Alessio De Luca compró un esposo omega para que fuera un adorno en su vida de capo, pero esa noche Renato Vieri murió de miedo. En su cuerpo despertó Dante, un alfa estratega que perdió su vida en otro mundo.
Ahora, fingiendo sumisión, Renato usará a Alessio para escalar hasta la cima del hampa. Su plan: ser la mano en la sombra que guíe cada movimiento de su alfa. Pero su verdadera naturaleza empieza a filtrarse en su aroma, lo que debería oler solo a algodón y flor de cerezo comienza a liberar pimienta rosa, un picante que Alessio no puede ignorar.
Entre la atracción de sus feromonas y la admiración por esa mente criminal, el alfa se verá obligado a replantearse todo lo que creía sobre los omegas, el poder y la lealtad. Juntos formarán una alianza letal. Pero cuando la máscara caiga y Alessio descubra que su esposo no es quien dice ser, ¿serán dueños de la ciudad o enemigos mortales?
NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7: Segunda oportunidad
La luz de la mañana entró por la ventana como un recordatorio, Renato llevaba horas despierto, pero no se había movido. Quería sentir el cuerpo, aprenderlo.
Algo había cambiado. La mesita de noche estaba más vacía de lo que recordaba, el jarrón de flores ya no estaba, tampoco el pequeño espejo de mano que solía haber sobre la cómoda. En el cajón del escritorio, donde antes guardaba la libreta, ahora solo había papeles en blanco.
Alguien había registrado la habitación, habían retirado todo lo que pudiera usarse para hacerse daño.
Renato lo entendió. Alessio no quería que su inversión se suicidara. No por él, por el dinero.
Respiró hondo, el pecho se elevó sin esfuerzo. Antes, en su vida anterior, cada respiración profunda llevaba consigo el eco de costillas rotas, de noches de entrenamiento, de cicatrices que tiraban. Ahora nada, solo el movimiento limpio de unos pulmones jóvenes.
Se incorporó despacio. Las vendas en sus muñecas aún le recordaban lo que Renato Vieri había intentado hacer, pero el dolor ya no era agudo. Era un eco. Se levantó, las piernas le temblaron, pero menos que el día anterior. Caminó hasta el armario, abrió las puertas.
Ropa. Tonos pastel, tejidos suaves, camisas de seda, pantalones de lino, jerséis de cashmere. Todo en tallas pequeñas, pensadas para un cuerpo delgado, para su cuerpo ahora. Eligió lo más sencillo: pantalón gris claro, camisa blanca de manga larga, las mangas le permitirían ocultar las vendas. Nadie tenía que verlas.
Se vistió despacio, cada prenda era un recordatorio de su nuevo papel. La seda contra su piel era suave, demasiado suave, la ropa que solía llevar Dante era oscura, gruesa, funcional. Esto era lo contrario, esto era un disfraz. Se miró al espejo, el rostro de Renato Vieri lo miraba: ojos avellana, pómulos suaves, una belleza que no había pedido. Dante había sido atractivo, pero de otra forma, sus facciones eran duras, marcadas por la violencia y los años. Este rostro era joven., frágil, bonito.
—Buenos días, Renato —se dijo en voz baja. La voz sonó más aguda de lo que recordaba, también más suave.
Era extraño, pero era suyo ahora. Salió de la habitación.
El pasillo era largo, de paredes blancas y suelo de mármol. Un sirviente que no conocía estaba al fondo, limpiando una lámpara que ya estaba limpia, lo miró de reojo mientras pasaba. Renato siguió caminando. En la siguiente esquina, otro sirviente, en la escalera, una mujer con una bayeta, frotando el pasamanos sin necesidad.
No lo seguían abiertamente, no le impedía nada., pero lo vigilaban.
Renato bajó la mirada. Su cuerpo omega quería encogerse, Dante quería levantar la cabeza y desafiar.
Hizo algo intermedio. Pasó de largo, con los hombros hacia adelante, sumiso, inofensivo. Pero sus ojos, ocultos bajo el flequillo castaño, observaban.
Los guardias de la entrada tenían rutinas, cambiaban de puesto cada dos horas, el de la izquierda cojeaba. La puerta del fondo tenía el marco astillado, la alfombra del pasillo estaba desgastada en el centro, pero no en los bordes, eso significaba que la gente caminaba por el medio.
Llegó al comedor, el desayuno estaba servido. Un solo cubierto, Alessio ya había desayunado, o no desayunaba allí. Se sentó, Matteo, el sirviente joven de los ojos claros, se acercó a servirle té, tenía las manos temblorosas.
—Buenos días, señor.
—Buenos días —respondió Renato.
Matteo pareció sorprendido de que le hablaran, bajó la mirada y se retiró.
Renato comió despacio, sus ojos recorrieron la habitación. Las ventanas daban al jardín, los guardias patrullaban en parejas, con intervalos regulares. Una garita en la esquina del muro, otra en la puerta trasera. Rutas de patrulla. Puntos ciegos. Zonas de sombra.
No pensaba escapar, pero conocer el terreno era el primer paso para controlarlo.
Terminó, dejó la servilleta y se levantó. Recorrió la planta baja. El salón de recepciones, con sus sillones de terciopelo burdeos. La sala de estar pequeña, con la chimenea apagada. La capilla diminuta, con el crucifijo de plata y los bancos llenos de polvo.
Llegó a la biblioteca, la puerta estaba entreabierta. Entró.
El olor a papel viejo y cuero le golpeó suavemente. Paredes cubiertas de libros, desde el suelo hasta el techo, una mesa de roble en el centro, con una lámpara de bronce y un tintero vacío. Renato recorrió los estantes con los dedos. Títulos en italiano, en inglés, algunos en francés. Novelas, poesía, tratados de historia. Y en una sección aparte, documentos. Legajos. Cartas viejas.
Aquí es donde empiezo, pensó. Pero no hoy, hoy solo exploraba, tomaba medidas.
Al salir de la biblioteca, sintió una mirada en la nuca, se giró, el pasillo estaba vacío. Siguió caminando y llegó a la zona de servicio. La cocina olía a pan, una mujer beta de mediana edad movía una olla. Al verlo, frunció el ceño.
—¿Se le ofrece algo, señor?
—No, gracias, solo paseaba.
La mujer lo miró un momento, luego volvió a la olla.
—Los omegas no pasean por aquí —murmuró.
Renato no respondió, dio media vuelta y se fue. Un territorio marcado, pensó, cada espacio tiene dueño, y yo aún no sé cuál es el mío.
Subió la escalera. En el rellano, una ventana daba al jardín trasero, los guardias patrullaban. Más allá de los muros, estaban los tejados de la ciudad. Su ciudad ahora.
Cerró los ojos. Respiró hondo.
Soy Renato Vieri: un omega vendido, un adorno, alguien que no da problemas.
Pero cuando abrió los ojos, en ellos brillaba una luz que no era sumisión.
Y también soy Dante Falcone, y voy a recordar quién soy cada día, cada hora, cada minuto. Hasta que este mundo sepa mi nombre.
Bajó la mirada, enderezó los hombros. Caminó de vuelta a su habitación con la cabeza inclinada y los pasos silenciosos.
Sumiso. Inofensivo. Invisible.... Por ahora.
Gracias por el cap🫶🫂
Ale cada día me gusta más, está aprendiendo a coexistir con todo lo que es y significa Ren. Todavía falta pero va por buen camino🤓🤓🤓