Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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6
Luna entró a la academia de idiomas como un pequeño torbellino, sacudiéndose los copos de nieve de su abrigo mientras su cabello rizado, inflado por la humedad moscovita, parecía querer rebelarse contra el mundo. En su mano derecha apretaba con determinación un periódico local, lleno de círculos marcados con tinta roja.
—¡Ay, Diosito! Si no salgo de ese departamento pronto, voy a terminar convertida en un helado de vainilla —refunfuñó en español, atrayendo las miradas curiosas de sus alumnos que pasaban por el pasillo.
Llegó a la sala de profesores y dejó caer el periódico sobre la mesa con un golpe seco. El anuncio de "Se renta" de un edificio con calefacción decente era su objetivo, pero el precio en rublos era un insulto a su salario de docente.
—Luna, querida, pareces una cafetera a punto de explotar —dijo Svetlana, su colega de francés, mientras sorbía un té—. ¿Otra vez peleando con el radiador o es que el periódico te debe dinero?
—Peor, Svetlana. Es que en esta ciudad o comes o tienes calefacción, pero las dos cosas parecen un lujo de zar —respondió Luna, con ese fuego mexicano encendiendo sus ojos—. Necesito otro trabajo, algo de medio tiempo, traducciones, cuidar perros, ¡lo que sea! Pero necesito mudarme antes de que mis dedos se caigan por congelación.
Svetlana miró el periódico con desdén y luego señaló con la cabeza hacia el gran pizarrón de corcho que presidía la entrada de la escuela, donde los avisos de "Se busca" brillaban bajo las luces LED.
—Olvida el periódico, Luna. Esas ofertas son para mortales. Aquí estamos en la zona de los "niños de oro". Sus padres tienen más dinero que sentido común y siempre están buscando cosas nuevas para que sus herederos no se aburran. Pon un anuncio ahí. Di que das clases particulares de español avanzado o de cultura latina. Estos niños ricos siempre buscan algo "exótico" que poner en sus currículums para Harvard.
Luna arqueó una ceja, su mente brillante trabajando a mil por hora. Sus ojos de hechicera brillaron con una chispa de picardía.
—¿Niños ricos, eh? ¿De esos que creen que el dinero crece en los árboles de abedul?
—Exacto —rio Svetlana—. Pagan el triple de lo que te da la academia y, si tienes suerte, hasta te dan propina en caviar. Solo pon algo que llame la atención. Algo... muy tú.
Luna no lo pensó dos veces. Sacó una hoja de papel de colores —rosa neón, irónicamente— y con una caligrafía impecable pero enérgica, escribió:
"¿Cansado de hablar como un robot? Aprende el español que tiene alma. Maestra nativa ofrece clases de conversación, cultura y carácter. Solo para personas que no tengan miedo a los retos (o a los acentos fuertes). Precios competitivos para gente sin límites."
Con un par de chinches, clavó su anuncio justo en el centro del pizarrón, sin saber que ese trozo de papel rosa sería el anzuelo perfecto. Unos minutos después, una limusina negra se estacionaba frente a la escuela. De ella bajó una rubia con un abrigo de diseñador y una sonrisa de satisfacción tras haber gastado una pequeña fortuna en brillos labiales.
Mila Petrov entró a la academia para recoger unos folletos de un curso de verano, pero se detuvo en seco frente al pizarrón. El papel rosa neón parecía gritarle. Lo leyó una, dos veces. "Carácter", "clases de alma", "no tener miedo a los retos".
Una idea malvada y brillante se formó en la cabeza de Mila. Su hermano Ivan necesitaba muchas cosas: una novia, paciencia y, sobre todo, alguien que no bajara la mirada cuando él rugía. ¿Qué mejor que una maestra mexicana con "carácter de los mil infiernos" para descolocar al mismísimo Espectro de Moscú?
Mila arrancó el número de teléfono con una risita triunfal.