Lolo siempre ha creído que los mitos pertenecen a los libros… hasta que regresa al valle de su infancia y descubre que el bosque esconde secretos que nadie quiere nombrar.
Entre leyendas de kitsune, advertencias silenciosas y una familia que parece saber más de lo que dice, Lolo se adentra en un mundo donde lo sobrenatural no solo existe, sino que observa, espera… y recuerda.
Cuando conoce a un ser tan hermoso como peligroso, Lolo deberá decidir si está dispuesta a confiar en alguien que no pertenece al mundo humano. Porque amar a un zorro no es solo un riesgo para el corazón, sino una amenaza para todo lo que cree conocer.
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Capitulo 2: ¿Sonambulismo o Magia?
Me desperté por el grito insistente de la alarma. Los rayos del sol se filtraban por la ventana de mi cuarto con una intensidad hiriente, recordándome que ya era un nuevo día.
Me quedé mirando el techo, confundida.
—Qué extraño…
Si la memoria no me fallaba —y mis rodillas no me engañaban con ese frío residual— anoche me había desplomado en el césped del patio tras perseguir una llama azul.
¿Había sido otro sueño?
No, si hubiera sido un sueño me habría despertado en el sofá. A menos que mi padre me hubiera encontrado en el patio y me hubiera subido en brazos hasta aquí, aunque lo dudaba seriamente, a su edad, mi peso no era precisamente el de una pluma.
Quizás la silueta que vi antes de perder el conocimiento era él.
Apagué la alarma de un manotazo y salté de la cama. Sin siquiera pasarme un poco de agua por la cara, bajé las escaleras a toda prisa, esquivando escalones para no romperme el cuello, no quería morir joven y con el misterio sin resolver.
Tenía que pillar a mi padre antes de que se fuera al trabajo, o me pasaría todo el bendito día carcomiéndome la cabeza.
—Papá, ¿tú me llevaste a mi cuarto anoche? —solté sin anestesia en cuanto entré a la cocina. Directa al grano.
—Buenos días para ti también, querida hija —respondió él con ese tono de sarcasmo refinado, sin despegar la vista del periódico.
—¿Sí o no? —insistí, sintiendo cómo la ansiedad me picaba en las manos.
—Yo amanecí muy bien, cariño, ¿y tú? —Continuó ignorando mi pregunta, manteniendo ese maldito sarcasmo que me estaba colmando la paciencia.
—Lo siento, lo siento —suspiré, acercándome para darle el beso de rigor en la mejilla—. Me levanté del lado equivocado de la cama.
O del suelo del patio, pero eso él no tenía por qué saberlo.
—Tranquila —me devolvió un beso en la frente—. Respondiendo a tu pregunta… no. Cuando llegamos del cine te vimos dormida en el sofá. Fui a ducharme primero y, cuando regresé para despertarte, ya no estabas —se encogió de hombros—. Supuse que habías recuperado el conocimiento y subido por tu cuenta.
—Qué extraño —susurré para mi.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Si mi padre no me había subido… ¿quién lo había hecho?
—Gracias, pá. Me voy a duchar para empezar a hacer las maletas —dije, tratando de sonar normal mientras mi mente iba a mil por hora.
Subí los escalones de dos en dos, todavía con la piel de gallina. Me encerré en el baño y dejé que el agua fría me devolviera a la realidad.
Me vestí de forma práctica para la batalla que suponía empacar, una camiseta negra básica, una braga de short gris que me resultaba comodísima y mis tenis blancos favoritos.
Mientras lanzaba ropa dentro de la maleta —más bien peleando con las camisas que se negaban a doblarse— mi mente era un hervidero.
¿Debería contarle a mamá lo de la llama azul?
Lo más probable era que terminara llamando a un exorcista o a un psiquiatra, pero no perdía nada intentándolo. Necesitaba que alguien más confirmara que no me estaba volviendo loca.
