Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 14: El Precio de la Sangre
La sangre era caliente y pegajosa, y se deslizaba entre los dedos de Jessica mientras presionaba la herida de Kaeil con una desesperación que no había sentido en años.
—No —repitió, como un mantra—. No, no, no.
A su alrededor, la gente pasaba indiferente. Una pareja discutía junto a un buzón. Un hombre con un perro cruzaba la calle. La vida continuaba, ajena al drama que se desarrollaba en ese rincón de la acera.
—Jessica —murmuró Kaeil, con los ojos entornados—. El pen drive...
—Al diablo el pen drive. Concéntrate en mí. Mírame. No cierres los ojos.
Pero los ojos de Kaeil se cerraban, y su respiración se hacía más superficial. Jessica maldijo entre dientes, buscando con la mirada algo, cualquier cosa, que pudiera ayudarlos. Un taxi. Una ambulancia. Un milagro.
El taxi apareció como si sus pensamientos lo hubieran invocado. Un viejo Crown Victoria amarillo que doblaba la esquina. Jessica se levantó, agitando un brazo, gritando.
—¡Alto! ¡Alto!
El taxi frenó. El conductor, un hombre mayor con aspecto de haberlo visto todo, miró la escena sin inmutarse.
—Subid —dijo—. Al hospital más cercano, ¿no?
Jessica no esperó a que terminara la frase. Arrastró a Kaeil hasta el asiento trasero, lo acomodó como pudo, y gritó la dirección mientras el taxi arrancaba.
—¿Qué le pasó? —preguntó el conductor, mirando por el retrovisor.
—Accidente. Atropello.
—Mientes mal, señorita. Eso es un balazo.
Jessica apretó la mandíbula.
—Concéntrese en conducir.
El hombre asintió y pisó el acelerador. El taxi volaba entre el tráfico, esquivando coches, saltándose semáforos en rojo. Jessica siguió presionando la herida, sintiendo cómo la vida se escapaba de Kaeil entre sus dedos.
—No te mueras —susurró—. No te mueras, idiota. No después de todo. No después de... no después de ti.
Kaeil no respondió. Su rostro estaba pálido, casi gris. La sangre había empapado su sudadera y empezaba a manchar el asiento del taxi.
—Llegamos —anunció el conductor, deteniéndose frente a las puertas de urgencias de un hospital—. Son ochocientos pesos.
Jessica sacó todos los billetes que llevaba, se los tiró, y arrastró a Kaeil hacia la entrada.
—¡Ayuda! —gritó—. ¡Ayuda, por favor!
Las puertas automáticas se abrieron y un equipo de enfermeros apareció de la nada, como si los hubieran convocado. Pusieron a Kaeil en una camilla, le cortaron la ropa, empezaron a colocarle vías y monitores mientras corrían hacia el interior.
—¿Qué pasó? —preguntó una doctora, caminando junto a la camilla.
—Le dispararon.
—¿Quién?
—No lo sé. Gente que nos persigue.
La doctora la miró un instante, evaluando. Luego asintió.
—Espere aquí. Haremos todo lo posible.
La camilla desapareció tras unas puertas batientes. Jessica se quedó sola en el pasillo de urgencias, las manos manchadas de sangre, el corazón latiéndole con una fuerza que casi dolía.
Se dejó caer en una silla de plástico y esperó.
---
Pasó una hora. Dos. La gente entraba y salía: familias con niños resfriados, ancianos con dificultad para respirar, un joven con un brazo ensangrentado por una pelea callejera. Jessica los miraba sin verlos, perdida en un vacío que no había sentido desde Siria.
El móvil vibró. Mateo.
—¿Dónde estáis? —preguntó, angustiado—. Llevamos horas sin noticias.
—Hospital. A Kaeil le dispararon.
—¿Qué? ¿Está...
—Vivo. De momento. No sé más.
—Dios mío. ¿Dónde? Voy para allá.
—No. Quédate con Elena y Daniel. Si algo sale mal, tenéis que seguir sin nosotros.
—Jessica...
—Escúchame. El pen drive está conmigo. Si Kaeil no lo logra, yo publicaré los archivos. Pero si yo también caigo, necesito que alguien lo haga. ¿Entiendes?
—Entiendo.
—Espera mi llamada. Si en doce horas no sabes nada, vete. Cruza a Canadá y busca a ese hombre. Dile que vas de mi parte.
—Jessica...
—Tengo que colgar.
Colgó y cerró los ojos. El zumbido de las luces fluorescentes, los pasos apresurados, los murmullos de la gente. Todo se mezclaba en una niebla sonora que la envolvía.
—¿Señorita Greys?
Abrió los ojos. Una enfermera estaba frente a ella, con una expresión profesional pero no hostil.
—¿Sí?
—La doctora Sánchez quiere verla. Por aquí, por favor.
La llevó a una pequeña sala de espera, más privada, con una máquina de café y unas sillas algo más cómodas. Allí estaba la doctora que había visto antes, una mujer de unos cuarenta años, con ojos cansados y manos firmes.
—Siéntese —dijo.
Jessica no se sentó.
—¿Cómo está?
—Vivo. De momento. La bala entró por el costado derecho, perforó el intestino delgado y se alojó cerca de la columna. Ha sido una cirugía complicada, pero logramos extraerla y reparar los daños. Ahora está en la UCI. Las próximas veinticuatro horas serán críticas.
—¿Puedo verlo?
