Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 6
Rebecca despertó sobre un sofá tapizado en vinilo. Jay, acuclillado a su lado, le frotaba las manos, para calentárselas.
-Se desmayó -le explicaba a alguien, quizá a una enfermera que le aplicaba compresas frías en la frente-. Acaba de enterarse que su madre enfermó y vino tan pronto como pudo. El calor de la sala, en contraste con el frío del exterior, debió marearla.
-No esperaba verla tan mal -susurró Rebecca, atrayendo la atención de las pupilas azules.
-Quise advertírtelo, pero te fuiste demasiado rápido -le dijo y luego hizo un gesto.
-Su madre duerme en este momento, señorita Shaw -intervino una voz suave. La mano que sostenía la compresa se apartó y Rebecca- la sustituyó de modo automático con la suya-. Así que tiene mucho tiempo para descansar y recuperarse antes de verla. Iré a prepararle una taza de té -le ofreció la enfermera, entrando en el campo de visión de la joven-. ¿Leche... azúcar? -preguntó, sonriendo.
-Sí, de ambas, por favor -contestó Jay por ella-. Necesitas una bebida fuerte y dulce -prescribió.
La enfermera se alejó en silencio y Rebecca se preguntó si las personas que trabajaban en un hospital estaban a prueba de ruidos, como - los cuartos. Luego recordó, cerrando los ojos, la atmósfera lúgubre que la rodeaba y su estómago se contrajo de nuevo.
-Parece tan vieja, Jay -musitó, incierta-, tan... tan…
- ¿Qué esperabas después de diez años? -la regañó. La observaba como si la despreciara, apretando los labios-. Está aquí por tu culpa -la acusó-. Porque tú la abandonaste, sin preocuparte de que viviera o muriera. Así que no esperes que te tenga piedad ahora que el destino se cobra esa deuda -se levantó y sus ojos azules la despreciaron por segunda vez-. En los únicos momentos en que ella pensaba que la vida merecía vivirse, era cuando trabajaba para nosotros.
-Como siempre -le lanzó a la defensiva, sentándose y cerrando otra vez los ojos para sofocar la náusea-. Tu casa y tu familia siempre estuvieron antes que yo, Jay... no trates de negarlo porque tú, por encima del resto de la gente, conoces la verdad.
Se callaron por acuerdo tácito, pues no era el lugar ni el momento de discutir ese asunto. Rebecca ocultó la cara con una mano y Jay se paró a su lado. Lo único que interrumpía el horrible silencio eran los silbidos y siseos de las máquinas para sobrevivir.
-Tome -le indicó una voz amable, que sonaba como una loca- nada de aire fresco después de la agresión de Jay-. Esto la ayudará a sentirse mejor -Rebecca levantó la cara para ver a la enfermera que le ofrecía una taza de té. Su estómago se opuso, pero le dio las gracias con una débil sonrisa-. Tómese su tiempo para beberlo -le aconsejó- y, cuando termine, su madre habrá despertado. -
-No entró en coma, ¿verdad? -preguntó la joven, aferrándose a esa pequeña esperanza.
-No -la enfermera la tranquilizó- poniendo su mano sobre su hombro-. Sólo duerme. Lo peor, esperamos, ya pasó -agregó en un susurro-: Su cadera está soldando de modo satisfactorio, no tiene fiebre. Todo lo que necesita ahora, para recuperarse por completo, es verla. Se mostraba muy inquieta... pregunta sin cesar por usted.
Uno de los ruidos rítmicos enmudeció y la enfermera alzó la cabeza, dejando de sonreír mientras su rostro adoptaba un gesto de alerta.
-Discúlpeme -le rogó y se alejó.
Rebecca la vio entrar en una de las cámaras de vidrio e inclinarse sobre un enfermo.
-Dios -murmuró Jay de pronto-, yo no podría trabajar aquí. No soportaría la tensión. -
-Yo tampoco -concordó Rebecca, bebiendo un sorbo de té. Después preguntó, despacio- Jay... ¿por qué no trataste de ponerte en contacto conmigo cuando mi madre estuvo más grave? -
-Para ser honesto -contestó después de un momento y sin mirarla-, no se me ocurrió. Te fuiste sin dejarnos un mensaje, una dirección, para saber si vivías o morías. Así que llegué a la conclusión de que no te importaba.