Terminé de cerrar la cremallera de la maleta con un esfuerzo heroico, la arrastré hasta el pie de la escalera y busqué a mi madre. Estaba en la sala, con esa elegancia natural que siempre me hacía sentir como un patito torpe a su lado.
—Mamá… ¿podemos hablar un segundo? —pregunté, acercándome con las manos entrelazadas tras la espalda.
—Claro, hija. ¿Sucede algo? —Su tono cambió al instante. Esa antena de "preocupación maternal" se encendió, y me miró como si estuviera analizando cada poro de mi cara en busca de fiebre o tristeza.
Me senté a su lado, suspirando.
—Está bien, seré directa. Anoche, después de que ustedes se fueran, me desperté en el sofá a eso de las dos de la mañana. Iba a subir a dormir, pero una luz azul… una luz extrañísima, iluminó todo el patio. Al principio pensé que eran reflejos de los coches o que el cansancio me estaba jugando una mala pasada, pero salí. Había una llama azul flotando en el aire, mamá. Parecía viva. Cuando intenté tocarla, se desvaneció y yo… bueno, técnicamente me desplomé.
Me quedé esperando una reacción de asombro, pero ella soltó una pequeña risita que intentó camuflar con un carraspeo.
—¿Lolo, mi vida, estás segura de que no fue un sueño muy vívido? —Me acarició la mejilla con una ternura que me hizo sentir de cinco años otra vez—. Fui yo quien te llevó a tu cuarto anoche.
Me quedé de piedra. Mis planes de investigación se desmoronaron en un segundo.
—¿Espera… fuiste tú? ¿Me cargaste hasta arriba? —pregunté, incrédula. Mi madre era fuerte, pero yo no era precisamente una pluma.
—Sí, cariño. Cuando llegamos te encontramos hecha un ovillo en el sofá. Te veías tan incómoda que me dio pena despertarte, así que te cargué a duras penas —dijo, levantándose con una naturalidad pasmosa para dirigirse a la cocina. La seguí por puro instinto, como un perrito confundido—. Casi me rompo la espalda, por cierto. Deberías considerar hacer más yoga.
—Pero… ¿y la luz azul? ¿Y lo que leí de los Kitsune? —Mi voz bajó hasta convertirse en un susurro casi inaudible—. ¿Qué pasa con el zorro?
Mi madre se detuvo frente a la encimera y soltó una carcajada limpia, sin una pizca de duda.
—¿Kitsune? Amor, esas son leyendas antiguas, cuentos que los abuelos inventan para que los niños se duerman o no se metan en el bosque. Es folclore, nada más.
—¿O sea que todo, absolutamente todo, fue un sueño? —Me sentí pequeña. Todavía podía jurar que sentí el calor residual de esa llama en las yemas de mis dedos, una calidez que no parecía fruto de la imaginación.
—Sí, mi vida. Pero ¡Hey! —Se giró y me guiñó un ojo, tratando de animarme—. Tienes mucha imaginación. Podrías escribir un libro de ficción sobre eso. ¿Cómo era? "La llama del zorro". Suena a éxito de ventas.
Solté una risa floja, rindiéndome ante su lógica. Tal vez el estrés del viaje a Japón me estaba afectando más de lo que pensaba.
—Supongo que sería un buen título —la abracé con fuerza, hundiendo la cara en su hombro. Olía a vainilla y a hogar—. Gracias por escucharme, mamá.
—No hay de qué, hija. Pero para la próxima, trata de tomarte tus pastillas —añadió con sorna mientras se soltaba del abrazo.
—¿Cuáles pastillas? —reí, dándole un empujoncito—. Estás loca, de verdad. Pero así te quiero.
—Y yo a ti, bombón.
La vi alejarse hacia la mesa donde mi padre ya reclamaba su atención. Me quedé sola en la cocina, mirando mis manos.
