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El Novio Del Don

El Novio Del Don

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Mafia / Juego de roles / Completas
Popularitas:1
Nilai: 5
nombre de autor: Syl Gonsalves

Para asumir el mando de la mafia, Alessandro debe estar casado.
Implacable y hecho para la violencia, el príncipe de la mafia de Monreale nunca mostró bondad. Hasta que su camino se cruza con el de un joven llamado Nicolò, que despierta en él una obsesión peligrosa.
Y al descubrir las marcas dejadas por años de abuso y crueldad familiar, algo cambia en él. Aunque su instinto de posesión ya lo hace ver a ese extraño joven como su propiedad, se atreve a plantearse un desafío:
Antes de revelar la verdad y llevarlo al altar, quiere que Nicolò se enamore de él.

—Tu cuerpo ya me pertenece, aunque no lo sepas, pero también quiero tu corazón. —A. Morreale

NovelToon tiene autorización de Syl Gonsalves para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Nicolò apoyó la cabeza en el armario, cerró los ojos solo por un instante. Se dijo a sí mismo que era solo para respirar, solo para que el cuerpo dejara de temblar un poco. Sus manos aún olían a fruta y azúcar.

El agotamiento lo venció antes de que se diera cuenta y terminó durmiéndose. La siesta fue corta e incómoda, el cuerpo doblado de lado en el suelo frío. Soñó con nada, solo un vacío oscuro y silencioso.

Y, entonces, un impacto vino de repente. La patada golpeó sus costillas y le arrancó el aire de sus pulmones. Nicolò abrió los ojos asustado, el cuerpo encogiéndose por reflejo antes incluso de entender lo que estaba sucediendo.

— Levántate, inútil.

Matteo estaba parado frente a él, con una expresión irritada, como si Nicolò hubiera cometido un error grave solo por estar allí. Nicolò intentó sentarse más rápido de lo que el cuerpo permitía. Otra patada vino, esta vez en la pierna.

— Te dije que te levantaras.

— Lo siento… — murmuró, la voz fallando, mientras se apoyaba en el armario para ponerse de pie.

Matteo miró los tarros de mermelada y empujó uno de los tarros con el dedo, haciéndolo girar levemente sobre la mesa, casi derribándolo.

— Imagina si se rompe alguno de estos vidrios, lo que papá va a hacer contigo, ¿verdad?

Nicolò se encogió, sabía bien que Matteo podría romper todos esos tarros solo para ver a Vicenzo g0lp3arl0. Matteo se acercó más, quedando muy cerca. Nicolò sintió el olor fuerte del perfume caro.

— Ah, mamá va a querer que la cena esté lista cuando ella llegue.

Por fin, dio un último empujón en el hombro de Nicolò antes de salir de la cocina. Nicolò tardó algunos instantes hasta conseguir moverse después de que Matteo salió. Toda la tensión y d0l0r de las p4t4d4s dejaban su cuerpo más rígido, forzándolo a apoyar la mano en la encimera.

Lo primero que hizo fue revisar los tarros. Pasó los dedos por las tapas, para comprobar si estaban bien sellados, después verificó si ningún vidrio estaba roto. Afortunadamente, estaba todo perfecto, pues cualquier daño allí tendría consecuencias que él no necesitaba imaginar; él ya conocía bien demasiado.

Se concentró en la preparación de la cena: algo simple, rápido, pero dentro de los estándares aceptados por la madrastra. Tras la preparación, él se concentró en organizar la mesa como Tereza exigía, cada cosa en su lugar, con un cuidado perfeccionista y, cuando terminó, se alejó antes de que alguien pudiera apuntar algo errado solo por apuntar.

Oyó las voces cuando ellos llegaron. Esperó algunos minutos, lo suficiente para tener la certeza de que estaban ocupados, y siguió para el baño.

Cerró la puerta con cuidado. Giró el registro y dejó el agua caer, tibia, como una caricia sobre el cuerpo fatigado y c4st1g4d0. Quedó parado bajo el chorro, sintiendo la tensión ceder poco a poco, como siempre sucedía en aquel corto intervalo en que nadie lo observaba.

Lavó el cuerpo sin prisa y sin mucho entusiasmo, los movimientos eran automáticos. Evitaba detenerse demasiado en cualquier pensamiento. Pensar tornaba todo más pesado y exhaustivo. Enjuagó, cerró el agua y tomó la toalla, secándose rápidamente y vistiéndose la ropa de dormir.

Volvió para el cuarto y cerró la puerta tras de sí. Se acostó, virado para la pared, recogiendo las piernas. El colchón cedió en el centro, como siempre. Del otro lado de la casa, las voces continuaban, risadas ocasionales, cubiertos golpeando, sonidos de una familia feliz y perfecta, tipo aquellas de comercial de margarina.

Nicolò cerró los ojos, estaba exhausto y sabía que el día siguiente no le traería nada de nuevo y bueno, solo restaba esperar que tuviera al menos un sueño bueno.

El sueño llegó rápido y pesado debido al agotamiento. Al comienzo el sueño no tenía contornos definidos, era apenas la calle, el suelo de piedra bajo los pies, el aire más fresco que el de la casa, y entonces el desconocido surgió, el mismo muchacho en quien había tropezado, parado frente a él, sujetándolo por el brazo antes de que él cayera, aunque el toque fuera firme, aún era diferente de todo lo que él conocía y ya había recibido.

Nicolò intentó alejarse por reflejo, intentando huir de aquella mirada que lo estaba dejando confuso e incómodo de un modo extraño, casi errado, como si no supiera qué hacer cuando no necesitaba defenderse.

La mano deslizó un poco más por el brazo y el escenario comenzó a deshacerse, el aire quedó pesado, el olor cambió, el perfume caro tomó el lugar del viento de la calle, y el cuerpo de Nicolò se endureció antes incluso de que la mente acompañara el cambio, porque el toque ya no era el mismo, no era aquel toque casi gentil, aunque por reflejo, ahora era un toque más br*t0 e invasivo demasiado.

Su cuerpo no respondía, estaba preso en algo que no veía, pero sentía las manos moverse sin permiso, repitiendo gestos que él conocía bien demasiado, mientras el rostro del desconocido se confundía con el de Matteo, la sonrisa torcida, satisfecho, surgiendo en el lugar del otro, y aquello lo hizo intentar gritar, pero ningún sonido salió, como siempre sucedía.

Se despertó sobresaltado, el corazón disparado, el cuerpo sudado, la respiración corta... Tardó algunos segundos hasta entender dónde estaba, hasta conseguir moverse de verdad, y cuando consiguió apenas se encogió más en la cama, jalando la cobija contra el pecho, intentando contener el temblor, intentando no hacer ruido. Por fin, intentando recordar cómo era respirar de verdad.

Quedó allí, mirando para la pared, dejando el tiempo pasar sin saber cuánto, porque dormir otra vez significaba correr el riesgo de volver para aquella pesadilla, aquella recordación, y él no quería eso. Permaneció despierto, hasta que el cansancio venció a él de nuevo y el cuerpo cedió, hundiendo en un vacío sin imágenes, sin voces y, felizmente, sin toques. Ya era próximo al amanecer y aquellos pocos minutos de sueño era el máximo de descanso que él conseguiría tener.

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