Dieciocho años han pasado desde que un collar de luna y un león de ónix sellaron un destino en la terraza de la Torre Vane. Lo que comenzó como una conexión infantil en medio de una guerra de mafias, se ha transformado en algo mucho más oscuro y complejo.
Aria Vane ya no es la bebé que buscaba refugio en los brazos de Eithan Smirnov. Ahora es una mujer con la inteligencia gélida de su padre, Killian, y la belleza indomable de su madre, Elara. Pero para Eithan, el heredero de la Bratva italiana, ella sigue siendo su única prioridad, su "Luna". Y el León está listo para reclamar su trono.
Tercera parte de:
__Mis hijos hackearon al CEO
__Heredero del pecado
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Capítulo 8: La Psicología del Dolor y el León Acechante
El sótano de la mansión alpina no era un lugar oscuro y húmedo, sino una sala de interrogatorios quirúrgica, iluminada por una luz blanca tan intensa que quemaba las retinas. Marco Trovato, el jefe de seguridad de los Cavalli, estaba atado a una silla de acero atornillada al suelo. Había recuperado la consciencia, pero el miedo en sus ojos era evidente: sabía perfectamente quiénes estaban frente a él.
Dimitri permanecía en la esquina, limpiando una pequeña navaja con un pañuelo de seda, su sola presencia de "carnicero reformado" era suficiente para quebrar a hombres más fuertes. Pero esta vez, el enfoque sería diferente.
Edans Vane estaba sentado frente al prisionero, con una tablet en la mano y una expresión de aburrimiento absoluto.
—Marco, tu ritmo cardíaco está a 140 pulsaciones por minuto —dijo Edans con voz monótona—. Tus pupilas se dilatan cada vez que Dimitri da un paso. Estás en un estado de pánico reactivo. No hace falta que hablemos de dolor físico... hablemos de la verdad. Lorenzo te dejó atrás para morir. Eres un cabo suelto.
—Yo no sé nada... —balbuceó Trovato.
—Mentira —intervino Evans desde la cabina de control, su voz saliendo por los altavoces—. He rastreado tu GPS. Estuviste en una zona industrial en las afueras de Milán hace tres días. Una propiedad que no figura a nombre de los Cavalli, sino de una empresa fantasma llamada Luna Rota. Qué irónico, ¿no?
En la planta alta, la tensión familiar seguía su curso. Killian Vane caminaba de un lado a otro en la biblioteca, vigilando el pasillo que llevaba a las habitaciones. Ethan y Aria estaban sentados en un sofá cercano, compartiendo un café, pero la cercanía entre ellos hacía que a Killian le temblara el ojo derecho.
—¿No tienen nada mejor que hacer? —gruñó Killian—. Ethan, deberías estar en el sótano ayudando a Dimitri. Aria, podrías estar revisando los planos de seguridad.
—Papá, Edans y Dimitri tienen todo bajo control —respondió Aria con calma, apoyando su cabeza en el hombro de Ethan—. Y Ethan acaba de regresar de una emboscada en la nieve. Déjalo descansar.
—Descansará cuando los Cavalli estén bajo tierra —sentenció Killian, deteniéndose frente a ellos—. Y te lo advierto, Smirnov, si vuelves a intentar cerrar la puerta de la habitación de mi hija con seguro, la próxima vez no usaré palabras. Usaré una granada.
Ethan soltó una risa corta y oscura, mirando a Killian a los ojos.
—Killian, el seguro de la puerta es para que tú no entres sin avisar, no para que ella no pueda salir. Aria es perfectamente capaz de defenderse sola, pero le gusta que yo esté cerca. Acéptalo.
Killian iba a responder, pero Leonidas (Leo) entró en la sala, rompiendo el momento con su energía habitual.
—¡Ya cantó el pajarito! —exclamó Leo con una sonrisa triunfal—. Dimitri y Edans hicieron magia. Lorenzo no está en Italia. El cobarde se escondió en una isla privada en las Bahamas. Pero lo más importante... Trovato soltó la ubicación de la base de datos de "L'Ombra".
Mientras los hombres hablaban de logística, Vera y Nadia estaban haciendo su propio trabajo. Habían logrado colarse en la habitación de Evans, donde tenían acceso a su terminal principal mientras él estaba en el sótano.
—¡Lo tengo! —susurró Vera, tecleando con una velocidad sorprendente—. Si usamos el satélite que Evans dejó encendido, podemos ver la isla de Lorenzo en tiempo real. ¡Mira qué piscina tiene el idiota!
—Vera, si nos descubre nos va a matar —dijo Nadia, aunque estaba pegada a la pantalla con la misma curiosidad—. Pero espera... mira ese muelle. Hay barcos de carga. No están transportando lujo, están transportando armas químicas.
Nadia tomó una captura de pantalla y se la envió directamente al teléfono de Aria.
—¿Qué haces? —preguntó Vera, asustada.
—Dándole a Aria la razón para que nos deje ir con ellos —respondió Nadia con una sonrisa astuta—. Si saben que nosotras descubrimos las armas, tendrán que admitir que somos útiles.
Minutos después, Aria irrumpió en la biblioteca con su teléfono en mano, seguida de unas gemelas que intentaban parecer inocentes.
—Lorenzo no solo quiere destruir nuestra familia —dijo Aria, mostrando las imágenes de las gemelas—. Está planeando un ataque a gran escala para desestabilizar las rutas comerciales que manejamos con los Smirnov. Quiere arruinar el mercado para que L'Ombra tome el control.
Damián Smirnov y Mijail entraron en la habitación, habiendo escuchado las últimas palabras.
—Entonces ya no es una cacería —dijo Damián, su mirada volviéndose tan letal como la de Ethan—. Es una ejecución. Nos movemos a las Bahamas mañana mismo. Killian, quiero a tus mejores hombres. Ethan, tú lideras el asalto por tierra.
—Y yo voy con él —sentenció Aria, mirando a su padre—. No me voy a quedar en este búnker mientras mi León pelea mi guerra.
Killian miró a Elara, quien asintió suavemente desde la puerta. Sabía que no podía detener a Aria, ni a Leonidas, ni a la marea de poder que representaban los jóvenes.
—Está bien —dijo Killian, suspirando—. Pero si algo sale mal, Ethan, más te vale que no regreses vivo, porque yo mismo te buscaré.
Ethan asintió, su mano buscando la de Aria bajo la mirada vigilante de todos. La familia estaba lista. El interrogatorio había dado los frutos esperados y el destino de Lorenzo Cavalli estaba sellado en las aguas turquesas del Caribe.