El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.
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Capitulo #6 – Amenaza
El sol caía a plomo cuando llegaron. Frente al portón de la escuela, una mancha más oscura quebraba el polvo claro del suelo: el lugar exacto donde alguien se había arrodillado.
Arthur se agachó sin pedir permiso. Pasó la yema de los dedos por la tierra, la observó de cerca, midió las distancias con la mirada. Luego se acercó la mano al rostro y aspiró lentamente, como si el polvo pudiera hablarle.
— Rodilla izquierda… — Murmuró — El peso cayó hacia este lado.
Señaló apenas el suelo.
— Varón. Zurdo… o alguien que llevaba carga en la derecha. No estuvo aquí más de veinte segundos.
Jhon frunció el fruncido.
— ¿Cómo puedes saberlo?
Arthur no levantó la vista.
— Porque no dejó marcas de apoyo al levantarse… — respondió con calma — Si hubiera tardado más, el calor habría marcado la suela al girar. Pero no hay rastro.
Se incorporó con un movimiento fluido.
— Vino solo.
El silencio se extiende unos segundos.
Ninoska abrió la boca para replicar, pero algo la detuvo. Un recuerdo. Arthur tenía esa forma inquietante de mirar los lugares, como si pudiera desmontarlos pieza por pieza, hasta descubrir lo que otros jamás vieron.
Había odiado esa cualidad cuando estaban juntos. Lo había admirado aún más. Y lo peor era que todavía lo hacía.
—Y el símbolo? — Preguntó finalmente.
Arthur tomó el trozo de metal entre los dedos. La marca grabada reflejó un destello breve bajo el sol. Lo observará unos segundos antes de hablar.
— Esto no es un mensaje para Said.
Alzó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de ella.
— Es un anuncio para ti.
El aire pareció enfriarse de golpe.
— Quiere verte nerviosa.
Ninoska sostuvo su mirada. No iba a darle esa satisfacción. No allí.
— Que quiera verme nervioso no significa que lo vaya a lograr.
Arthur la observará un momento más. Algo en su expresión cambió, apenas perceptible.
—Perfecto. — Dijo al fin, con una calma que la irritó tanto como la tranquilizó — Entonces trabajemos.
Recorrieron el perímetro. El guardia se mantiene a cierta distancia. Jhon seguía cada movimiento de Arthur con la mandíbula tensa, como si en cualquier momento fuera a interponerse entre él y su hermana.
Arthur se detuvo junto al muro lateral.
— Mañana cambiarás la ruta.
Ninoska lo miró con frialdad.
— No puedes darme órdenes.
Arthur ni siquiera pareció ofenderse.
— Te doy opciones… — corrigió con serenidad.
Por primera vez, una media sonrisa apareció en sus labios.
— Y sé que siempre eliges lo que es mejor para ella.
La “ella” cayó entre los tres como una piedra en agua quieta. Coralina.
Ninoska apartó la mirada hacia el portón de la escuela. Por encima del muro se escuchaba el coro desordenado de voces infantiles. Risas. Algún grito. La música imperfecta de una infancia ajena a los peligros del mundo. Por un instante quise creer que ese sonido era suficiente para protegerla. Un amuleto invisible.
— Hoy se irá conmigo… — dijo finalmente — Y desde ahora nadie le dirá una palabra de esto.
Arthur apenas.
— Desde ahora… — Repitió en voz baja.
Caminaron hasta la esquina en silencio. El viento arrastraba arena por la calle desierta. Cuando faltaban pocos metros para la puerta de la escuela, Ninoska se detuvo. No lo miré.
— No me preguntes… — Dijo — No hoy.
Arthur no respondió.
— No sobre el pasado.
Durante un instante pareció que iba a insistir. Arthur respir hondo. Como si algo dentro de él hubiera querido salir… y hubiera decidido quedarse donde estaba.
— Está bien… — Concedió finalmente — Hoy no.
Sus manos se rozaron al mismo tiempo cuando empujaron la puerta. Fue un contacto mínimo. Pero suficiente. El recuerdo llegó como una ola repentina: Noches sin palabras, promesas que parecían indestructibles, un amor que en algún momento había sido demasiado grande para ambos.
Ninoska retiró la mano primero. Demasiado rápido. Casi con desesperación. Como si aquel roce pudiera revelar todo lo que había pasado años intentando esconder.
Arthur lo notó. Por supuesto que lo notó. Pero no dijo nada.
— Vamos. — Dijo ella.
Y cruzó la puerta sin mirar atrás.