Mi madre hablaba con tanta seguridad que casi me convencía, pero había algo en su mirada, un brillo fugaz cuando mencioné la palabra Kitsune, que me dejó una espinita clavada en el pecho.
Si todo era un sueño… ¿por qué sentía que el viaje a Japón no era solo para visitar a un abuelo enfermo, sino para huir de algo que ya me había encontrado?
El aeropuerto era un caos de personas arrastrando maletas y voces metálicas anunciando destinos lejanos. El aire acondicionado zumbaba con fuerza, pero no lograba mitigar el calor que se colaba cada vez que las puertas automáticas se abrían. Mi padre había pedido permiso para salir antes del trabajo, no quería perderse el espectáculo de ver a su "pequeña" cruzar el océano sola por primera vez.
—Ahora que lo pienso… ¿cuánto tiempo exactamente estaré allá? —pregunté, sintiendo por fin el peso real de la maleta que arrastraba hacia el mostrador de facturación.
Me detuve un momento, mirando a mis padres. De repente, la idea de Japón no parecía solo una aventura, sino una incertidumbre gigante.
—No lo sabemos con certeza, hija —respondió mi madre, ajustándome el cuello de la camiseta con un gesto automático—. Pero estaremos aquí, esperándote con ansias. No te deshagas de nosotros tan rápido.
La abracé con fuerza, sintiendo ese nudo en la garganta que siempre aparece cuando te das cuenta de que vas a extrañar hasta los sartenazos. Luego me refugié en los brazos de mi padre, que olían a café y a seguridad.
—Los voy a extrañar muchísimo —suspiré, ocultando la cara en su hombro.
—Y nosotros a ti, amor —respondió él, rompiendo el momento dramático al soltar unos sollozos exagerados y fingidos que resonaron en todo el pasillo.
—¡Papá, por Dios, qué vergüenza! —reí, dándole un empujoncito mientras la gente a nuestro alrededor nos miraba con curiosidad. Su táctica de siempre para evitar que llorara de verdad había funcionado.
En ese momento, una voz impersonal y femenina anunció por los altavoces que mi vuelo estaba a punto de cerrar el abordaje. El corazón me dio un vuelco. Era la hora.
—Bien, ya me tengo que ir. Los amo —dije, sujetando el asa de mi maleta con firmeza.
Me giré, dispuesta a caminar hacia la puerta de embarque, pero un apretón repentino en mi muñeca me detuvo en seco. Fue un movimiento rápido, casi desesperado.
—Lolo… —susurró mi madre.
Me volví hacia ella, esperando un último consejo sobre no perder el pasaporte o comer bien, pero su mirada me dejó helada. Ya no era la madre burlona que me sugería escribir libros de ficción, sus ojos estaban fijos en los míos, oscuros y cargados de una seriedad que me hizo sentir un escalofrío en la columna.
Se inclinó hacia mi oído, ignorando el ruido del aeropuerto, y su voz sonó como una sentencia,
—No entres al bosque del templo, Loraine. Pase lo que pase, bajo ninguna circunstancia… no entres al bosque.
Antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello, o por qué de repente parecía tenerles tanto miedo a los árboles de su propia tierra natal, me soltó.
Me dedicó una sonrisa forzada, de esas que no llegan a los ojos, y me hizo un gesto con la mano para que continuara mi camino.
Caminé hacia el túnel del avión con las piernas temblorosas. El "buen viaje" que me deseó la azafata me sonó lejano. Mientras buscaba mi asiento, la advertencia de mi madre se repetía en mi cabeza como un eco.
No entres al bosque.
¿Qué había en el bosque de mi abuelo que mi madre temía tanto?
¿Y por qué sentía que, precisamente por habérmelo prohibido, el bosque era el lugar donde encontraría todas las respuestas que ella me estaba ocultando?
Me encanta la referencia ... o asi lo entendí 🤣🤣🤣
pero está muy interesante, es la primera vez que leo un libro de romance que tenga tanto folklore japonés 🤭