Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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El primer hilo de la red.
Sin el radar de Aranza, Idril caminaba por el campus como una sonámbula. El aislamiento no era un vacío, sino un espacio que la Élite llenaba con una calidez calculada. Saúl y Omar habían sustituido las burlas por una "necesidad académica" que Idril, en su naturaleza servicial, no sabía rechazar. Hablar de libros y teoremas era su zona de confort, y los chicos lo usaron como un caballo de Troya para derribar sus muros.
Pero el golpe maestro vino de Dona y Samantha. En el patio de lectura, bajo una luz de otoño que hacía que todo pareciera una película, aplicaron la psicología inversa más cruel: la hicieron sentir culpable por su propia desconfianza.
—Nos duele, Idril. De verdad —susurró Dona, sentándose tan cerca que Idril podía oler su perfume de azahar—. Intentamos ser amables y tú nos tratas como si fuéramos el enemigo. Es... agotador intentar ser tu amiga y recibir solo silencio.
Idril, con los ojos empañados y el corazón encogido por una vergüenza asfixiante, terminó pidiendo perdón por las ofensas que ella había recibido. Fue el triunfo total de la manipulación. Al aceptar la invitación a la Villa Von Krieg, Idril no solo firmó un pacto de estudio; entregó las llaves de su voluntad.
El sábado por la tarde, el cielo de Heidelberg se tiñó de un naranja violáceo, como una herida que sana. Idril llegó a la Villa Von Krieg con las manos sudorosas apretando las correas de su mochila, el único objeto que la vinculaba a su realidad. El hierro forjado de la entrada y el mármol impecable del vestíbulo la hacían sentir pequeña, una mota de polvo en un palacio de espejos.
Cuando la mucama la guio hacia el área de la piscina, la escena la golpeó con la fuerza de un espejismo. No había libros, no había café de estudio. Había risas, música y el brillo azul neón del agua bajo el atardecer.
—¡Llegaste! —exclamó Dona, emergiendo de una tumbona con un vestido de seda transparente sobre el traje de baño—. Deja esa mochila en cualquier parte. Primero relajamos el cerebro, luego lo usamos.
Idril se quedó de pie, abrazada a sus libros, sintiéndose como un personaje de un cuento de terror que se ha equivocado de set y ha terminado en una comedia adolescente. La "diversión" comenzó como un juego de integración forzada. Omar y Saúl, con una energía juguetona, la salpicaban desde el agua, obligándola a reírse por puro nerviosismo.
—¡Vamos, Idril, no seas aburrida! —gritó Samantha antes de que Holga apareciera como una aparición de oro y marfil.
Con un movimiento repentino y una sonrisa que no prometía nada bueno, Holga empujó a Idril. El impacto del agua fría fue un choque de realidad. Idril emergió empapada, con las gafas torcidas y el cabello pegado a la cara. Las carcajadas del grupo resonaron en las paredes de piedra de la villa, un sonido que para ellos era alegría y para ella era un eco lejano de sus peores pesadillas.
Al borde de la piscina, sentado en un sillón de cuero blanco con la elegancia de un monarca aburrido, Darién Herzog observaba la escena. Su rostro era una máscara de piedra. La presencia de Idril en ese lugar, empapada y desorientada, le resultaba estéticamente ofensiva, un error de composición en su mundo perfecto.
Su mirada se endureció cuando Idril, tratando de recuperar la dignidad, se limpió las gafas y buscó un lugar donde esconderse. Para Darién, ella no era una amiga; era un organismo unicelular siendo observado bajo un microscopio de lujo.
Holga se acercó a él, goteando agua sobre el suelo de piedra, y le rodeó el cuello con sus brazos fríos, susurrándole al oído con una malicia eléctrica:
—No pongas esa cara, Darién. Es solo un juguete nuevo. Deja que nos divirtamos un poco con ella antes de que se rompa. No es necesario que le prestes atención... solo observa cómo intenta encajar en un rompecabezas que no tiene piezas para ella.
Darién no respondió. Sus ojos azules se clavaron en Idril, quien ahora intentaba sonreír mientras Saúl le ofrecía una toalla de algodón egipcio. El "maestro de ajedrez" sintió un rastro de irritación. No era por Idril, sino por la ausencia de la otra. La falta de Aranza en esa escena hacía que el juego se sintiera incompleto, demasiado fácil.
—Juega entonces, Holga —dijo Darién finalmente, con una voz tan fría que pareció congelar el vapor que subía de la piscina—. Pero ten cuidado. A veces los juguetes que parecen más inofensivos son los que terminan ensuciando toda la habitación cuando estallan.
Idril, sentada en la orilla, tiritando ligeramente bajo la toalla, miró hacia Darién. Por un segundo, sus miradas se cruzaron. En los ojos de ella había una súplica de aceptación; en los de él, solo la promesa de un invierno eterno. La red estaba cerrada, y la becada acababa de lanzarse al fondo de la piscina sin saber que, en ese acuario de cristal, ella era la única que no sabía nadar.