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Por la tarde, el despacho de Said olía a papel nuevo y arena. Jhon entró sin anunciarse.
— Hablé con nuestros hombres en las cuevas del sur. Encontraron un campamento abandonado. No hay cuerpos. Solo ceniza… y otra marca.
Said se llevó el pulgar a los labios. Pensó en la tela frente a la escuela, pensó en su hermana, en su sobrina, en el niño que quizás latía en el vientre de Pamela.
—Alguna pista de hacia dónde? —Preguntó.
— Al noreste. Hacia los almacenes.
Said alzó la vista justo cuando Ninoska y Arthur cruzaban la puerta.
— Buenas noticias… — Anunció, seco — Creo que ya sé qué quiere Dissano.
—¿A mí? — Dijo Ninoska.
— No solo a ti. — Contestó Said — Quiere lo único que te haría salir sin guardia y sin pensar.
Ninoska sintió el golpe antes de entenderlo. Luego, un frío claro le cruzó el pecho.
— Coraline… — Susurró.
Arthur dio un paso al frente.
— Entonces no iremos detrás de él. — Arthur era director — Lo haremos venir.
Said ascendiendo, como quien acepta el precio de una moneda maldita.
— Preparen un anzuelo.
Un mensajero irrumpió sin anunciarse con un sobre sellado por Dissano. Said lo tomo y sin detenerse ni un minuto lo abrió.
Dentro, solo una frase:
“Flor del Desierto, abre la puerta”.
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La noche en Namhara no traería alivio. El viento del desierto golpeaba los muros del palacio como si quisiera arrancarlos de raíz. Dentro del despacho, el silencio era más pesado que la arena que se colaba por las rendijas.
Ninoska mantenía el sobre entre sus manos. Sus dedos temblaban, aunque intentara ocultarlo.
“Flor del Desierto…” Nadie la había llamado así desde aquella noche. La voz de Dissano resonaba en su memoria como un eco venenoso.
Arthur rompió el silencio:
— Esto no es una advertencia. Es una invitación. Y sabe que no podrás ignorarla.
Said presionó los puños detrás del escritorio. Jhon dio un paso al frente, con los ojos clavados en la puerta como si Dissano pudiera atravesarla en cualquier momento.
Y Ninoska, con un nudo en la garganta, entendió lo que él buscaba. No era ella. No era el trono. Era lo único que jamás le dejaría tocar: Coraline.
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Las risas de Coraline llenaban la habitación.
Corría descalza sobre las alfombras, esquivando las almohadas que una de las sirvientas lanzaba con exagerada torpeza, como si fuera un monstruo lento incapaz de alcanzarla.
— ¡No me atraparás! — Gritaba la niña entre carcajadas.
Se escondió detrás de la cama, convencida de que su escondite era perfecto. Pero sus pequeñas manos se asomaban por el borde del colchón, delatándola.
La sirvienta fingio no verla.
— ¿Dónde se habrá escondida la princesa? — Dijo con dramatismo.
Coraline se estalló en una risa aún más fuerte. Fue en ese momento cuando Arthur apareció en el umbral de la puerta. No anunció su presencia. Había llegado guiado por una mezcla incómoda de deber… y algo mucho más difícil de nombrar.
Sabía que la hija de Ninoska estaba allí. Pero no estaba preparado para verla. La escena lo detuvo en seco. Sus ojos se posaron en la niña. Y por un instante el mundo se inclinó.
Esa risa.
Ese brillo en los ojos.
Era como observar un recuerdo imposible: una versión infantil de Ninoska… pero más libre, más luminosa, como si el mundo aún no hubiera tenido tiempo de romperla.
Coraline levantó la vista en ese momento. Sus ojos verdes se encontraron con los de Arthur. El silencio cayó sobre la habitación como una tela invisible. La niña ladeó la cabeza, estudiándola con la curiosidad despreocupada de quien observa a un extraño… que por alguna razón no parece del todo extraño.
— ¿Quién eres? —Preguntó.
La sirvienta se tensó al notar al visitante. Hizo una reverencia rápida y se retiró discretamente.
Arthur no se movió. No podía. Algo dentro de él se resistía a romper aquel momento. Pero sus pies comenzaron a avanzar, casi por voluntad propia. Necesitaba verla más de cerca. Una voz irracional latía en su mente.
Imposible. Y sin embargo… allí estaba.
Coraline corrió hacia él con naturalidad. Se detuvo frente a Arthur, apenas a la altura de su cintura, y extendió la mano con absoluta confianza.
