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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 13

El Salón del Trono olía a cera quemada, a incienso amargo y al sudor frío de hombres aterrorizados.

Caminé a medio paso detrás de Li Yan, con los dedos todavía ardiéndome por la fuerza con la que me sujetaba del codo. Las puertas de cedro colosales se abrieron con un chirrido pesado y las dos hileras de cortesanos, ministros y generales con armaduras ceremoniales cayeron de rodillas al unísono, golpeando sus frentes contra el granito oscuro. El sonido seco de sus cabezas tocando el suelo parecía el tambor de un pelotón de ejecución.

Nadie se atrevía a respirar. Nadie se atrevía a levantar la vista.

En el centro del salón, sobre un pedestal bajo de madera, reposaban dos cajas de hierro negro cerradas con cadenas. De las hendiduras goteaba un líquido oscuro que ya había formado un charco espeso sobre el piso. No hacía falta tener visiones para saber qué había dentro: las cabezas del Ministro Chen y de la Segunda Concubina.

Li Yan subió los nueve escalones de piedra hacia el Trono del Dragón con paso firme, arrastrándome a su lado sin soltarme. La tela de mi túnica verde jade rozaba sus botas de combate. En lugar de hacerme arrodillar al pie de la escalinata como a una sirvienta o apartarme tras las cortinas, el emperador me empujó con suavidad pero con una posesividad implacable hacia el costado izquierdo del trono, dejándome de pie a escasos centímetros de su hombro, a la vista de todo el imperio.

Un murmullo ahogado corrió entre las primeras filas de ministros. Una plebeya, vestida con seda y con marcas visibles en el cuello, parada junto al Trono de Jade mientras los nobles besaban el polvo. Era una ofensa directa a cada ley ancestral de la corte.

Li Yan se sentó en el trono, apoyando el codo en el reposabrazos tallado en forma de fauces de dragón y recostando la mandíbula sobre el puño cerrado. Su espada reposaba cruzada sobre sus muslos.

—Levanten la cabeza —ordenó.

Su voz no fue un grito, pero la vibración grave sacudió el salón. Los ministros obedecieron despacio, temblando. Entre ellos destacaba un anciano de barbas blancas y túnica púrpura con insignias de la tesorería real: el Gran Consejero Zhao, el hombre más veterano de la corte imperial y tío del anterior emperador. Tenía los ojos secos, la espalda rígida y una calma fingida que apestaba a traición vieja.

—Ayer por la noche —habló Li Yan, recorriendo las caras pálidas con una frialdad sanguinaria—, ratas con armadura creyeron que podían entrar a mi alcoba a degollarme mientras dormía. Wu pagó su osadía. Chen y mi segunda consorte ya están en esas cajas.

Hizo una pausa deliberada. Sus ojos oscuros brillaron como dos carbones encendidos.

—Pero Wu no tenía la inteligencia para mover tropas dentro del primer anillo de murallas sin sellos de la tesorería. Y Chen no movía un dedo sin consultar a sus superiores.

El Gran Consejero Zhao dio un paso al frente, inclinando el torso con una reverencia impecable.

—Majestad Imperial —dijo el viejo, con una voz melodiosa, educada y untuosa como el veneno dulce—. La traición del General Wu y del Ministro Chen ha manchado el honor de esta corte. Los cielos han protegido a Su Majestad, y como servidor leal de su difunto padre, exijo que los clanes enteros de esos rebeldes sean ejecutados hasta la novena generación. La tesorería ya ha confiscado sus tierras para la corona.

Li Yan no parpadeó. Con una lentitud exasperante, estiró su mano izquierda hacia mí, extendiendo la palma abierta.

—Lian —dijo en voz baja, pero audible para todo el salón—. Acércate.

