La lluvia caía suavemente sobre los ventanales de la mansión Torres.
Liliana Pérez estaba sentada en la sala principal, con las manos entrelazadas sobre su regazo. La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro tranquilo, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
Habían pasado cinco años desde que se convirtió en Liliana Torre..
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Nunca fuiste mi esposo!!!
La casa quedó en silencio después de que la puerta se cerró.
Pero no era un silencio vacío.
Era un silencio lleno de palabras no dichas, de miradas que aún ardían en el aire, de emociones que ninguno de los dos podía seguir ignorando.
Liliana no se movió.
Seguía de pie en medio de la sala.
Sus manos estaban tensas a los costados de su cuerpo.
Su respiración no era estable.
Su pecho subía y bajaba con más fuerza de lo normal.
Podía sentir el eco de todo lo que acababa de pasar recorriéndole el cuerpo.
Las palabras de Miguel.
La mirada de Dominic.
Esa pregunta.
"Dime que no sientes nada por él."
Cerró los ojos.
Pero no logró escapar.
Porque la respuesta…
seguía ahí.
Sin forma.
Sin control.
Pero real.
—No deberías pensar en eso —la voz de Dominic rompió el silencio, baja, cercana, demasiado cercana.
Liliana abrió los ojos.
Él estaba frente a ella.
Más cerca de lo que recordaba.
O tal vez nunca se había alejado realmente.
—Es difícil no hacerlo —respondió ella, sin apartar la mirada.
Dominic la observó en silencio.
Sus ojos eran intensos.
Oscuros.
Como si estuviera evaluando cada respiración de ella.
Cada pequeño cambio en su expresión.
—Miguel no importa —dijo finalmente.
Liliana negó suavemente.
—Importa porque formó parte de mi vida.
Dominic dio un paso más.
—Pasado.
—No puedes borrar cinco años con una palabra.
—No intento borrarlos.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—Entonces deja de actuar como si no existieran.
El aire se tensó.
Dominic la sostuvo con la mirada.
—Estoy actuando como alguien que no va a permitir que vuelvas ahí.
El corazón de Liliana dio un golpe.
—Yo no quiero volver.
—Entonces deja de dudar.
El silencio se volvió pesado otra vez.
Pero ahora no era incómodo.
Era íntimo.
Peligroso.
Cercano.
Liliana sintió cómo su respiración se volvía más lenta.
Más profunda.
—No estoy dudando de eso…
Su voz bajó.
—Estoy dudando de esto.
Señaló entre ellos.
Ese espacio mínimo que aún los separaba.
Dominic no miró el gesto.
No lo necesitó.
—Entonces deja de hacerlo.
—No es tan fácil.
—Sí lo es.
Ella negó.
—No lo es.
Su voz tembló apenas.
—Porque esto no debería estar pasando.
Dominic inclinó ligeramente la cabeza.
—Pero está pasando.
Esa simple frase la desarmó más de lo que quería admitir.
—Dominic…
Su nombre salió distinto.
Más suave.
Más cargado.
Él lo notó.
Se acercó.
Un paso.
Luego otro.
Hasta que la distancia desapareció.
Ya no había espacio.
Solo aire compartido.
Calor.
Respiración.
Presencia.
Liliana sintió cómo su cuerpo reaccionaba inmediatamente.
Su piel se tensó.
Su corazón se aceleró.
Su mente intentó reaccionar…
pero ya era tarde.
—Dime que pare —dijo él, en voz baja.
Ella lo miró.
Directamente.
Y no pudo.
No pudo decirlo.
No pudo apartarse.
No pudo hacer nada.
Porque en ese momento…
quería quedarse.
Dominic levantó la mano lentamente.
Despacio.
Como si le diera tiempo a detenerlo.
Pero ella no lo hizo.
Sus dedos rozaron su mejilla.
Suaves.
Pero firmes.
El contacto hizo que el aire desapareciera de los pulmones de Liliana.
Cerró los ojos por un segundo.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
—Esto no está bien… —susurró, sin apartarse.
—No —respondió él—. Pero tampoco está mal.
Ella abrió los ojos.
Lo miró.
Y en esa mirada había algo que ya no podía negar.
—Nos vamos a lastimar.
Dominic no dudó.
—Tal vez.
—Entonces…
—Entonces deja de pensar tanto.
Su voz era más baja.
Más profunda.
Más cerca.
Sus dedos bajaron lentamente.
De su mejilla…
a su mandíbula…
deteniéndose justo ahí.
Sosteniéndola.
Sin forzar.
Pero sin soltar.
Liliana sintió cómo todo su cuerpo respondía a ese simple gesto.
A esa cercanía.
A esa forma en que él la miraba.
Como si realmente la viera.
Como si realmente la quisiera.
Y eso…
eso era lo más peligroso de todo.
—Dominic…
Su voz fue apenas un hilo.
Él no respondió.
Pero se inclinó.
Lentamente.
Dándole tiempo.
Dándole espacio.
Dándole la oportunidad de alejarse.
Pero ella no lo hizo.
No pudo.
Su respiración se mezcló con la de él.
El aire se volvió cálido.
Denso.
Irreal.
El mundo desapareció.
Y en ese instante…
todo dejó de importar.
Miguel.
El contrato.
El pasado.
Todo.
Solo quedaban ellos.
Y esa distancia mínima…
que estaba a punto de desaparecer.
Pero entonces—
Un sonido.
Un golpe seco contra la puerta principal.
Ambos se separaron apenas.
La realidad volvió de golpe.
El momento se rompió.
Otra vez.
Liliana respiró con fuerza.
Como si hubiera estado conteniendo el aire demasiado tiempo.
Dominic cerró los ojos un segundo.
Molesto.
Tenso.
—¿Ahora qué…? —murmuró ella.
El sonido volvió.
Más fuerte.
Más insistente.
Dominic giró el rostro hacia la entrada.
Su expresión cambió completamente.
Volvió el hombre frío.
Controlado.
Peligroso.
—Quédate aquí.
Pero Liliana negó.
—No.
Dominic la miró.
—Liliana—
—No voy a esconderme otra vez.
El silencio duró un segundo.
Luego él asintió.
Pero su mirada se endureció.
—Entonces no te alejes de mí.
Caminaron juntos.
Otra vez.
Pero esta vez…
todo era distinto.
Porque lo que casi había pasado…
ya no podía ignorarse.
Y ambos lo sabían.
Cuando llegaron a la puerta…
Dominic la abrió.
Y lo que encontraron del otro lado…
no era lo que esperaban.