VOLVER A AMAR - TEMPORADA I
Ella creció creyendo que el amor era resistencia, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.
Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y necesaria de su vida: irse.
Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.
Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.
Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.
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CAPÍTULO 22
El plan de Leonardo no era nada complicado, era un paseo corto para que Emiliano pudiera distraerse y, de paso, pasar un rato conmigo. Aun así, dos días después, cuando me llamó para invitarme, noté ese tono suyo que hace que cualquier cosa parezca más grande de lo que es, como si estuviera disfrazando algo importante de simple. Como si detrás del “vamos a dar una vuelta” hubiera un “quiero verte” que no se animaba a decir en voz alta.
Llegaron puntuales, con esa puntualidad que no se negocia. El auto se detuvo frente a mi edificio y, al asomarme por la ventana, vi a Emiliano en el asiento trasero, saludándome con entusiasmo, agitando las manos como si fuera un viejo amigo y no un niño que todavía me estaba conociendo. Esa sonrisa tan genuina, me hizo pensar que, tal vez, ya había aceptado mi presencia en sus vidas. Fue un alivio silencioso, de esos que no se dicen en voz alta, pero que se sienten como una puerta que se abre sin hacer ruido.
El paseo fue sencillo, pero lleno de pequeños momentos que parecían quedarse grabados entre calles arboladas donde las copas formaban un techo verde sobre nuestras cabezas, el sol filtrándose entre las hojas como si jugara a seguirnos, y un helado de vainilla y fresa en una plaza tranquila donde Emiliano acabó con la nariz manchada y fingió no notarlo.
La charla iba cambiando de tema sin esfuerzo, Emiliano contaba anécdotas del colegio, imitaba las voces de sus amigos y exageraba las historias para hacernos reír. Leonardo lo escuchaba, pero cada tanto me lanzaba miradas como si, sin importar la conversación, yo fuera su punto fijo.
Y había algo en esas miradas. No eran intensas al punto de incomodarme, pero sí lo bastante claras como para que supiera que estaba leyendo algo más en mí de lo que decía en voz alta. A veces, cuando nuestros ojos se encontraban, el tiempo parecía hacerse un paréntesis breve. No había nada explícito, pero sí una certeza tibia: ese paseo tenía otra capa, una que Emiliano todavía no notaba.
En el camino de regreso, Emiliano empezó a cabecear de sueño. El movimiento del auto, el calor de la tarde y quizá el azúcar del helado hicieron lo suyo. Cuando llegamos a mi edificio, ya estaba casi dormido, con la cabeza apoyada en la ventana y una expresión pacífica que me dio un extraño deseo de protegerlo, aunque apenas lo conociera.
Se quedó en el asiento trasero mientras Leonardo bajaba para acompañarme hasta la puerta. Caminamos despacio, como si al reducir el paso pudiéramos estirar la despedida.
—Gracias por hoy— dije, aunque la palabra “hoy” se me quedaba corta para todo lo que había sentido.
—Gracias a ti por venir— contestó Leonardo, con esa calma suya que me llena de una paz que no sabía que se podía sentir.
Leonardo se quedó un segundo en silencio, mirándome. No era una mirada casual; tenía esa atención concentrada que me obligaba a sostenerla o a huir. Elegí sostenerla.
—¿Entonces puedo invitarte otra vez?— preguntó él, como quien ofrece algo sencillo pero está midiendo cada reacción.
—Puedes intentarlo— respondí, intentando que mi sonrisa no revelara demasiado.
Leonardo sonrió, pero no como antes. Esta vez fue más lento, más cerca. Sus manos no me tocaron, pero su proximidad hizo que sintiera el calor que desprendía, como si la noche se hubiera encogido alrededor nuestro.
—Creo que voy a intentarlo— susurró él, y entonces hubo un momento suspendido en el aire, el tipo de instante en el que cualquier cosa puede pasar.
No sé quién dio el paso final. Solo sentí sus labios, cálidos y seguros, encontrando los míos en un beso breve, pero tan lleno de intención que me dejó con la sensación de que había durado mucho más. No fue urgente ni torpe, sino exacto, lo justo para dejarme queriendo un poco más.
Ese fue nuestro segundo beso, creo que él estaba tanteando, si podría pedirme empezar algo, pero no encontraba aún el momento adecuado para ello.
Cuando se apartó, todavía estaba lo bastante cerca para que su respiración rozara mi mejilla.
—Buenas noches— dijo Leonardo, como si no hubiera hecho nada extraordinario.
Lo vi regresar al auto y arrancar despacio, como si tampoco quisiera irse del todo. Emiliano seguía dormido, con el cabello revuelto, ajeno a todo.
Subí a casa con el corazón un poco más inquieto que antes, la mente repasando cada gesto y cada palabra. No habíamos puesto nombre a lo nuestro, pero ya lo sentía crecer, como una semilla que nadie ve, pero que yo sabía que estaba ahí, abriéndose paso.
Y como dejando las heridas del pasado atrás, me descubrí esperando el próximo día no por lo que tenía que hacer, sino por lo que podía pasar, y no sabía que eso estaba más cerca de lo que podía imaginar.