Tragué saliva. Todas las miradas se clavaron en mí, cargadas de desprecio y desconcierto. Di un paso adelante, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas. Li Yan tomó mis dedos entre los suyos, frotando su pulgar caliente contra el dorso de mi mano en una caricia abierta, casi íntima, que hizo que al viejo consejero se le arquearan las cejas con furia reprimida.

—Baja los escalones —me ordenó Li Yan al oído, inclinándose apenas hacia mí—. Toma el pergamino de rendición de cuentas que el Gran Consejero tiene en las manos y tráemelo.

Entendí de inmediato lo que buscaba. No quería el papel. Quería la piel.

Bajé los nueve escalones de piedra con la cabeza erguida, ignorando el veneno de los ojos que me seguían. Me detuve frente al viejo Zhao. El hombre me miró con un asco supremo, arrugando la nariz como si una rata de alcantarilla se le hubiera plantado enfrente.

—Entregue el pergamino para Su Majestad —le dije, con la voz clara y sin temblar.

Zhao apretó el rollo de seda amarilla con fuerza antes de extenderlo hacia mí.

—Toma, concubina —masculló entre dientes, lo bastante bajo para que solo yo lo escuchara.

Al tomar el extremo del pergamino, sus dedos huesudos y fríos rozaron la palma de mi mano.

El choque fue una explosión violenta en mi cabeza.

El aire se volvió ceniza. Vi el salón del trono envuelto en humo espeso; vi a soldados con insignias rojas de las provincias del sur irrumpiendo por las puertas traseras; y vi a este mismo anciano sonriendo con malicia mientras sostenía un frasco negro de cerámica vidriada, arrojando su contenido a los conductos de ventilación del palacio durante el banquete de la coronación... «Niebla de asfixia», susurró una voz en la visión. «Que el carnicero muera ahogado en su propia sangre frente a sus vasallos.»

Di un traspié hacia atrás, sofocando un jadeo mientras retiraba el pergamino de un tirón. La visión me dejó las sienes latiendo con una puntada ardiente, pero la imagen del frasco negro grabado con una serpiente de dos cabezas se me quedó grabada a fuego.

Subí los escalones casi sin sentir mis piernas. Li Yan me esperaba con los ojos fijos en mi rostro. Al ver la palidez de mis mejillas y el fuego oscuro que se había encendido en mis pupilas, supo que el anzuelo había mordido hueso.

Le entregué el rollo de seda. Li Yan ni siquiera lo miró; lo dejó caer al suelo a un costado del trono, como si fuera basura. Su mano derecha se cerró sobre mi muñeca, tirando de mí hacia abajo hasta que mi boca quedó a la altura de su oído.

El calor de su aliento me rozó la oreja cuando susurró:

—Dime qué viste, Lian.

—El banquete de coronación —respondí en un hilo de voz, temblando por la sobrecarga del don—. Va a liberar niebla de asfixia por las rejillas de ventilación. Guarda el frasco con el veneno ahora mismo bajo los pliegues de su manga derecha... lleva el sello de una serpiente de dos cabezas.

Sentí cómo el cuerpo entero de Li Yan se tensaba como una cuerda de arco lista para disparar. Una furia gélida, absoluta y despiadada recorrió cada músculo del emperador.

Soltó mi muñeca despacio.

Se puso de pie en el trono, desenvainando la espada de hoja ancha con un silbido metálico que heló la sangre de todos los presentes en el recinto. Los ministros cayeron de rodillas de nuevo, temblando ante el brillo del acero imperial.

Li Yan bajó los escalones con pasos pesados, con la mirada clavada únicamente en el Gran Consejero Zhao.

—Consejero —dijo el emperador, con una calma que anunciaba una masacre—. Qué generoso es de su parte hablar de lealtad a mi padre. Pero antes de ejecutar a los clanes de Chen... ¿por qué no nos muestra qué lleva escondido en la manga derecha?

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LEIDY KATERINE TANGARIFE MONTOYA
novela super buena, sigue así autora por fa terminala rápido🤩
Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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