Valentina nunca fue suficiente.
Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.
Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.
Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.
A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.
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Capítulo 22
Esa mañana, el Salón Rosario avanzaba con calma. No había mucho movimiento: solo el zumbido de una secadora en la silla del fondo y el roce esporádico de una escoba contra el piso. Rosario estaba detrás del mostrador, hojeando una agenda vieja. Vale acomodaba los pinceles con cuidado, la muleta recargada en la silla.
—Vale —la llamó Rosario, fingiendo hacer memoria—. Tu esposo... ¿cómo se llamaba? Ay, ya se me olvidó.
Vale volteó con una sonrisa breve. —Mateo, señora.
—Ah, sí, Mateo —asintió Rosario, como si recién lo recordara—. ¿En qué trabaja ahora?
Vale no agregó ni quitó nada. —Es conductor de mototaxi.
Rosario la miró largo rato y se recargó. —¿Y cómo se conocieron?
Vale acomodó los frascos de sérum con la voz serena. —Mateo llegó de la nada a pedir la mano de Diana.
—¿De Diana, tu hermana? ¿Y cómo terminaste casándote tú con él si a ella fue a quien pidió? —preguntó Rosario con cautela.
—Diana no quiso. Y no sé por qué, Mateo y yo empezamos a encontrarnos por casualidad —respondió Vale con brevedad.
Rosario asintió despacio. —¿Y cómo llegaron al matrimonio?
Vale sonrió, esta vez con más calidez. —Mateo tal vez se casó conmigo obligado, por lástima.
Rosario se sorprendió. —¿Cómo que por lástima?
—Sí —Vale asintió—. Pasaron muchas cosas en casa. Creo que Mateo sintió compasión por mí. Así que... se casó conmigo y me sacó de ahí.
Se detuvo un instante y agregó, la voz honesta, sin culpar a nadie: —Estoy agradecida, señora.
Rosario suspiró. —Eres una buena muchacha.
Luego acercó su silla. —¿Y los papeles del matrimonio? ¿Ya los tramitaron?
Vale negó con la cabeza. —Todavía no, señora. Quiero esperar a que Mateo decida. Que él lo formalice en la oficina de registro civil.
Rosario dio un golpecito suave en la mesa. —Bueno. Esperar al esposo también es una forma de devoción.
Vale sonrió.
Mateo estaba de pie frente al ventanal de su oficina. Edificio alto, cristal reluciente. El teléfono le vibró; lo apagó. A su espalda, la puerta se abrió.
—Vine a verte —la voz de Gloria sonó tranquila pero firme.
Mateo volteó. —Mamá.
Gloria se sentó y lo examinó de la cabeza a los zapatos.
—¿A qué viniste?
—¿Ahora una madre no puede visitar a su hijo?
—Bueno, mamá, tú vienes a la oficina contadas veces. Y últimamente parece que vivieras aquí. —Mateo se sentó también en el sofá—. Ah, por cierto, mamá. Quiero que nuestro matrimonio sea oficial. Registrado y reconocido por la ley y la religión.
—¿Hablas en serio de ir a la oficina de registro civil? —Gloria lo miró fijo.
—Totalmente en serio —respondió Mateo sin dudar—. Estés de acuerdo o no, voy a llevar este matrimonio a la oficina de registro.
Gloria suspiró. —La esposa de Mateo no puede ser cualquier mujer.
Mateo no replicó. Esperó.
—Muchos van a señalar sus defectos —continuó Gloria—. La pierna coja. La pobreza. Ser bonita no es suficiente.
Mateo apretó el puño y lo soltó. —Ya tengo un plan, mamá.
—Por eso —Gloria lo miró de frente—, primero hay que elevar el valor de Vale antes de presentarla en público.
Mateo se quedó callado.
—Que vuelva a estudiar —añadió Gloria—. Y su trabajo, si se pule, puede convertirse en una maquillista de primer nivel. No una simple empleada de salón.
Mateo levantó la cabeza. Asomó una sonrisa que apenas podía contener. —Me alegra que puedas ver el talento de Vale, mamá.
Gloria se levantó. —No dije que estoy de acuerdo. Pero tampoco cierro los ojos.
Se marchó.
Esa tarde, Gloria se dirigió al Salón Rosario. El auto se detuvo un momento al frente. Desde el cristal, vio a Vale salir con la muleta en la mano y un bolso pequeño al hombro.
—Vale —la llamó Gloria, bajando del auto.
Vale se sorprendió. —¿Señora Gloria?
—¿Vas a casa?
—Sí, señora.
—Acompáñame un momento.
Vale dudó. —¿Ahora?
—Solo un rato —dijo Gloria—. Ya terminaste de trabajar, ¿no?
Vale asintió. —Sí. Pero... ¿puedo pedirle permiso a mi esposo primero? No puedo salir sin la autorización de Mateo.
Gloria enarcó una ceja. —¿Ahora?
—Sí, señora. —Vale sonrió con disculpa.
Gloria pareció incomodarse, pero se contuvo. —Adelante.
Vale envió un mensaje. No hubo respuesta. Llamó; tampoco contestó.
—Disculpe —dijo Vale de nuevo—. Parece que Mateo está ocupado.
Gloria la observó unos segundos y luego dijo: —Bien. Entonces te llevo a tu casa. ¿Eso sí puedo?
Vale se sorprendió. —¿Señora...?
—Sube —ordenó Gloria sin más.
Partieron. Dentro del auto, Gloria mantuvo el rostro sereno. Vale iba sentada muy derecha, aferrándose a la muleta.
Cuando el auto estaba por llegar a la casa alquilada, Vale vio algo extraño. La puerta abierta. Varias personas entraban y salían.
—¿Quiénes son? —preguntó Vale.