Lo cual era cierto, admitió Rebecca No le importó si los otros vivían o morían. Pero ahora sí, lo reconocía; posando la vista en el muro de vidrio detrás del cual dormía su madre.
-Sólo cuando Lina empezó a preguntar por ti comprendí que nunca dejó de esperar volver a verte... la pobre tonta -le lanzó otra de esas miradas amargas-. Dicen que no hay nada más resistente que el amor de una madre -concluyó con ironía.
- ¿Y cuán resistente es el amor de un padre? -Indagó, seca, pensando en un niño, a salvo, con sus mejores amigos-. ¿Cuán resistente crees que es?
Jay pareció confuso por ese comentario y frunció el ceño.
-Tu padre fue un hombre callado e introvertido, Rebecca, pero no puedes decir que no te quería.
Sonrió ante la equivocada interpretación de sus palabras. Sus piernas, todavía temblorosas, al fin la sostenían.
-Estoy lista para ver a mi madre -anunció, en voz baja.
Jay titubeó, observándola de un modo extraño.
-Está muy débil -la previno, mientras se acercaban, despacio, a la cámara de vidrio-. Y me temo que el paro cardíaco le inmovilizó una parte de la cara. Tiende a hablar sin cesar, así que finge que entiendes sus palabras en lugar de hacerle preguntas, para no agitarla.
Ella asintió; tragando saliva antes de entrar en el recinto. Su madre estaba acostada sobre una cama alta, tan frágil y acabada que los ojos de la chica se llenaron de lágrimas. La mata de cabellos castaños qué recordaba fue sustituida por rizos grises, que sólo acentuaban las marcas de la ancianidad. Tenía las mejillas hundidas y el cutis pálido y arrugado. Haciendo a Jay a un lado, se acercó al lecho, pero las lágrimas le impidieron distinguir las facciones de la enferma con nitidez.
- ¿Mamá?-murmuró con labios temblorosos, esperando respuesta. Los párpados se movieron y algo se encogió en el interior de Rebecca al contemplar el iris de un gris opaco, que un día fueron tan brillantes como los de ella.
- ¿Becky?... -susurró una voz sin aliento y una mano saltó por debajo de las sábanas en un vano intento por acariciarla-. ¡Oh, Becky!-las lágrimas rodaron por sus mejillas-. ¿Realmente eres tú?
Rebecca se volvió hacia Jay, que estaba al pie de la cama; con el rostro imperturbable.
- ¿Puedes mover esto? -le pidió, trémula, tirando de la barandilla de la cama porque deseaba, necesitaba, abrazar a su madre, como hubiera abrazado a Kit si estuviera enfermo.
-Permíteme -Jay quitó el marco tubular con presteza.
- ¿Jay?... -su madre lo vio y una sonrisa débil acompañó el torrente de lágrimas-. La encontraste. Encontraste a mi Becky.
-Sí, Lina -contestó con dulzura, rozando la mano descamada-. La encontré.
-Becky... -la mirada húmeda se posó en la hija de nuevo, con un hambre que estrujó a la joven-. Oh, Jay, qué hermosa es... qué delicada... -la mano se dirigió hacia Rebecca y Jay se apartó para que ella tomara su lugar. Rebecca permitió que la acercara a la cama, igual que si fuera un extraño fenómeno a punto de desaparecer de manera tan inesperada como llegó-. Todavía tienes tu precioso cabello, tu piel...-los ojos la recorrían, mientras Rebecca evaluaba la horrible fuerza del decaimiento de su madre-. No sonríes -objetó-. Solías sonreír todo el tiempo, no importaba lo que yo... -las palabras se marchitaron y murieron en un sollozo y las lágrimas corrieron de nuevo.
-No llores -le suplicó Rebecca, emocionada, a puntó de llorar ella misma, tocando una mejilla arrugada.
-No creí que vinieras -le explicó su madre-. No pensé que te viera otra vez.
-Pues, aquí estoy -le aseguró Rebecca, trémula-. Ahora deja de preocuparte para que te mejores.
-Sí -suspiró su madre, dejándose caer sobre las almohadas y cerró los ojos-. Becky... -musitó, somnolienta, luchando contra el sueño que la envolvía, aferrándose a la mano de la hija-, no te vayas. Tengo tanto que decirte... corregir errores... no hay disculpa... la vida debe respetarse. Tenía miedo.
-Calla -la tranquilizó Rebecca, consciente de la intención del discurso de su madre-. No te preocupes. Ya todo pasó.