Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
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capitulo 4 la otra cara
La música era alegre, demasiado alegre.
Renata sonreía mientras los invitados la rodeaban con felicitaciones, abrazos y palabras dulces que no lograba escuchar del todo.
Todo parecía perfecto.
La novia perfecta, la boda perfecta, la vida perfecta.
La mentira perfecta.
Pero entre las luces doradas y las copas brillantes… Había una mirada que no celebraba.
*Mónica*
Desde el borde del salón, Mónica observaba.
Inmóvil, con una copa intacta entre los dedos.
Sus ojos seguían cada movimiento de Renata, cada gesto elegante, cada sonrisa impecable.
Y en su interior, algo oscuro se agitaba.
"Mírala…"
Tan admirada.
Tan deseada.
Tan… elevada.
Siempre lo había tenido todo.
Belleza.
Atención.
Privilegios.
Un estatus que parecía perseguirla incluso cuando no lo pedía. Mónica apretó la mandíbula.
¿Cómo pude sentir lástima por ella?, pensé que estaría triste, por estar obligada a casarse con alguien que no la quiere...
Una punzada amarga le recorrió el pecho.
No era tristeza, no del todo, era algo más ácido, más cruel.
*Renata*
Las risas alrededor sonaban huecas, Renata asentía, agradecía, respondía automáticamente.
Hasta que lo sintió ese escalofrío suave, esa incomodidad inexplicable de nuevo.
Giró la cabeza y la vio.
ahí estaba ella observándola.
Pero esta vez…
Había algo distinto en su mirada.
Algo que no era consuelo, ni nostalgia.
Esa intensidad filosa.
Mónica caminó hacia ella con pasos medidos.
Elegante. Serena perfectamente compuesta.
Como si dentro no llevara una tormenta.
—Renata.
Su voz fue suave.
Demasiado suave.
Renata sintió un nudo extraño en el estómago.
—Volviste…
Una leve sonrisa curvó los labios de Mónica.
—Claro. ¿Creíste que me iría tan rápido?
Algo en su tono hizo que Renata se estremeciera.
Mónica inclinó la cabeza, recorriéndola con la mirada.
—Te ves… increíble, creo que nuestra charla anterior te animó bastante.
Pero había algo en la forma en que lo dijo.
Algo que no sonaba limpio.
Renata intentó sonreír.
—Gracias… Supongo que no puedo solo echarme a morir.
Mónica sostuvo su copa.
—Siempre impecable. Siempre admirada.
Renata frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Nada —respondió con ligereza estudiada—. Solo que hay personas que nacen con todo servido.
El comentario cayó como una caricia disfrazada de espina.
-Pense que la estabas pasando mal, al ser obligada a casarte tan pronto.
Dentro de Mónica
"Mírala fingiendo modestia."
Como si no supiera el efecto que causa.
Como si no disfrutara cada mirada.
Como si no hubiera sido siempre así.
Perfecta.
Inalcanzable.
Y adorada.
Mientras otras…
Aprendían a sobrevivir en las sombras.
—¿Estás bien? —preguntó Renata, incómoda.
Mónica sonrió.
Pero no llegó a sus ojos.
—¿Yo? Perfectamente.
Mentira.
Su mirada descendió al vestido blanco.
Blanco puro.
Y algo oscuro vibró en su pecho.
—Debe ser maravilloso… tener una vida tan perfecta.
Renata sintió el golpe en la frase.
—No es perfecta.
Mónica arqueó una ceja.
—Claro que no. estás casada sin amor.
La respuesta fue tan rápida que sonó casi mordaz.
Renata la observó con atención creciente.
Había algo extraño.
Algo tenso.
—Antes parecías… diferente.
—Antes era diferente, pensé que la estabas pasando mal... pero mírate...
La respuesta fue seca.
Sin adornos.
Sin suavidad.
Mónica se inclinó levemente hacia ella.
—Dime, Renata…
Sus ojos brillaban con una intensidad perturbadora.
—¿Nunca te cansas de que todo gire a tu alrededor?
Renata quedó inmóvil.
—¿Qué?
Mónica sonrió.
Fría.
Elegante.
Peligrosamente contenida.
—Nada. Olvídalo.
Pero ambas sabían que no era nada.
El odio silencioso
Mientras se enderezaba, Mónica la miró con algo que Renata no logró descifrar del todo.
Porque estaba oculto, profundamente oculto, pero allí estaba.
Resentimiento.
Una rabia antigua.
Una herida que no había sanado…
Y que ahora, viéndola vestida de novia, sangraba con furia renovada.
"Siempre tú."
"Siempre arriba."
"Siempre intocable."
Y en lo más profundo de su alma:
Un sentimiento que Mónica jamás se atrevería a confesar.
No tristeza.
No nostalgia.
Odio.
—Disfruta tu noche, Renata.
Su voz volvió a ser suave, casi dulce.
Pero Renata sintió el hielo detrás de cada sílaba.
Mónica se alejó.
Y Renata quedó con una sensación devastadoramente clara:
Aquella mujer no solo entendía su dolor…
También cargaba uno propio, uno que no parecía perdonar.