Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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El Susurro de la Lealtad
El aire en la mansión de John Blake era una mezcla de opulencia y muerte. Rose llevaba tres días encerrada bajo el pretexto de preparar la defensa del caso Vane. Sus sentidos seguían agudizándose: podía oír el roce de las alas de una polilla contra la ventana y el goteo de una fuente a tres pasillos de distancia. Pero lo que más la perturbaba era la ausencia de Marcel.
Esa noche, mientras revisaba los libros contables de Blake Industries en la inmensa biblioteca, una figura se materializó en la terraza. Rose se puso en pie, su mano buscando instintivamente un abrecartas de plata.
—¿Rose? —una voz débil y temblorosa rompió el silencio.
—¿Marcel? —Rose corrió hacia el ventanal. Su amiga estaba allí, pero no era la misma. Estaba pálida, con ojeras profundas, pero sus ojos reflejaban un terror lúcido—. ¡Dios mío! John me dijo que te habían reincorporado, que estabas bien con el bono...
—Rose, escucha —Marcel la tomó de las manos; las suyas estaban heladas—. Tienes que parar. Olvida el caso por el que me despidieron. Olvida la justicia por lo que me hicieron. El bono ya está en mi cuenta, puedo mudarme, puedo desaparecer... pero tú no.
—No voy a dejar que se salga con la suya, Marcel. Lo tengo donde quiero, como su abogada defensora puedo...
—¡No entiendes! —Marcel la sacudió con una fuerza que no parecía humana—. Él no te quiere como abogada. Te está estudiando. Rose, aléjate de él ahora que todavía puedes. Si logras que lo declaren inocente rápido, haz un pacto con él: tu libertad a cambio de su absolución. Y huye. Huye antes de que lo que sea que él está sembrando en ti eche raíces.
Rose sintió un escalofrío. —¿A qué te refieres con "sembrando"?
—Él no es un hombre, Rose. Y lo que busca en ti es algo que nunca ha pasado en siglos. No dejes que te toque de nuevo. Si lo haces... no habrá vuelta atrás.
Marcel miró hacia las sombras de la mansión, como si pudiera sentir la presencia de John acercándose. Sin decir una palabra más, saltó por la barandilla hacia el jardín y desapareció en la negrura.
Rose se quedó sola, con el corazón latiendo a una velocidad que le quemaba el pecho. El consejo de su amiga era claro: liberar al monstruo para salvarse de él. Pero mientras se giraba, la imponente figura de John Blake estaba apoyada en el marco de la puerta, con una copa de sangre sintética en la mano y una mirada que decía que lo había escuchado todo.
—Tu amiga es sabia, Rose —dijo John con una sonrisa que no llegó a sus ojos azules—. Deberías hacerle caso. Libérame rápido. Pero ambos sabemos que hay algo que deseas más que tu libertad.
John se acercó, proyectando una sombra que devoró la luz de las velas.
—Dime, abogada... ¿estás lista para ganar el juicio más importante de tu vida a cambio de tu alma?