Un refugio maldito, una obsesión mortal y un secreto de sangre a punto de estallar.
Huyendo de su familia, Bibiana toma la drástica decisión de mudarse con Adam a una cabaña aislada en mitad del espeso bosque finlandés. Ellos creen estar construyendo su propio nido de amor en una paz idílica, sin embargo, ambos viven en una mentira: ignoran por completo la existencia de un Pacto de sangre, la oscura deuda del pasado que ya ha marcado sus destinos. Pero el invierno no perdona, y la tragedia golpea con la fuerza de un témpano.
Segunda temporada de la novela Destinada a un amor inmortal
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T2 Capítulo 7 - La encrucijada del Alma
El Apartamento de Melissa
En el apartamento de Melissa, el aire se podía cortar con un cuchillo. Ignacio miraba a su hijo con una mezcla de decepción y furia.
—Diego, te pregunté qué estás haciendo aquí —repitió Ignacio, con la voz temblando de rabia.
—Melissa es mi amiga, papá —respondió Diego, manteniéndose firme—. Me salvó la vida cuando unos ladrones me acorralaron.
—¡Es increíble! —exclamó Ignacio, llevándose las manos a la cabeza—. No conforme con que tu hermana esté atada a un vampiro, ¿tú decides seguir sus pasos voluntariamente?
—Lo de Bibiana es diferente —replicó Diego con amargura—. Ella está en esta situación por el pacto que tú hiciste. Mi amistad con Melissa es solo eso: una elección mía.
Matt, que observaba desde la puerta, intervino con veneno en la voz: —Abre los ojos, Diego. Los vampiros solo esperan el momento de hundir sus colmillos en tu cuello.
—Nadie te pidió tu opinión, Matt —le espetó Diego antes de aceptar irse con su padre para evitar un escándalo mayor.
Cuando se quedaron solos, Matt miró a Melissa con desprecio. —Son una plaga. Pero recuperaré a Bibiana y haré que se olvide de todos ustedes.
Melissa sonrió con tristeza, viendo la oscuridad en el corazón del joven. —Lo veo difícil. Ella está unida a Adam para siempre... y contra eso, Matt, no tienes ningún poder.
En el Hospital
En cuanto el doctor apareció por el pasillo, Adam se puso en pie de un salto, interceptándolo con la desesperación reflejada en el rostro.
—Doctor, ¿cómo está ella? ¿Cómo está mi novia? —preguntó con la voz entrecortada.
—El estado de la joven es delicado —respondió el médico con tono grave—. Sufrió un grado muy alto de hipotermia. En este momento, todo nuestro esfuerzo está centrado en estabilizar su temperatura corporal y evitar que sus órganos colapsen.
—No deje que muera, doctor... se lo ruego —suplicó Adam, olvidando cualquier orgullo—. Ella es lo único que me importa en este mundo.
—Estamos haciendo todo lo humanamente posible, joven. Ahora solo queda confiar en que su cuerpo responda y salga de este estado crítico.
—¿Puedo verla? —preguntó Adam, necesitando confirmar con sus propios ojos que ella seguía ahí.
—Sí, puede pasar, pero solo por unos minutos.
Habitación de Bibiana
El sonido rítmico de los monitores era lo único que rompía el pesado silencio de la habitación. Bibiana yacía en la cama, rodeada de mantas térmicas y cables, con una palidez que a Adam le recordaba demasiado a la muerte.
Él se acercó lentamente y tomó su mano con una delicadeza extrema, como si temiera que pudiera romperse.
—Ya perdí a Sara... —susurró con el corazón roto, dejando que el nombre de su pasado escapara por fin de sus labios—. No voy a perderte a ti también, Bibi. No de nuevo.
Acarició su mejilla fría, esperando contra toda esperanza que ella abriera los ojos, pero Bibiana permaneció sumergida en ese sueño profundo y helado, ajena al dolor del hombre que daría su inmortalidad por verla despertar.
La casa de los Anderson
En la sala de los Anderson, la discusión continuaba. Ignacio caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, su rostro estaba rojo de la frustración.
—¡Te ordeno que no vuelvas a verla! —sentenció Ignacio a Diego—. Nos iremos de este pueblo en cuanto encontremos a tu hermana. Es mi última palabra.
—Antes tendrás que obligarme, papá —respondió Diego, subiendo las escaleras con paso firme y dejando a su padre con la palabra en la boca.
Ignacio suspiró profundamente y se giró hacia su hija menor, quien observaba todo en silencio. La señaló con el dedo de forma acusadora.
— Ni se te ocurra a ti tomar los mismos pasos de tus hermanos, Elena —le advirtió con severidad—. Te prohíbo terminantemente involucrarte con cualquier vampiro. ¿Te queda claro?
Elena rodó los ojos y soltó una risa seca. —Como crees, papá. Los vampiros me dan miedo y asco. Jamás me acercaría a uno de ellos.
—Eso espero —murmuró Ignacio, frotándose las sienes—. Porque si tú también me sales con algo así, me volveré completamente loco.
Ignacio se retiró a su habitación, agotado por la pelea. Elena se quedó sola en la sala, mirando hacia la puerta. “A mí no me gustan los vampiros”, pensó con amargura. “Quien me gusta es Matt... es una lástima que esté aferrado a la tonta de mi hermana, que nunca lo va a volver a mirar”.
Horas más tarde en el Hospital
Horas más tarde, mientras velaba el sueño de Bibiana, Adam cerró los ojos y se concentró. Usando su poder, se sumergió en el plano de los sueños para invocar a la única persona en la que confiaba: su abuela Clara.
—Hijo... —la voz de Clara resonó con una calidez ancestral.
—Hola, abuela —respondió Adam, refugiándose en el abrazo de la mujer, sintiendo por un momento que el peso del mundo se aliviaba.
—¿Cómo estás? —preguntó ella, escudriñando su alma.
—Estoy bien... dentro de lo que cabe.
—Tienes que cuidarte mucho, Adam —advirtió Clara con preocupación—. Bárbara descubrió tu paradero y ha ido a buscarte. Es peligrosa.
—Lo sé, abuela. Me encontró e intentó matarme a mí y a la mujer que amo —explicó él con amargura—. Pero ya no es una amenaza. Logré destruirla.
Clara suspiró, asintiendo con tristeza.
—Ese era el destino que le esperaba si insistía en seguirte; se lo advertí, pero su obsesión fue más fuerte que su juicio.
Adam la tomó de las manos, su voz quebrándose por la urgencia.
—Abuela, tienes que ayudarme. La mujer que amo está agonizando.
—¿Qué ha sucedido?
—Bárbara hizo que Bibi cayera en un lago helado —explicó Adam, desesperado—. Ahora sufre una hipotermia severa. Los médicos dicen que está crítica... puede morir en cualquier momento y no puedo permitir que eso pase. ¡No otra vez!
Clara lo miró con una seriedad profunda, comprendiendo el dilema que torturaba a su nieto. Puso una mano en su hombro y pronunció las palabras que Adam tanto temía escuchar:
—Si de verdad no quieres perderla para siempre, hijo... entonces debes convertirla.
Adam guardó un silencio sepulcral. El eco de ese consejo retumbó en su mente, enfrentándolo a la decisión más difícil de su existencia.