—Un momento, antes de eso... —la doctora dudó—. La herida es de bala. Por ley, tengo que informar a la policía.
Jessica la miró fijamente.
—No lo haga.
—Es mi obligación.
—Escúcheme. La gente que le disparó no son delincuentes comunes. Son gente del gobierno. Gente poderosa. Si llama a la policía, vendrán a rematar el trabajo. Y la matarán a usted también por ayudar.
La doctora la miró largamente. Luego, muy despacio, asintió.
—No sé quién es usted ni qué ha hecho. Pero he visto la forma en que miraba a ese chico. Y he visto sus manos. Sabe de heridas de bala más de lo que debería. —Hizo una pausa—. No llamaré a nadie. Pero tiene que sacarlo de aquí en cuanto sea posible. Esto no es un lugar seguro para nadie con ese tipo de problemas.
—Lo sé. Gracias.
—No me lo agradezca. Solo... tenga cuidado.
La doctora la acompañó a la UCI. Kaeil estaba en una cama, rodeado de monitores y tubos, pálido como la cera, pero vivo. Su pecho subía y bajaba al ritmo del respirador que lo ayudaba a respirar.
Jessica se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Idiota —susurró—. Te dije que huyeras.
Kaeil no respondió. Pero por un instante, los dedos de su mano parecieron apretar ligeramente los de ella.
O quizás fue su imaginación.
---
La noche en la UCI fue larga y silenciosa. Jessica no durmió. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, veía la sangre, el momento del impacto, el cuerpo de Kaeil desplomándose. Se obligaba a mantenerlos abiertos, a vigilar, a esperar.
Los monitores pitaban rítmicamente, marcando el pulso débil pero constante de Kaeil. Las enfermeras entraban y salían en silencio, ajustando medicaciones, comprobando constantes. Ninguna le preguntó nada. Ninguna la miró con recelo.
Al amanecer, Kaeil abrió los ojos.
Parpadeó varias veces, confuso, desorientado. Luego su mirada encontró a Jessica y una sonrisa débil asomó a sus labios.
—Hola —murmuró, con voz ronca.
—Hola, idiota.
—¿Dónde estamos?
—Hospital. Te dispararon, ¿recuerdas?
—Ah. Sí. Duele.
—Pues claro que duele. Te metieron una bala.
Kaeil intentó reírse, pero el movimiento le arrancó una mueca de dolor.
—¿Los archivos?
—A salvo. Conmigo.
—Bien. —Cerró los ojos un momento—. Pensé que me moría.
—Yo también.
—Pero no.
—No.
Se miraron. En los ojos de Kaeil, Jessica vio algo que no había visto antes: paz. A pesar del dolor, a pesar del peligro, a pesar de todo, había paz.
—Te quiero —dijo él.
Jessica sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué?
—Que te quiero. Lo sé, es pronto, es una locura, estamos huyendo y me han disparado y todo es un caos, pero te quiero. Y necesitaba decírtelo. Por si... por si no hay otra oportunidad.
Jessica se quedó callada. Las palabras se agolpaban en su garganta sin encontrar salida. Luego, muy despacio, se inclinó y lo besó en la frente.
—Yo también —susurró—. Yo también te quiero, idiota.
Kaeil sonrió. Una sonrisa amplia, radiante, que iluminó su rostro demacrado.
—Entonces ha valido la pena.
—¿El qué?
—Todo. La bala. El dolor. Todo. Por oírte decir eso.
Jessica negó con la cabeza, pero estaba sonriendo.
—Eres un tonto.
—Tu tonto.
—Eso espero.
El monitor siguió pitando, marcando un latido más fuerte ahora. Afuera, el sol empezaba a iluminar el horizonte. Y por primera vez en mucho tiempo, Jessica sintió que quizás, solo quizás, había un futuro esperándolos.
---
Tres días después, Kaeil pudo sentarse en la cama. Cinco días después, dio sus primeros pasos apoyado en Jessica. Una semana después, la doctora Sánchez les dijo que podía irse, pero que necesitaba cuidados y reposo.
—No puedo darle reposo —dijo Jessica—. Tenemos que seguir.
—Entonces al menos vigile la herida. Si se infecta, no habrá una segunda oportunidad.
Salieron del hospital de madrugada, por una puerta trasera que la doctora les indicó. Un taxi los esperaba, el mismo conductor de la otra vez.
—Otra vez ustedes —dijo el hombre—. El chico tiene mejor cara.
—Llévenos a la dirección que le di —respondió Jessica.
El taxi arrancó. Kaeil se recostó en el asiento, agotado pero vivo.
—¿Mateo? —preguntó.
—Esperando. Con los suyos. Les dije que no se movieran.
—¿Y el pen drive?
—Aquí. —Jessica lo tocó en el bolsillo interior de su cazadora—. Esperando también.
—¿Cuándo publicamos?
—En cuanto encontremos un lugar seguro y tengas fuerzas para hacerlo.
Kaeil asintió. Luego, con esfuerzo, giró la cabeza para mirarla.
—Vamos a lograrlo.
—Lo sé.
—Y después... después tendremos una vida. Normal. Juntos.
Jessica sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, pero real.
—Juntos.
El taxi siguió avanzando hacia el norte, hacia las montañas, hacia un futuro incierto. Pero esta vez, no estaban solos. Se tenían el uno al otro.
Y a veces, pensó Jessica, eso era suficiente.