En un pequeño estudio, bajo el sudor y la luz tenue, comienza la historia de un grupo destinado a brillar con fuerza inigualable.
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Capítulo 21
El silencio que sigue a una ovación de cincuenta mil personas no es un silencio normal. Es un vacío ensordecedor que se instala en los oídos y parece succionar el aire de los pulmones. Cuando los ocho miembros de ATEEZ cruzaron el umbral del backstage tras el último concierto de su gira en estadios, no hubo gritos de alegría ni celebraciones eufóricas. Hubo cuerpos que se desplomaron.
San fue el primero en dejarse caer. Se sentó en el suelo frío del pasillo, apoyando la espalda contra una caja de equipo técnico. Su pecho subía y bajaba con una violencia que asustaba. El sudor le empapaba el cabello, pegándose a su frente como una segunda piel. No era solo el cansancio físico; era el colapso de la adrenalina que lo había mantenido en pie durante tres horas.
—San, respira —le dijo Seonghwa, arrodillándose a su lado. El mayor de los ocho no estaba en mejores condiciones; sus manos temblaban mientras intentaba desabrocharse el arnés de cuero que le apretaba el torso—. Despacio. Ya pasó. Ya estamos abajo.
San levantó la mirada, y Seonghwa se detuvo en seco. Los ojos de San estaban anegados en lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza, sino de un agotamiento tan profundo que el cuerpo no encontraba otra forma de procesarlo.
—Me duele todo, hyung —susurró San, y su voz sonó pequeña, despojada de la ferocidad que mostraba en el escenario—. Siento que si me muevo, me voy a romper en mil pedazos. ¿Realmente vale la pena?
Esa era la pregunta prohibida. La pregunta que nadie se atrevía a hacer en voz alta cuando estaban en la cima. Seonghwa no respondió de inmediato. Miró a su alrededor. Hongjoong estaba sentado en una esquina, con la cabeza entre las rodillas, tratando de calmar una migraña provocada por las luces estroboscópicas. Yunho estaba ayudando a Mingi a quitarse las botas, ya que el rapero tenía los tobillos tan inflamados que apenas podía caminar. Jongho estaba en silencio, con una bolsa de hielo presionada contra su garganta, protegiendo su herramienta más preciada tras haber forzado sus límites una vez más.
—Mira a tu alrededor, Sannie —dijo Seonghwa con una tristeza dulce—. El éxito tiene un olor: es el olor a desinfectante, a parches analgésicos y a lágrimas que nadie ve. El mundo ve los fuegos artificiales, pero solo nosotros conocemos el peso de las cenizas.
Hongjoong levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos por la falta de sueño y la fatiga visual. Se acercó a ellos, arrastrando los pies.
—He pasado tres meses escribiendo canciones en habitaciones de hotel mientras ustedes dormían —dijo el líder, y su voz tenía una nota de vulnerabilidad que rara vez permitía—. He faltado a los cumpleaños de mis padres, me he perdido bodas de amigos... A veces me miro al espejo y no reconozco al chico que empezó esto. Solo veo a un "producto" que tiene que ser perfecto cada noche.
—Pero no eres un producto para nosotros, Joong —intervino Wooyoung, quien se había mantenido inusualmente callado mientras una estilista le limpiaba la sangre de un labio que se había cortado accidentalmente con el micrófono—. Eres el que nos mantiene unidos cuando sentimos que el techo se nos cae encima.
Wooyoung se acercó y se sentó en el suelo junto a San. El silencio regresó, pero esta vez fue un silencio compartido. Era el momento del "después", el momento en que las máscaras de ídolos caían y solo quedaban ocho hombres jóvenes lidiando con las secuelas de un sueño que se había vuelto colosal.
—Ayer hablé con mi madre —confesó Yeosang, sentándose con ellos—. No sabía qué decirle. Ella me preguntaba si comía bien y si era feliz. Le dije que sí, por supuesto. Pero colgué el teléfono y me eché a llorar porque me di cuenta de que no recordaba cuándo fue la última vez que hice algo solo por mí, y no por el grupo o por los fans.
—Es el precio oculto —dijo Mingi, que se había acercado cojeando—. Compramos estos aplausos con nuestra salud, con nuestro tiempo y con nuestra privacidad. El éxito es una bestia que nunca deja de tener hambre. Si dejas de alimentarla con tu esfuerzo, te devora.
Jongho dejó caer la bolsa de hielo y miró a sus hermanos.
—A veces me pregunto si el "yo" de hace diez años estaría orgulloso de esto —dijo el maknae—. Logramos lo que queríamos. Somos famosos. Tenemos dinero. Pero, ¿somos libres?
La pregunta quedó flotando en el aire. Hongjoong miró a cada uno de ellos. Vio las vendas, los hematomas, el cansancio crónico grabado en sus rostros. Pero también vio algo más: vio la lealtad inquebrantable. Vio que, a pesar del dolor, nadie se había ido. Nadie había soltado la mano del otro.
—No sé si somos libres en el sentido tradicional —dijo Hongjoong finalmente—. Pero sé que no hay nadie más en este planeta que entienda lo que sentimos en este momento. Esas cincuenta mil personas nos aman, pero no nos conocen. Nosotros sí nos conocemos. Conocemos nuestras cicatrices y nuestros miedos más oscuros. Tal vez el éxito sea esto: tener a siete personas con las que puedes llorar en el suelo de un pasillo oscuro sin sentir vergüenza.
San se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y dejó escapar una risa amarga que terminó convirtiéndose en una sonrisa genuina.
—Entonces, supongo que soy asquerosamente exitoso —dijo San, abrazando a Wooyoung y a Seonghwa.
Esa noche, no hubo fiesta post-concierto. Regresaron al hotel en una furgoneta silenciosa. Mientras atravesaban las calles de una ciudad extranjera cuyos nombres apenas recordaban, se quedaron dormidos unos sobre otros, formando una masa de extremidades y cansancio. Las lágrimas del éxito se habían secado, dejando tras de sí una piel más dura y un corazón más fuerte. Sabían que mañana el ciclo empezaría de nuevo, que volverían a forzar sus cuerpos y sus mentes, pero lo harían sabiendo que el precio, por alto que fuera, lo pagaban juntos.
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Nota: Ya estamos a un capítulo del final, espero que les haya gustado. 🥰
Próximamente, subiré un anuncio de la próxima historia.
Simplemente es perfecto la manera en que estos chicos se apoyan.
Solo puedo decir que el comienzo siempre resulta difícil y doloroso, aunque el mañana podría ser mejor...no conozco al grupo, pero creo que todo resulta bastante realista.
Seguir un sueño que no sabes si se hará real es bastante inquietante y a la vez perturbador.