Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
22
Acto II: La Doble Vida
Capítulo 22: El cheque
—
Tres días después del cheque, volví a la oficina.
No sabía por qué. Supongo que porque no podía permitirme quedarme en casa llorando. Supongo que porque el alquiler no espera. Supongo que porque soy idiota.
Encarna me miró raro cuando entré.
—¿Estás bien? Tienes mala cara.
—Estoy bien. Gripe.
—Pues vete a casa.
—No, ya estoy bien.
Me senté en mi mesa. El ordenador se encendió. Cien correos. Todo normal. Como si mi vida no se hubiera roto en mil pedazos hace tres noches.
A media mañana, Sergio pasó por mi mesa.
—Irene.
—Dime.
—El señor Moncada... quiere saber si estás bien.
—Dile que estoy perfectamente.
—Irene...
—Perfectamente, Sergio. Dile eso.
Asintió. Se fue. Yo apreté los dientes y seguí tecleando.
—
El viernes, a las seis de la tarde, cuando ya me disponía a salir, sonó el móvil. Número internacional. Berlín.
—¿Diga?
—Irene. Soy Helga.
Mi corazón dio un vuelco.
—Helga, ¿qué pasa? ¿Todo bien?
—Todo mejor que bien. Siéntate.
Me senté.
—La exposición ha sido un éxito mayor de lo que esperábamos. He recibido ofertas de varias galerías. De París, de Londres, de Nueva York.
—¿Qué?
—Pero eso no es todo. He vendido cinco de las ocho obras.
—¿Cinco?
—Sí. Y los precios... han sido buenos, Irene. Muy buenos.
—No entiendo.
—Que tienes dinero. Tu parte de las ventas. Ya está en tu cuenta. He hecho la transferencia esta mañana. Pero también... también quería darte esto en persona.
—¿El qué?
—Una propuesta. Una galería de Madrid quiere exponerte. En primavera. Tu obra ha gustado mucho aquí, y quieren llevarla a España. ¿Te interesa?
—¿Madrid? ¿Una galería de Madrid?
—Sí. Se llama "Blanca". ¿La conoces?
No la conocía. Pero daba igual. Madrid. Mi ciudad. Mi gente. Mi oportunidad.
—Helga, no sé qué decir.
—Di que sí. Y luego trabaja. Tienes mucho trabajo por delante.
—
Colgué. Me quedé mirando el móvil.
Luego, casi sin respirar, abrí la aplicación del banco.
El saldo apareció en la pantalla.
Y rompí a llorar.
No era una fortuna. No era para retirarme. Pero era más dinero del que había visto en mi vida. Más de lo que ganaba en un año de trabajo. Más de lo que mi madre ganaba en dos.
Mis obras. Mi trabajo. Mi cuerpo. Mi alma.
Todo eso había valido la pena.
—
Salí de la oficina flotando.
En el metro, de vuelta a Malasaña, no podía dejar de sonreír. La gente me miraba raro. Una tía sonriendo sola en el metro a las siete de la tarde. Debía de parecer loca.
Pero no me importaba.
Llegué al estudio. Blanca me recibió con su maullido de siempre. La levanté en brazos y la abracé.
—¿Sabes qué, Blanquita? —dije—. Vamos a poder comprarte la comida cara. La de verdad. La que siempre has querido.
Ella ronroneó. Los gatos siempre saben cuándo toca celebrar.
—
Me senté en el suelo, con Blanca en el regazo, y miré el móvil.
Tres llamadas perdidas de Laura. Dos mensajes de Lucía. Uno de Sergio preguntando si estaba bien.
Ninguno de él.
Bien. Mejor así.
Quería llamar a Laura. Gritarle la noticia. Decirle que lo habíamos conseguido. Pero algo me detuvo.
Quería guardarlo. Solo un rato. Saborearlo. Que fuera solo mío.
Así que apagué el móvil. Preparé un té. Me senté junto a la ventana. Y miré Madrid mientras caía la noche.
—
El lunes pedí el permiso.
—¿Una semana sin sueldo? —preguntó Encarna—. ¿Para qué?
—Asuntos personales.
—¿Estás bien?
—Estoy mejor que nunca.
Me miró raro. Firmó el papel. Y yo salí de esa oficina sabiendo que quizá no volvería.
—
Esa noche, por fin, llamé a Laura.
—¿Dónde cojones estabas? Llevo días llamándote.
—Ocupada.
—¿Ocupada en qué?
—En esto.
Le mandé la captura de mi saldo bancario.
Tres segundos de silencio. Luego un grito que casi me rompe el tímpano.
—¡¿QUÉ COÑO ES ESO?!
—Mis ventas. Las de Berlín.
—¡¿ESTO ES LO QUE GANASTE?!
—Una parte.
—¡Irene, joder, si esto es...
—Ya lo sé.
—¡Podemos ir a cenar! ¡Podemos ir de putas vacaciones! ¡Podemos...
—Tranquila. Solo es el principio.
—¿Cómo que solo el principio?
Le conté lo de la galería de Madrid. La exposición en primavera. Las ofertas de París, Londres, Nueva York.
Cuando terminé, Laura estaba llorando.
—Estoy llorando —dijo—. ¿Te lo puedes creer? Estoy llorando de verdad.
—Yo también lloré.
—¿Y no me llamaste?
—Quería guardarlo. Solo un rato.
—Eres rara.
—Lo sé.
—
Colgamos. Me quedé en silencio. Blanca dormía en mi regazo.
El estudio olía a pintura. A mí. A futuro.
Y por primera vez en mucho tiempo, no pensé en él.
—
Al día siguiente, bajé a comprar el pan.
En el portal, al abrir la puerta, vi un Audi negro aparcado enfrente.
Mi corazón se detuvo.
Las ventanillas tintadas. No se veía dentro. Pero sabía quién era.
No me detuve. Crucé la calle. Compré el pan. Volví.
El coche seguía ahí.
Subí las escaleras sin mirar atrás.
Pero cuando cerré la puerta del estudio, las manos me temblaban.
—
No iba a dejar que me jodiera esto.
Tenía dinero. Tenía futuro. Tenía una exposición.
No necesitaba sus ojos azul oscuro. No necesitaba sus manos en mi espalda. No necesitaba su obsesión.
Pero entonces, ¿por qué me temblaban las manos?
—