—¡Hola! Soy Coraline Yazhira. ¿Quieres jugar conmigo?
Arthur tragó saliva antes de tomar su pequeña mano. Sus dedos temblaron. La calidez de la niña lo atravesó como un relámpago. Su mente comenzó a calcular sin permiso: edad, años, recuerdos.
Todo encajaba demasiado bien. Y entonces lo vio. En la parte interior de la muñeca derecha. Un pequeño lunar oscuro. Arthur sintió que el corazón se detenía. Su madre siempre lo había llamado la “Sombra Miller”. Un rasgo que apareció, generación tras generación, en su familia.
Detrás de él, la puerta se abrió de golpe.
— ¡Coraline!
La voz de Ninoska llegó cargada de urgencia.
La niña giró hacia ella con una sonrisa radiante.
— Mami, estaba jugando… y este señor…
Señaló a Arthur con inocente entusiasmo.
— ¿Lo conoces?
Ninoska quedó inmóvil en el umbral.
Arthur no apartaba la vista de la niña.
Y en aquel cruce silencioso de miradas entre los tres… algo se reveló sin palabras.
Arthur tragó saliva. Luego caminó hacia Ninoska. La tomó del antebrazo con una urgencia que intentaba mantener bajo control. Su voz fue apenas un susurro.
— Es mía… ¿Verdad?
Ninoska no respondió. Sus ojos se endurecieron.
— Arthur…
— No lo niegues todavía… — la interrumpió en voz baja — No cuando acabo de verla.
El silencio se tensó entre ambos.
— Estás sacando conclusiones absurdas… — Respondió ella con frialdad.
Arthur dejó escapar una risa breve, incrédula.
— ¿Absurdas?
Su mirada descendió un segundo hacia la muñeca de la niña. Luego volvió a Ninoska.
— Ese lunar… lo heredé de mi padre y él lo heredó de su abuelo. Mi madre lo llamaba la Sombra Miller. Ningún médico sabría inventar algo así.
Ninoska sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Pero sostuvo la mirada.
— Los niños pueden parecer muchas personas.
— No tanto.
— Arthur…
— Tiene tus ojos… — Continuó él — Tu forma de sonreír.
Su voz se volvió más baja.
— Y mi sangre.
Ninoska apartó la mirada un instante. Ese pequeño gesto fue suficiente. Arturo lo vio.
—Dímelo. —Susurró, exigiéndole una respuesta.
Había desesperación en su voz.
— Solo dime la verdad.
— No aquí.
— No me hagas esto.
— Arthur…
— ¿Es mi hija?
El silencio se hizo insoportable. Ninoska respiró hondo. Su mente corría desesperadamente entre el pasado y el presente.
Coraline.
Dissano.
El reino.
Arturo.
Demasiadas piezas.
Demasiado peligro.
— Arthur… — dijo finalmente — Esto no es una conversación para tener delante de una niña.
— Entonces no lo niegas.
— Tampoco lo confirmo.
Sus ojos se encontraron. El dolor en los de Arthur era imposible de esconder.
— Eso no es una respuesta.
— Es lo único que puedo darte ahora.
Arthur apretó la mandíbula.
— Han pasado casi cinco años, Ninoska.
— Precisamente.
— Tenía derecho a saber.
— Tenías derecho a muchas cosas… — respondió ella en voz baja — Y tú mismo decidiste quitártelas.
La niña corrió hacia su madre, alarmada por la tensión en sus voces.
— Mami…
Ninoska la abrazó de inmediato. Su expresión cambió al instante.
— ¿Quieres un helado, princesa?
Su voz se volvió suave. Protectora. Materno.
Coraline ascendió, aún confundida.
Arthur observaba la escena con el corazón golpeando contra su pecho.
— Hablaremos luego… — dijo Ninoska sin mirarlo — En privado.
— Claro que hablaremos.
—Estás asustando a la niña.
Arthur se quedó en silencio. Tenía razón. Se pasó una mano por el rostro, tratando de contener la tormenta dentro de su cabeza. Luego se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se volvió hacia la pequeña.
Coraline lo observaba con la cabeza escondida en el cuello de su madre.
— Adiós, Coraline… — Dijo con suavidad — Otro día jugaremos.
La niña no respondió. Pero levantó la mano en un pequeño gesto de despedida.
Arthur sintió que algo dentro de él se quebraba. Porque ahora ya no podía dejar de pensar lo mismo.
Si estaba equivocado… dolería. Pero si tenía razón…
Entonces el mundo acababa de cambiar para siempre.
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
Espero mucho!