucho tiempo después, cuando tratara de entender en qué momento empezó a convertirse en alguien que miraba y no hacía nada, recordaría estas escenas.
No como grandes momentos.
No como decisiones importantes.
Sino como pequeñas elecciones.
Frases que se dijo.
Ideas que aceptó.
Excusas que repitió hasta creerlas.
Porque nadie se convierte en alguien indiferente de un día para el otro.
Pasa despacio.
Casi sin darse cuenta.
Hasta que un día… ya es tarde para volver atrás.